Pasión

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Jesús muere

Esta oscuridad impresionante que envuelve la creación, en el límite extremo de la muerte de Jesús, no es más que un símbolo de eclipse de radicalismo extremo que se avecina dentro de la conciencia de Dios hecho hombre tratando en sí mismo como hijo, en una libre elección de amor extremo, lo que significa la pérdida total del Padre.

JESÚS MUERE SOBRE EL PATÍBULO DE LA CRUZ

El profeta laico de la muerte de Dios en nuestro tiempo ha sido Nietzsche. Páginas dramáticas y estupendas en que la ciencia con alegría anuncia que Dios ha muerto. Ellos han tenido el coraje de afirmar que nosotros, los hombres, lo habíamos matado con su negación total. Nos hemos hecho responsables del desastre más grande para la humanidad. Sin Dios, ¿qué podrá hacer el género humano? Deberá prepararse al horror de una tragedia inminente que se abatirá sobre él. Y, desgraciadamente, ha ocurrido algo así. Nietzsche murió a principio de un siglo que vivió el horror de dos guerras mundiales, y que ve hoy la Tierra ensangrentada por conflictos absurdos y bestiales.

Este famoso filósofo se atrevió todavía a más, proponiendo que el vacío provocado por la muerte de Dios afianzaría el esfuerzo del hombre por su superación, llevándolo a ser un hombre superior, capaz de atreverse a lo imposible, teniendo dentro de sí el fuego divino de la voluntad. Una propuesta de élite que, finalmente, ha resultado absurda hasta para el mismo filósofo llevado a la locura, pero que continúa fascinando las mentes desengañadas por nuestra sociedad. Una sola es la respuesta, esa que Nietzche no va a comprender: solamente la muerte de Cristo en la cruz ha sido la verdadera muerte de Dios, que resucita después de tres días a una vida nueva. Y de este abismo de muerte es de donde nace la resurrección para el hombre sin Dios: todos los que aguardaron a Quien ha sido crucificado serán salvos de sus pecados, de la muerte de Dios en sus corazones. Dios, muerto en el corazón del hombre, resucitará de pronto en el momento en que se lo invoque o en el arrepentimiento.

El cortejo, con el condenado, llega al lugar reservado para su ejecución. Por ahora soy hombre de dolores. En la cima del monte debo ser inmolado. La cruz enclavada en el suelo me espera. Arrancadas mis vestiduras, las llagas son reabiertas y expuestas, agregando dolor al dolor. Por ahora soy como una gota en el mar, a merced de las olas, perdido en el océano del sufrimiento. Tirado sobre la cruz, han clavado mis manos y pies, lo que significa lacerar la carne, no es posible traducirlo en palabras. El dolor conducido por los nervios llegaba a la cabeza de un modo terrible y devastador, cada fibra del cuerpo parecía despedazarse. El verdugo, impíamente, injuriaba mi carne, y yo no era un objeto inanimado.

La cabeza está como incrustada sobre el leño. La superficie es rugosa, dura y aumenta el dolor. Las llagas, las heridas, las espinas, la marea de insultos. La cruz es enclavada en el agujero preparado. Todo el cuerpo cuelga de los clavos y el tórax comprimido hace difÍcil respirar. Mis acusadores están ahí, como lobos famélicos, degustando la sangre de su presa herida. No satisfechos, escupen un odio que se complace en verme martirizado, clavado y aparentemente indefenso. Ellos se burlan: "¡Sálvate a ti mismo!" (Mc. 15,29-31). Hubiera podido destruirlos o mostrarles algún prodigio, pero es muriendo en la cruz, aceptando ser inmolado, como podía pagar el rescate por todos.

Ahora comienza la lenta agonía. El tiempo parece detenerse, el cuerpo lucha contra el tremendo dolor que va más allá de lo soportable. Cada instante es el precio por toda la iniquidad pasada, presente y futura, un mayor peso sobre mí. Cada parte del cuerpo, incluyendo la mente, es torturada en rescate de todos los pecados. La tremenda ira del Padre sobre la humanidad perversa ahora se abate con rigor sobre su propio Hijo queridísimo. Sí, he pagado el rescate por vuestras culpas con mi carne. Abandonado, completamente solo, veía en lo alto rigor e ira, en lo bajo, burlas, injurias; y en mí dolor, dolor y más dolor. Cuánta pena el ver al pie de la cruz a mi madre, al apóstol y a las mujeres piadosas. Ella sufría y se ofrecía en silencio. El sufrimiento atroz desintegraba todas mis vísceras y estremecía su mente y su corazón que estaba unido al mío.

¡Cuánto amor la ligaba al martirio viendo a su amadísimo hijo muriendo en aquel atroz sufrimiento!
Su corazón gritaba ¿Qué les ha hecho?
Él, que es tan bueno, inocente y misericordioso? ¡Cómo lo han reducido! Aún en aquel tumulto de odio les regalé un acto de amor a mis acusadores y verdugos: "Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen".
(Lc 23,33-34).

Se torna oscuro, como las tinieblas del mal. Oscuro el dolor martirizante, como si el tiempo se dilatase y, después de casi tres horas de agonía, entregué mi espíritu al Padre.

Padre bueno, Padre amoroso, acepta mi sacrificio y con la sangre derramada, a estas criaturas. Todo lo di por ellos, limpia sus culpas y sus vestiduras con mi sangre para que resplandezcan como la luz y puedan hacerse dignos de tu amor.
Extraído del libro: "Abriré un camino en el desierto"..

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