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Amistad, bien primario
¿Quién se atreve a hacer una lista de los bienes supérfluos de este mundo?. Si quisiéramos recordarlas todas, no tendríamos tiempo suficiente. Podemos citar sólo las necesarias; las demás vendrían después. En esta vida sólo hay dos cosas que merecen la pena:la salud y la amistad. Son éstas las que verdaderamente cuentan y que, en efecto, esforzar por tener. La salud y la amistad son bienes propios de la naturaleza humana. Dios ha creado al hombre para que exista y viva: esto es la salud. Pero, para que esto no fuese lo único, comencemos por el cónyuge y los hijos y extendámolo a los demás. Considerando que sólo hemos tenido un padre y una madre, ¿quienes son los demás?. Cada hombre es prójimo de los demás: es inherente a la naturaleza. ¿El prójimo es un desconocido?. Sí, pero sigue siendo un hombre. ¿Es un enemigo?. Pero es un hombre. ¿Un adversario? Pero siempre un hombre. ¿Es un amigo?: que siga siendo amigo. ¿Es un adversario?. Procura que sea un amigo.
Necesita de la amistad
También en este vida los buenos causan no pocos consuelos. Si nos angustia la pobreza,
nos afecta el luto, nos inquieta la enfermedad, nos entristece el exílio y nos atormentan otras calamidades, tenemos cerca a personas buenas que,no sólo gozan con los que gozan, sino que lloran con los que lloran: palabras para responder con amabilidad, suavizar con dulzura, aliviar los afanes y superar las dificultades; todo esto es posible por Aquel que les hace buenos con su Espíritu. Por eso nada es tan querido por el hombre que un buen amigo. Pero, ¿cuántos son realmente fieles y pueden confiar su ánimo en esta vida?. Nadie conoce a otro como a sí mismo; nadie se conoce tanto a sí mismo que esté seguro del día de mañana.
Ser los primeros en amar
No exite invitación más urgente que ser los primeros en amar, aun al corazón más duro: aunque no nos ame ni responda al amor. Podemos verificar todo esto en los amores más impuros y escuálidos, dónde los que quieren ser correspondidos no hacen más que manifestar lo propio con todas las pruebas de que disponen: buscan una apariencia de justicia para exigir ser correspondidos por los corazones a los que intentan seducir encendiendo un fuego aun más ardiente cuando advierten que, los corazones tan deseados, ya queman por el mismo fuego. Por eso, si un corazón distraido despierta al sentirse amado, es un corazón que ardía al sentirse correspondido; está claro que nada puede hacer y crecer sino saberse amado cuando todavía no se ama o esperar ser correspondido, sentirse así, cuando se ama el primero. Si todo esto es así para los amores impuros, ¿cuánta mayor pureza tendrá en la amistad?. Con todo, queremos evitar, para no estropear la amistad, que el amigo crea que no le amamos o que lo hacemos menos. Porque, caso de no estar convencido, se enfriará en él el amor de que los hombres gozan triunfalmente en relación de la mutua intimidad. Pero si no es tan débol que tal herida lo enfríe totalmente, se comportará como uno que ama; no por placer, sino por recibir ayuda.
La amistad y el amor recíproco
Máxima recuperación y ayuda me viene del consuelo de los otros amigos con los que tengo en común el amor que me gusta. Otros enlaces después vencen mi ánimo: los diálogos, las risas en compañia, los intercambios de cortesia afectuosa, las comunes cartas y libros amenos, pasatiempos ya frívolos ya decorosos, las disensiones ocasionales, sin rencor, como de todo hombre consigo mismo, y los más frecuentes consensos, rarísimas disensiones: el uno para el otro ya maestro ya discípulo, la nostalgia impaciente de quién está lejos, la acogida festiva del que regresa. Éstos y similares signos de corazones enamorados expresado por la boca, la lengua, ojos y miles de gestos agradabilísimos son el fuego que derrite las almas haciendo de varias, una sola.
Cuánta más amistad, más sinceridad
Puedo ser un descarado al decir esto; es como si olvidase que tengo la costumbre de interceder por los demás. Si la discrección no es sino un temor a disgustar, no me avergüenzo de sentir tal temor. Temo disgustar antes a Dios y después a la misma amistad que has tendido la bondad de compartir conmigo, si me sintiese menos libre de los consejos que juzgo más útiles para la salvación de tu alma. Cierto, deberé ser más discreto al interceder por tí ante los demás, pero se trata de tu bien, que será más sincero en cuánto que soy más amigo tuyo; porque lo seré más en tanto aumente mi lealtad. Si esto es, como tú dices, "el medio más eficaz para resolver las dificultades entre gente de bien", ruego que me sea de ayuda para hacerte el bien. De este modo podré gozar de tí y contigo en Aquel que me ha concedido entrar en tu confianza y amistad: sobretodo porque creo que tu espíritu puede fácilmente acoger mis sugerencias, sostenido y dotado, como estoy de tantos favores divinos.
Qué difícil es reconocer a un amigo
En todas las cosas humanas, nada es más querido por el hombre que un amigo, pero, ¿en cuántos se pude confiar totalmente en esta vida, por su conducta? Nadie conoce a otro como a sí mismo, hasta el punto de poder estar seguro de la propia conducta del dia siguente. Por ello, a muchos se les conoce por sus fruto y procuran verdadera alegría para su prójimo mientras que otros actúan al revés. Todavía, por ignorancia o por la inseguridad del espíritu humano, el Apóstol nos amonesta a no condenar a nadie prematuramente, hasta que venga el Señor a iluminar los secretos de las tinieblas y a desvelar las intenciones del corazón. Entonces, todo el mundo recibirá alabanzas de Dios (1 Cor 4,5).
La corrección fraterna en la amistad
Supongamos que alguién odia a su enemigo y finge amistad: lo ve cometer maldad pero lo alaba: quiere que se eche a perder: quiere que, como un ciego, se precipite en sus codicias y que no salga de allí: lo alaba, porque el pecado es alabado en la concupiscencia de su alma. Usa con él el ungüento de la adulación; lo odia pero lo alaba. Otro ve a su amigo en circunstancias similares y lo distre; si no lo escucha, lo reprueba, y litiga con él: a veces se ve obligado a litigar. En este caso el odio alaga y el amor litiga. No sucumbas a las palabras de halago ni a la aparente severidad de quién reprueba; mira a la fuente, busca la raíz de la que brota tal proceder. Éste halaga para engañar, aquél litiga para corregir.
La única seguridad está en la amistad con Cristo
Tengamos lejos, hermanos, al poseedor de bienes materiales o, si no podemos abandonarlo materialmente, eliminemos el ataque hacia ellos. Así nos será puesto por el Señor. "Es demasiado para mí" dicen algunos. Considera, sin embargo, quién eres tú, que debes preparar un sitio al Señor. Si quieres hospedar en tu casa a alguna autoridad de este mundo, y te dijese: "En tu casa hay algo que me molesta" tú, te esforzarías en no contraria a esa persona porque quieres hacerte tu amiga. Pero esta amistad siendo humana, ¿en qué te podrá beneficiar?. Además de ser útil, podría ser peligrosa. Mucha gente, en efecto, antes de unirse a los grandes eran conscientes de los peligros, pero deseosa de conseguir tales amistades, han caidos en los peligros.
Si deseas la seguridad, elige a los amigos de Cristo. Él quiere hospedarse en tu casa. Prepárala. Y esto, ¿qué quiere decir?. No amarte a tí mismo; sino a Él. Si no lo hicieras Él te cerrará la puerta; pero si Le amas te la abrirá. Y si Se la has abierto, ya no estarás perdido por ser amado, sino que te habrás encontrado con Quién te ama.
El falso bien no crea la amistad
No quiero que te ofendas, ni que te resulte extraño si al tiempo en que yo me atormento en la búsqueda de las vanidades del mundo, tú no eres todavía verdadero amigo, aunque parezaca que me quieren,por el momento yo tampoco era amigo de mí mismo, sino mi enemigo; porque amaba la iniquidad. Puesto que odiaba a mi alma, cómo podía tener un amigo sincero que me augurara las cosas de las que yo soportaba a mí mismo como enemigo. Sin embargo, cuando brilló en mi espíritu la benignidad y la gracia de nuestro Salvador, no conforme a mis méritos sino por su misericordia, de este modo podría ser mi verdadero amigo, mientras estaba insispuesto hacia ella; dado que ignorabas por completo las virtudes de lo que podía hacer feliz y no me querías bien; sino que se convirtió en amigo de mí mismo. Alabado sea Dios que se ha dignado hacerte volver -con tu conversión- amigo mio, de una vez. Ahora sí que netre nosotros, hay un perfecto acuerdo en las cosas humanas y divinas, acompañado de una afectuosa benevolencia en Cristo Jesús nuestro Señor; nuestra auténtica y genuina paz.
Orad para obtenerla
La amistad no debe estar circunscrita por límites mezquinos. Ella abraza a todos aquellos que se deben afecto y amor, aunque se incline con más propensión hacia unos y con más indecisión hacia otros. Ella se extiende hasta los enemigos, por los que también estamos obligados a orar. No está mal para sentirse muy atractiva para aquellas en la que somos amados recíprocamente, de modo santo y casto. Necesita rezar para que estos bienes sean conservados cuando se han/son donados, o cuando no se tienen.
Mirad juntos hacia lo alto
Incluso después de que deje de desear las cosas terrenas, tú, en tu contínua benevolencia, buscabas mi bien en las necesidades materiales y mi felicidad en el logro de las cosas que suele augurarse el mundo. Así se establecía entre tú y yo, en cierta medida, un dulce y afectuoso acuerdo en las cosas humanas. Sin embargo, con tales palabras el gozo que pruebo por tí, desde el momento tan imperfecto en que tenía un amigo, ahor, ¿lo tengo por verdadero amigo?. Se añadió en efecto el acuerdo en las cosas divinas: tú que un tiempo, con exquisita benevolencia, que pasó con mi vida temporal, ya has comenzado a unirte a mí en la esperanza de la vida inmortal. Ahora sí que entre nosotros no existe desacuerdo ni siquiera en las cosas humanas, por el momento en que lo juzgamos a la luz de aquellas divinas, para no atribuir su ultraje a su Creador, el Señor de las cosas del cielo y de la tierra, rechazándole con injusto desprecio. Ocurre por esto que entre amigos donde falta un perfecto acuerdo en las cosas divinas no sea pleno y sincero cuando ni siquiera lo hay en las cosas humanas. Es inevitable, en efecto, que juzgues las cosas humanas de distinto modo de cómo debería el que desprecia las divinas, y que no ama al hombre en el modo justo nadie ama Al que ha creado al hombre. Por esto, yo no digo ahora eres mi amifo más plenamente, mientras antes lo eras sólo en parte, pero -razonando con lógica- digo que no lo eres, ni siquiera en parte, desde el momento en que ni siquiera estabas unido a mí por una verdadera amistad. En efecto, no compartís conmigo las cosas divinas, en base a las cuales se valoran también las humanas. Y esto era cuando yo mismo no estaba lejos, era cuando más tarde comenzáis de algún modo a comprender, mientras tú tenías gran desprecio.
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