Pasión

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Es sepultado

El misterio de la muerte de Cristo, vivido por María con toda la intensidad del amor de una madre cuyo único hijo ha sido asesinado injustamente, abre el espacio infinito entre el corazón de Dios y el corazón del hombre. Sólo el amor es capaz de comprender el abismo del dolor.

EL SEPULCRO SE ENCUENTRA EL HIJO DE DIOS

Porque el amor es más fuerte que la muerte y no alcanzan los océanos para extinguir la llama viva que arde en un corazón que ama.

Y en este amor desde el corazón de Dios no hay dolor que pueda escaparse, ni muerte que permanezca sin redención. En los brazos de Jesús clavados en la cruz, cada pecador y cada víctima recibirá el abrazo consolador. En los brazos de María, que abrazan a su Hijo muerto por la injusticia, todas las madres encontrarán el sentido de cada lágrima derramada por sus hijos.

Ahora la muerte parece ser la dueña después de la expiración, el cuerpo permanece inerte y suspendido en la cruz. La lanza perfora con potencia y precisión, hiriendo el costado para llegar finalmente al corazón.

De la profunda herida brotan sangre y agua y queda a la vista ese corazón que, pereciendo, en el último latido se ha ofrecido y soportado todo generosamente por amor.

El espectáculo ha terminado y la gente se dispersa. Con el inocente inmolado y pasado el clímax de la autoexaltación del mal, la terrible verdad comienza en algunos a abrirse camino: Si éste era verdaderamente el Hijo de Dios...¡Qué tremendo peso sobre las conciencias!

Ahora estoy ahí, aparentemente vencido e inerte, con mis acusadores radiantes de alegría por su completa victoria. Dicen: ¿Cómo puede ser Dios ese que, inanimado, pende del leño?

Ahora, sólo quedaron la querida y dulce Mamá, el Apóstol y las mujeres piadosas junto a un puñado de soldados haciendo guardia.

Dulce Madre, he aquí a tu querido hijo, con su corazón despedazado, pero ahora tú no puedes seguirme.

Cada fibra tuya ha participado en mi agonía y, ahora, sufriente y exhausta, contemplando impertérrita el fardo de la cruz.

El tiempo corre sin piedad. José de Arimatea consigue la autorización del procurador romano para la sepultura del cuerpo. Después de los clavos en las manos y pies estoy en los brazos de mi Madre.

Sus cálidas y copiosas lágrimas lavan mi rostro y mis heridas. ¡Qué frenético era su amor que podía acariciar las horrendas llagas y hasta contemplar el corazón de su hijo! Con el calor de su amor intentaba confortarme para devolverme, si fuera posible, la vida, pero esta prueba no era la última todavía, entre sus brazos sólo había un cuerpo inerte que no podía ya cambiar. Su mente rechazaba la realidad, intentado eludir la desolación, todo alrededor gritaba la muerte, el final.

El hecho parecía irreversible: ¿Qué madre frente a algo tan atroz habría soportado en su corazón tal sufrimiento? El espíritu, a pesar del sufrimiento, albergaba la esperanza en la omnipotencia divina, pero el cuerpo sufría intensamente esa inmensa prueba. No quisiera dejar de abrazarlo, pero el tiempo se terminaba. Mis restos mortales están ahora envueltos en un paño y tú sigues el cortejo hacia el sepulcro.

Querida Madre, así debiste beber hasta la última gota el cáliz amargo del sufrimiento. Has entregado un hijo por voluntad divina y así te convertirás en Madre de la humanidad. En el futuro, el pueblo cantará tus laúdes, y tu gloria resplandecerá en el cielo.

Todo se inclinará ante la Reina de las virtudes y del amor. Dijiste: "He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según Tu palabra".
(Lc 1,38).

Con tu sí has aceptado el amor, te has transformado en sierva, has dejado de lado tu yo. El camino del Hijo se transformó en tu camino, así el Hijo te ha concedido el puesto que ya habías ganado en su corazón.

Obstinadamente esperaste en tu Dios. Con aquellos que estaban cerca, en silencio, compartías eso que según ellos era un error de tu mente. La llama del amor ardía en tu corazón reavivando la esperanza. ¡Qué ejemplo el que os ha dado ella!

¿Es que acaso ellos no habían escuchado mi palabra? Una vez sellada la puerta del sepulcro con la roca, la tragedia del hombre también estaba sellada. El cuerpo sepultado causó desaliento en los discípulos. Cuando les anuncié estas cosas, sus mentes refutaron tal destino.
(Mt 16,21-23)

La duda los atormentaba y mi Madre, con su obstinada certeza, era como un faro. Los Apóstoles se habían dispersado por el terror, sólo Juan se quedó con María esperando eso que la mente rechazaba y el corazón susurraba. ¿Ha vencido la muerte? Parecía que sí.

Mientras tanto, sin embargo, se preparaba el milagro de los milagros: Dios Padre resucitará ese cuerpo glorioso y la muerte será vencida. El Hijo de Dios ha demostrado así que será posible en el fin de los tiempos, entonces, tendrás la resurrección y recibirás lo que está establecido por la Justicia.

Yo soy el pastor que reúne sus ovejas llevándolas a pastar a los buenos pastos, y ellas me reconocerán.
Extraído del libro: "Abriré un camino en el desierto"..

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