Milagros

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San Mandic

Fue un confesor, ha brillado por su fe, su humildad, su amor al Eucarestia y al Virgen, sus carismas fueron dirigidos a su total dedicación a favor de los penitentes más necesitados.

Milagros de San Mandic

Elsa Raimondi, nacida en Lusia de Rovigo en 1922, fue ingresada en el hospital en Abril de 1944, por una hernia inguinal, pero durante la intervención se le descubrió, además, una forma grave de peritonitis tuberculosa. Fue dada de alta por un pronóstoco tremendo: los médicos consideraron inevitable la muerte de la paciente. El párroco del pueblo visitó a Elsa y le habló de las maravillas del Padre Leopoldo: era el 30 de Julio, cuando la enferma inició una novena al Santo pidiéndole interceder por ella a la Virgen del Pilastrello, venerada en Lendinara. Al término de la novena Raimondi afirma haber visto al Padre Leopoldo que, respondiendo a su demanda, sería curada el 12 de Sptiembre, respondiendo: "Sí, sí". El día de la fiesta quiere ser llevada al Santuario de la Vigen con los demás enfermos, pero el médico la obliga a quedarse en casa, temiendo por su vida.
Era tarde cuando Elsa oyó una voz íntima que le ordenaba levantarse de la cama. Siguió la orden diciendo a los presentes: "No tengo ningún mal, estoy curada. Padre Leopoldo me ha librado del mal. En aquel momento llegó el médico que se sorprendió, pues la visitó de inmediato y la encontró clénicamente curada.

Domingo 4 de Marzo de 1962. Paolo Castelli, nacido en la provincia de Como em 1902, apenas regresa de Misa, siente fuertes dolores en el vientre. Ingresado en el hospital de Merate, por las indagaciones clínicas, se le diagnostica una trombosis en la mesentérica superior, con infarto en el intestino delgado: se intenta operar, pero se suspende la intervención en cuanto no se puede hacer nada más.
La mujer de Paolo, devota de Padre Leopoldo, pone en la camiseta del enfermo, una medalla del Santo y ruega su intercesión. Acompañada por fe tan segura, recita doce Padrenuestros, pero no llega a terminarlos, porque su marido se agita, gritando: "Estoy mal, estou mal, me muero". La mujer exclama: "Señor, hágase tu voluntad". Pero he aquí que Paolo empieza a gritat: "Estoy curado, estoy curado, ya no tengo nada". Por la mañana el médico lo encuentra totalmente curado y lo manda a casa, pero no sabe explicar la curación.

Elisabetta Ponzolotto nació en Ronchi de Ala en 1925. Fue ingresada en el hospital de Ala el 15 de Marzo de 1977 por una influencia cardiopática. Durante la paciente se lamenta de punzantes dolores en el pie izquierdo a la vez que la pierna hinchada y azulada; no hay ninguna duda clínica de que se trata de una gangrena en el pie. El 27 de Marzo los doctores, para salvarle la vida, proponen la amputación del miembro. Elisabetta pide al menos un día antes de ser operada.
El médico de guardia que testificará en el proceso narra: "Recuerdo haber sido llamado más veces porque las condiciones de Ponzolotto seguían empeorando. La pobrecita mordía la manta por los dolores... Hacia la una y media vi a la paciente que daba la impresión de estar en un estado preagónico, aun estando plenamente lúcida...". Así lo cuenta Elisabetta en la formación del proceso: "Cuando dije a los médicos que postpusieran la amputación era porque esperaba la respuesta de mi confidente, Padre Leopoldo, cuya imagen con la reliquia tenía siempre sobre la pierna dolorida. Me confié completamente a Padre Leopoldo, con la certeza de ser escuchada. Y él me escuchó. En cierto momento, mientras la enfermera salió y estaba sola en la habitación, vi entrar a un fraile capuchino, pequeño, con barba blanca que dijo: "Sé que sufres mucho y que debes soportar mucho mal, pero la pierna será salva". Y caminando lentamente salí de la habitación. Rompí a llorar. El dolor de la pierna desapareció y me adormecí. Ya hacía cuatro dias que no dormía. Legó la enfermera y se quedó estupefacta: miró la pierna y la encontró rosea como la otra. Se lo conté todo". Los médicos sorprendidos comprobaron la curación, que declararon humanamente inexplicable. Elisabetta volvió a casa y reemprendió sus labores domésticas, sin volver a sentir molestia alguna en las piernas.

Alberto Bedin, por una lesión en la columna vertebral sufrida en la guerra de 1915-1918, estaba obligado a guardar cama, completamente paralizado durante muchos años. Padre Leopoldo conocía a Alberto y sabía de su enfermedad y antes de morir le mandó una nota invitándole a tener fe, porque volvería a caminar. Alberto, confiado, en la palabra de Padre Leopoldo, atendió al cumplimiento de la promesa mientras soportaba sus males y oraba. La tarde del 7 de Noviembre de 1946, mientras estaba ingresado en el hospital, alrededor de su cama se encontraban algunas enfermeras del sanatorio, Bedinn dentro de sí oyó como una voz que le decía: "Levántate y anda"; luego un escalofrío profundo le sacudió todo, se puso en pie de un salto, dio los primeros pasos y después empezó a correr por la habitación y a gritar por la alegría de su curación.

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