Frutos

Caridad

Caridad

Los tres primeros frutos del Espíritu son el amor, la alegría y la paz, que le pertenecen de una manera especial:

Lous Lallemant

La Caridad, porque es el Amor del Padre y del Hijo; la alegría, porque está íntimamente presente al Padre y al Hijo, y como el cumplimiento de su felicidad; la paz, porque es el lazo y el nudo que une al Padre y al Hijo.

Estos tres frutos están siempre unidos y se suceden de forma natural. La caridad o el amor ferviente obtiene la posesión de Dios; la alegría viene de esta posesión, no es más que el resto y la alegría que viene del gozo de lo que se posee; la paz, que San Agustín define como la tranquilidad del orden, mantiene el alma en posesión de la alegría contra todo lo que se opone. La Caridad excluye a cualquier otra alegría; la paz destierra toda la ansiedad y el miedo.

La caridad ocupa el primer lugar entre los frutos del Espíritu Santo porque es lo más similar a él, que es el amor personal, y por lo tanto nos acercamos a la felicidad y la alegría verdadera y eterna que nos da una mayor estabilidad y una paz más profunda.

Estos frutos dan a un hombre el dominio del mundo, con la autoridad más absoluta que pueda concebirse; le dará todas las riquezas, los honores, los placeres que pueda desear; También posee la sabiduría más completa que se puede imaginar, tanto como para ser otro Salomón, y más que Salomón, y no ignora todo lo que un hombre puede saber; agregando el poder de hacer milagros, de detener el sol, de dividir los mares, de levantar a los muertos; participa también del poder de Dios en el más alto grado posible de una criatura; más aún tiene el don de profecía, discernimiento de espíritus, el conocimiento del secreto de los corazones: Yo digo que el mínimo grado de santidad que este hombre sea capaz de alcanzar, el más pequeño acto de caridad que haga vale mucho más que todos los demás ; cuanto más cerca este del mayor bien, y de mayor dignidad que la que se daría a todos estos privilegios, si tuvieran; y esto por dos razones.

La primera, porque participar en la santidad de Dios es participar en lo que hay en él, para, por así decirlo, en otros atributos esenciales de Dios, como la ciencia y el poder, que pueden ser comunicados a las criaturas con el fin de sus recursos naturales; la santidad solamente no puede ser nunca de su hábitat natural.

La segunda, la santidad y la felicidad son como dos hermanas inseparables, y Dios no se da a sí mismo y no se incorpora más que a las almas santas, y no a aquellos que poseen el conocimiento, el poder y todas las demás perfecciones imaginables, pero no la santidad. Por lo tanto la mayor parte; en pequeño grado de santidad, la mínima acción que mejora la santidad es preferible a cetros y coronas. De ello se desprende que, perdiendo cada día un sinnúmero de oportunidades para realizar hazañas sobrenaturales, hace incalculable pérdida de la felicidad, que es imposible de reparar.
No podemos encontrar, en las criaturas la alegría y la paz que son los frutos del Espíritu Santo; y esto por dos razones.

La primera, porque sólo la posesión de Dios nos fortalece contra las dificultades y temores, mientras que la posesión de las criaturas ocasiona mil temores y ansiedades. ¿Quién posee a Dios que no está preocupado por nada, porque para él Dios es todo, y todo lo demás es nada.

La segunda, porque ninguno de los bienes creados puede ser suficiente ni satisfacernos plenamente. Vaciar el mar de sus aguas y luego poner una gota de agua; va a llenar el inmenso vacío? Si Dios creó el infinito en la pureza de los seres cada vez más perfectos, todos juntos, no podrían llenar nuestra alma; en ella hay un vacío que no puede ser rellenados excepto por Dios.
Es la paz que reina en Dios en el alma, la que lo hace Señor absoluto. Y es la paz la que mantiene el alma en la dependencia perfecta que debe ser de Dios.

Por medio de la gracia santificante, Dios construye en el alma una especie de ciudadela, que sigue siendo tan arraigada. A través de la paz hace como una salida y se apodera de todas las facultades, las fortalece con tanta fuerza que las criaturas no pueden llegar a molestarlos. Por lo tanto Dios ocupa todo el interior. Por lo tanto, los Santos se han unido a Dios tanto en la acción como en la oración, para que los más desafortunados percances no los lleguen a turbar.

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