Signos

Palabra y silencio

Silencio

"Los cielos narran la gloria de Dios y la obra de sus manos anuncia el firmamento" (Sal.19)

Dios habla mediante el silencio de sus obras. Esta es la dimensión del silencio.
"Los cielos narran la gloria de Dios": Es lo que existe, es esta naturaleza, es esta tierra, es este cielo, que nos hablan, callando, de Su Creador. La silenciosa escritura de los cielos, nos deja estupefactos frente a la belleza de la creación. Es la naturaleza que nos comunica en el silencio de Dios.

Palabra y silencio

Elías, perseguido, huye; está cansado y quiere morir, porque todo le parece inútil. El Señor le hace comer pan y gracias a la fuerza de aquel alimento, Elías camina durante cuarenta dias y cuarenta noches, hasta alcanzar el monte Horeb, el monte santo, y en el monte experimentará a Dios.

&iquot;He aquí que el Señor pasó. Hubo un vienti impetuoso y desgarrador que partió las rocas, pero el Señor no estaba en el viento. Tras el viento hubo un terremoto, pero el Señor no estaba en el terremoto. Tras el terremoto hubo un fuego, pero el Señor no estaba en el fuego&iquot;. El Señor no está en ningún signo de fuerza: ni en el fuego, ni en el viento ni en el terremoto. ¿Dónde vive Dios?. &iquot;Tras el fuego vino el murmullo de una ligera brisa&iquot;. Elías reconoce a Dios en la voz del silencio, mas bien en el tenue silencio.

Dios no habla en las señales de la fuerza y de la grandeza del mundo. Dios habla allá donde nuestra inteligencia y nuestro corazón no pensará jamás oírlo: Dios habla sorprendentemente allá donde está el silencio para hablarnos de Él, la voz del silencio. La palabra de Dios está toda intrínseca de su silencio. La Biblia es una ventana en el infinito: Dios es fuego devorador, Dios es la inquietud, el tormento.

Dios calla, allá donde quisiéramos que su palabra se oyera: el escándalo de Dios está escóndido en el sufrimiento de sus hijos. Si queremos hacer la experiencia de Dios, debemos conocer el silencio.

El Dios que, ante el abismo que nos separa de Él, nos lanza el puente de su palabra. La palabra es el puente que une al hombre con Dios. Es el Dios que confirma, que promete, que nos da seguridad: su palabra es luz, es calor, es fuerza que transforma el desierto en un jardín.

DDios es el Dios del silencio, porque sólo en el silencio de Dios está la condición del riesgo y de la libertad. En otras palabras, el silencio de Dios es el espacio de nuestra libertad. La esperanza no está en la sonrisa, sino en las lágrimas, en el riesgo del silencio.

En el centro del Nuevo Testamento está la Palabra llegada hasta nosotros. Juan, en su prólogo, escribe: &iquot;La Palabra se hizo carne&iquot;, es el escándalo abismal de la palabra que cruza la distancia. La palabra que procede del silencio: el silencio del Padre.

El cristianismo es la fe en una Palabra que está suspendida entre dos silencios: el del origen y el del destino, el silencio frontal y el silencio del Espíritu que, en nosotros, deja que la palabra acuse y se hable con la vida.

&iquot;El Padre pronunció su palabra en un eterno silencio&iquot;, por eso es en silencio que ella debe ser escuchada por los hombres&iquot;. (San Juan de la Cruz). Escuchemos la palabra, no cuando la repetimos estruendosamente, sino cuando hacemos silencio y este silencio acogedor es el que el Nuevo Testamento llama fe.

No pronunciemos nunca la palabra, sin antes haber caminado largamente por los senderos del silencio. Sólo si hemos entrado en este silencio, la palabra brotará en nosotros.

El hombre de hoy se podrá encontrar plenamente a sí mismo, sólo si encuentra en su existencia un sitio privilegiado en el silencio. El silencio parece convertirse en un valor extraño para el hombre contemporaneo que teme encontrarse, mediante él, sólo consigo mismo, con el aburrimiento y el miedo a la muerte, recurriendo a la diversión, al entretenimiento para huir de sí mismo.

Tal vez despertará maravillas el hecho de que, con la palabra, se pueda hablar del silencio, pero palabra y silencio están unidas. El silencio está dentro de la palabra, pues del silencio nace la auténtica palabra. El verdadero silencio no es mutismo sino una forma de comunicación, es plenitud: presencia de Dios.

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