Este es el suplicio atroz con el cual Pilato
intenta conmover a la multitud que clama por la muerte de Jesús, y poder salvar al Mesías de la pena capital, pero es en vano. Del Santo Sudario se deduce que los golpes recibidos en la flagelación fueron aproximadamente ciento veinte, cada uno con seis marcas de herida punzante, y que el flagelo fue construido con varios cordeles trenzados en cuya extremidad se colgaba una rudimentaria bola de plomo con punzones o pequeños trozos de hueso afilado.
¿Puede un hombre ser capaz de soportar voluntariamente tal suplicio y tanta atrocidad? La carne grita su agonía bajo la impía flagelación infligida por los verdugos al servicio del mal. Sí, el amor me sostiene para soportar este sufrimiento intenso en ofrenda y sacrificio por todos vosotros. Prueba a pensarlo: como verdadero hombre, mi carne no era distinta a la tuya. De hecho, la sangre corría en mis venas, llevando la vida como en todos vosotros, pero aún debía derramar hasta la última gota para rescatar a todos de las culpas cometidas y aún de las que se cometieran en el futuro.
Sí todas las culpas caían sobre Mí como una enorme roca, mientras el maligno, encadenado, se inclinaba para ver y disfrutar la tremenda tortura, sintiendo que obtenía una victoria con la destrucción de mi cuerpo. Si fuera posible, los verdugos me hubieran lacerado y destruido incluso mi alma. Mientras tanto, acababan no sólo con cada centímetro de mi cuerpo, hiriendo no sólo la piel sino también mi carne (cfr. Is. 53,5). Prueben herir un poquito su carne con un pequeño alfiler y podrán comprender el intenso dolor que se siente en un cuerpo martirizado. Este momento, como en una pesadilla, lo había visualizado en el Huerto de los Olivos y no en balde había sudado sangre. (cfr. Lc. 22,44)
Cargar con la cruz y beber de aquel Cáliz amargo estaban más allá de lo que el ser humano es capaz de soportar. De hecho, todas vuestras cruces, sufrimientos, penas, dolores y crueldad unidos jamás podrían igualar a mi agonía. Allí no he sufrido en el cuerpo solamente, sino en todo de mi ser. Traicionado por los discípulos que amaba, golpeado incluso por aquellos que habían recibido la gracia de mis bienes. Insultado como el peor de los hombres; burlado como un impostor... todo esto sobre Mí, y lo he aceptado por compasión, como hombre y como Dios. (cfr. Eb 4,15). ¿Cuánto me ha costado? Y, aún así, son pocos quienes logran ver que ese hombre flagelado es Dios, que ha venido para gritar su amor, para arrancar a la humanidad del pecado y reconciliarla con lo divino, lavando con su propia sangre las culpas de todos. (cfr. Ap 7,14).
Un grito de Amor
Danos tu opinión y consideraciones completando el modulo ¡Gracias!