Una de las páginas más sublimes del Evangelio es el misterio del sufrimiento del Cordero de Dios cargando sobre Sí el pecado de toda la humanidad. Jesús se identifica con el pecado y siente en Sí mismo la total y extrema repugnancia del rechazo hacia Dios que Le hace el pecador, y al mismo tiempo el dolor del Padre por Sus hijos que han traicionado Su amor. Y desde este abismo de perdición se eleva la ternura infinita de Jesús que invoca al Padre con la palabra más íntima: Abbá (Mc 14, 36), con la actitud de un niño, abandonándose en los brazos de su padre, con el amor más inocente y confiado que se pueda imaginar.
La lectura de los hechos de aquel tiempo podría resultar indiferente a los corazones tibios, o a quienes los leyeran apresurada o superficialmente. Sólo tomándonos el tiempo para la meditación de estos eventos podremos comprender la grandeza y profundidad de su significado. La luz que desde aquel momento ilumina al mundo es la que desplaza la tenebrosa oscuridad en la conciencia humana. El hombre que está sufriendo de tan terrible forma es el Hijo de Dios, el enviado del Padre, para tornar visible el amor, hasta entonces invisible, de Dios por la humanidad. Es un Grito de Amor que trasciende el tiempo para asombro de todo lo creado.
Es difícil comprender el significado y el verdadero valor del Calvario porque es un misterio que se halla por encima de la capacidad de la mente.
La ira del Padre por la iniquidad del hombre era tremenda, como si miles de condenas recayeran sobre Mí simultáneamente. Su dulce Presencia, que siempre me había acompañado, ya no estaba, mientras la hora se acercaba implacable. Ahora el Padre, en su hambre de justicia, había retirado al Espíritu Santo. ¿Qué puedo decir? Encontrarse, de pronto, en el desierto del propio espíritu, solo, sin nadie más, privado incluso del Sumo Bien y del Amor Infinito, es un dolor que supera cualquier tortura imaginable. La oscuridad, cual nubes amenazantes, estaba envolviendo completamente todo mi ser.
La oración de aquella noche se hacía cada vez más profunda y apesadumbrada, una oración de perdón por todos. El Cielo estaba todavía cerrado a mis súplicas. La Justicia reclamaba reparación por todos los pecados cometidos. Se me presentaron el tiempo presente y el futuro y pude ver con detalle el tremendo suplicio. Sí, el Cordero expiatorio debía aceptar en su totalidad completar la obra para la que había venido. Qué tremendo peso sobre mi espalda humana, mientras el cuerpo se sentía aplastado y dolorido. Pude ver por anticipado el resultado del suplicio: La Iglesia naciente, los Apóstoles, los Mártires y todos los redimidos. Y, también, la tremenda persecución a mi Iglesia, la guerra, las enfermedades, toda la iniquidad que el hombre aún comete, dañando a la creación entera y a sí mismo.
El mal en sus formas más crueles y siniestras recayó sobre Mí, ¡Abbá, Padre!; todo es posible para ti; aparta de mí esta copa; pero no sea lo que yo quiero, sino lo que quieras tú. (Mc. 14, 36). Sí, Su Voluntad, que es la voluntad inefable de amor, de salvación y de perdón, ahora reclamaba reparación por las ofensas a la Justicia. En cruenta lucha con la carne que clamaba sus derechos, con las tinieblas del mal cerniéndose a su alrededor y lejos del Padre Amoroso. Angustiado, con angustia de muerte, llevaba en Mí todo el amor que sentía por aquellas criaturas que esperaban redención. Tiempo de preparación en que la angustia y la pena añadían dolor a mi cuerpo cada vez más aplastado, y la sangre se escurría por mi piel a consecuencia de la durísima prueba
¡Padre! ¡Padre! Como un sol eclipsado por voluntad propia, dejaste a Tu Hijo predilecto beber el amargo cáliz de la noche, glaciar del espíritu. En tanta desolación, el amor ha vencido y vencerá por siempre. Te doy prueba y testimonio de que puedes vencer también. Verdadero hombre en que la carne reclamaba su derecho, y verdadero Dios que ha demostrado la fuerza implacable del amor.
Padre que se haga tu Voluntad. Ese es el verdadero bien absoluto: hacer la voluntad del Padre, aquí y en el cielo. Sí, Su voluntad es superior a cualquier otro bien, porque todos los bienes son el camino al Sumo Bien. Listo para el sacrificio total, por amor, espero, ya se acerca el que me va a entregar. (cfr. Mc 14,31-44).
Meditar la Pasión es un modo seguro de fortalecer el espíritu porque es Su Amor el que habla a través de los hechos.
Un Grito de Amor
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