El Paraíso

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Vida eterna

Pues la ansiosa espera de la creación desea vivamente la revelación de los hijos de Dios. La creación, en efecto, fue sometida a la vanidad, no espontaneamente, sino por aquel que la sometió, en la esperanza de ser liberada de la servidumbre de la corrupción para participar en la gloriosa libertad de los hijos de Dios. Pues sabemos que la creación entera gime hasta el presente y sufre dolores de parto. Y no sólo ella; también nosotros, que poseemos las primicias del Espíritu, nosotros mismos gemimos en nuestro interior anhelando el rescate de nuestro cuerpo.
(Rm 8,19-23).

Felicidad inconcebible

El Paraíso es la gloriosa corte en que habitan comitivas celestiales rodeados por una luz inefable. Allá arriba los Serafines y las almas que aman, pertenecientes al mismo coro, se encienden incesantemente en Dios. Llamas ardientes envuelven a los Serafines y a su compañía, volviéndolos luminosos. Y en toda la formación celestial fluye la dulzura divina.

En la unión contemplativa de Dios, encontratán satisfacción y eterna bienaventuranza, una infinita recompensa por haber recorrido en la tierra el camino no fácil señalado por el Divino Maestro. Encontrarán aplicación Sus palabras "Venid a mí, mis amados, tomad posesión del reino eterno que os ha sido preparado desde el inicio del mundo". Aquí está la patria de los justos, aquí está la quietud absoluta, aquí reside el júbilo del corazón, las alabanzas insondables que duran para siempre.

El Paraíso es la expansión de la luz de Dios que atrae a Sí a los que de Él provienen y que han permanecido siempre en su santa mirada. Es la tierra prometida de los Mártires, de todos los que, creyendo, han gastado su vida para poderla habitar un día. Es el punto de llegada a la perfección de los hijos de Dios. Es la mirada donde Dios concibe sus pensamientos creativos. Es el oasis de la creación de los seres vivientes y razonables. Es la fuente de donde provienen la razón y la naturaleza de la vida.

El Paraíso es el lugar de la suprema bienaventuranza en la que la humanidad de Cristo Jesús, la Virgen Santísima, los Ángeles y los Santos, viven juntos gozando de la grandiosa visión de Dios y de su propiedad. Es la delicia de un corazón sumergido en un océano de amor: en el amor mismo de la Santísima Trinidad. Es la vida perfecta, donde está la presencia de todo lo más puro, lo más inocente, dulce y santo

"Queridísimos, ahora somos hijos de Dios, pero no sabemos lo que llegaremos a ser, porque aun no nos ha sido revelado. Sabemos que, cuando se nos manifieste, seremos similares a Él, porque lo veremos tal cual es". (1 Jn 3,2).

"Él secará toda lágrima de sus ojos, no habrá más muerte, ni luto, ni llanto, ni dolor, porque el primer mundo ha desaparecido. Y El que se sentaba en el trono dijo: He aquí que hago nuevas todas las cosas... A quién tenga sed, le daré gratuitamente de la fuente del agua de la vida. El vencedor heredará estas cosas: Yo seré Dios y él será mi hijo". (Ap. 21,4)


Lo que encontraremos en el Paraíso

Describiremos el Paraíso con lenguaje de Dios: un lenguaje espiritual. El agua no nos servirá para saciarnos, porque Dios mismo será nuestra agua. Dios nos llevará a cimas inalcanzables y nos mostrará que seremos como águilas y nada nos faltará porque todo nos hablará del amor y de la belleza creada por Dios.

En Paraíso, los Ángeles saldrán a nuestro encuentro y hablarán con nuestras mismas palabras, porque la palabra que está en el cielo la encontraremos perfecta en el cielo. Los Ángeles serán puros y bellísimos, cantores de melodias jamás oídas y menos imaginadas, vestidos de luz purpúrea y de colores que sólo existen en Dios. Llenos del amor y de la fuerza del Amor desfilarán ante el Trono divino y nos saldrán al encuentro, bajando las escaleras del templo sempiterno. Fanfarrias, sonidos de arpas y de liras los acompañarán hacia los peregrinos que al Paraíso lleguen. Todas las soberanias angélicas nos festejarán porque, como Cristo, se alegrarán por cada alma que pase desde la muerte a la vida eterna. Las victoriosas formaciones angélicas se elevarán con sus dardos de luz para cantar la victoria del bien sobre el mal.

Y mientras vemos todo esto, un Ángel de cada comitiva escribirá con el dedo de fuego nuestro nombre, grabándolo en caracteres de oro en las altas cumbres del Paraíso. "Nosotros somos los Ángeles de Dios y escribimos aquí, en estas páginas del libro de la vida, las buenas acciones de los hombres semejantes a Cristo. No será escrito el mal, porque aquí no existe. Se contarán las obras de bien hechas en la tierra y con ellas mediremos el peso de cada uno, que Dios luego juzgará según su bondad y sabiduria".

Podremos decir con San Agustín: "Oh casa estupenda, oh palacio encantador, fulgurante de luz celestial. Cómo son secuestrados por tu belleza que no tiene comparación. Bienaventurada vivienda de la gloria de mi Dios, que la ha construido y en la que Él mismo habita. Será también para los pecadores de la tierra que no se dejen cegar por el polvo que levanten. Yo prefiero retirarme a mi tranquila celda y en ella entonar cánticos de amor y desahogar mi ardiente pasión y lujuria por tu belleza. Quiero también, con inenarrables suspiros, deplorar la miseria de mi peregrinaje y elevar mi corazón a la altura de la celestial Jerusalén, que es mi patria y a la que tienden mis dulces deseos del espíritu".

Lo que en efecto formará nuestro verdadero Paraíso en la ciudad de los bienaventurados, será conocer, amar, poseer y gozar a Dios en su Santísima Trinidad, en su familiaridad, en su encarnación e inmolación. La Eterna Verdad y el Sumo Bien nos colmarán de todo.

¿Cómo no desear nuestra patria,a nuestro Soberano, nuestra paz y la vida eterna?. Cuántos Santos han declamado el esplendor del Paraíso como la belleza misma de Dios. No es sólo feporque es una verdad que podemos sentir en el corazón y es idónea para el pensamiento meditativo. Meditar esta realidad futura produce un influjo positivo sobre la vida terrenal puesto que el pensamiento nos conduce hacia donde la mente se detiene.

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