Verdad

La caridad

Caridad

Lanspergius
Es algo grande la caridad, sin la cual el hombre no puede salvarse a sí mismo, sin ella el hombre no puede salvarse. Quién es dueño de la caridad todo lo posee, y quien no la posee no tiene nada.

Ni siquiera la humildad puede ser aceptable a Dios sin la caridad.

La verdadera caridad

No se puede ser paciente, gentil, casto sin caridad. En una palabra, ninguna virtud es virtud sin caridad. Luego la caridad es esencial para todos.

Es necesario comprender lo que significa la verdadera caridad, porque no todos los tipos de amor son caridad. Los hombres se aman como hombres, o porque son del mismo país o porque nacieron con la misma sangre, o porque son de la misma naturaleza y tienen las mismas ideas. De todas estas diversas relaciones y circunstancias se derivan las diferentes calidades del amor.

En su lugar uno es el motivo por el cual nace la caridad: hay que amar a Dios en Dios, se debe amar a Dios por ser Dios, no por ninguna otra razón. Por lo tanto Dios es la razón y la causa por la cual amamos a nuestro prójimo. En esto radica la verdadera caridad. Este amor debe mover nuestra boca para hablar, nuestras manos a la obra, nuestros pies a caminar, a fin de observar los mandamientos de Dios. Y si no lo amas, no se puede cumplir con los mandamientos de Dios como se debería. La regla de esta caridad se resume en estas palabras: "Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma".

Este es el propósito y el objetivo de nuestra perfección, no podemos salir de este camino, más aún no existe otro camino para nosotros en esta vida, porque siempre lo encontraremos imperfecto, además siempre podemos avanzar un paso más adelante en el amor. Siempre hay un campo abierto para practicar más la caridad, porque se nos dice que debemos amar con todo el corazón. El Dios del amor, que es infinitamente digno de todo elogio, "el máximo elogio", nos invita a observar sus "máximos" preceptos, esto es, con mucho cuidado, con el fin de hacernos comprender que siempre estamos en deuda en nuestro deber, luego, siempre deploramos nuestras faltas, y siempre hay un nuevo paso para avanzar.

Pero Dios no nos exige que lleguemos en esta vida a la perfección de la caridad, en un grado predestinado; que todavía no alcanzaremos en la próxima vida. Lo que tenemos que hacer es vivir con el deseo y el esfuerzo de progresar y crecer continuamente en la caridad divina constantemente mientras tengamos vida.
(Sermones de tempore, Dominica XIII Publicar SS. Trinitatem, Sermo, Opera omnia, vol. 1, p. 560).

Esto por sí solo es suficiente
No hay nada que muestre más excelencia en la caridad que la caridad para con mis hermanos y tenemos una gran responsabilidad en nuestra vida, tan grande como el mandamiento que el propio Jesucristo nos ha dejado. En primer lugar, este precepto es una obligación: "Ama al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu mente, con toda su fuerza." Este es el primer mandamiento y el más grande de todos. El segundo es semejante a éste: "Amarás a tu prójimo como a ti mismo".

En segundo lugar, este precepto es muy estricto, porque me viene bajo pena de muerte: "El que no ama permanece en la muerte." En tercer lugar, este precepto es muy expresivo, ya que me fue dado por el legislador divino con expresiones singulares. Y son seguramente dignas de consideración especial aquellas palabras del Redentor: "Esto os mando: amanse los unos a los otros." Pero no son estos preceptos de Jesucristo los mismos que están incluidos en todos los demás mandamientos del Decálogo? ¿Por qué entonces llamó a su mandamiento sólo el amor al prójimo? La razón es clara, porque sobretodo, esto está cerca de su corazón, y con especial solicitud quiere que se ponga en práctica.

Por último, este precepto es digno de ser transmitido, ya que fue renovado por mi divino Salvador el último día de su vida, cuando ya estaba a punto de morir por mi salvación. En ese día, por lo que el último discurso a sus discípulos, les dejó como último testamento el ejemplo de una caridad amable y sincera hacia su vecino. "Este es mi mandamiento: que se amen los unos a los otros como yo os he amado." Él lo llama un mandamiento nuevo, aunque fue dado en varias ocasiones, debido a que renovado en tales circunstancias debe tener un nuevo vigor, y una mayor fuerza para impulsar a los hombres a la caridad sincera y recíproca.

Así que si el precepto de la caridad, que Jesucristo nos ha dado, es tan grande, tenemos que tratar con todo cuidado y con todos los esfuerzos posibles de vivir en la caridad, si queremos ser un verdadero discípulo y amigo de su corazón. San Jerónimo relata de San Juan Evangelista que, cuando ya era muy viejo, sólo predicaba esto: "Hijitos, amaos unos a otros"; Y que siempre sintiéndose cansado y aburrido de repetir lo mismo, le dijeron una vez: "Maestro, ¿por qué siempre decimos eso?". A lo que él respondió: "Debido a que este es el mandamiento del Señor, y el cumplirlo, por sí solo es suficiente".

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