Callar

Silencio y meditación

Meditar

"Hay un tiempo para callar y un tiempo para hablar"
Ecl. 3,7.

Aprender a callar es verdaderamente, en un tiempo en el que predomina hablar, es hacer silencio en el interior de uno mismo: es detener la lengua, es sumergirse en el silencio espiritual.

Si aprendemos a callar para escuchar La Palabra, aprenderemos a usar rectamente el silencio y La Palabra que usamos durante la jornada.

Silencio es, ante todo, callar



La virtud del silencio es necesaria para la perfección, porque en el chismorreo no falta el pecado. Si deseamos evitar la murmuración debemos hablar poco y bien.

La justicia nos traerá como don la paz, porque sólo ella puede alimentarla, incluso para custodiarla guardaremos silencio. Si no retenemos la lengua, los bienes recibidos por la gracia pronto se evaporarán y entonces caeremos en muchos errores. La lengua, aun siendo pequeña alardea de grandes cosas, puede convertirse en fuego mortal en un mundo de iniquidad.

De la lengua salen blasfemias, murmuraciones, perjurios, mentiras, deducciones, adulaciones, maldiciones, vituperios y contenciones: ella burla a los bienes, infunde malos consejos, esparce chismes, se alaba, revela secretos, amenaza sin razón, promete sin juicio, estropea las palabras, deja escapar frases desafortunadas.

Miremos a María, espejo de las virtudes, aprendamos de ella la disciplina del silencio. Es notoria su vida reservada. Si leemos el Evangelio descubrimos que habló sólo con cuatro personas y pronunció en total siete pañabras: dos con el Ángel, dos con su Hijo, dos con Isabel y una en la boda de Caná. San José no lo hizo nunca. Por su ejemplo nuestra locuacidad queda confusa, porque nos dejamos llevar por multitud de palabras.

"Que permanezca solitario y silencioso, cuando el Señor se lo impone" (Lm 3,28). Se sentará solitario huyendo de la compañía de los hombres y en silencio pensará y meditará las cosas celestiales y sobre él se levantará saboreando las dulzuras celestiales.

Habla poco, con brevedad, con respeto y pudor: pequemos nuestros labios con el hilo de la sabiduría. Que nuestro discurso sea corto, modesto y humilde. En el mucho hablar está al acecho el pecado. No hablemos ociosamente, porque de cada palabra vana daremos cuenta al final de nuestra vida. Es más útil callar que hablar, como dijo el sabio: "Me he arrepentido una vez de haber hablado, nunca de haber callado".

Si hemos emprendido una lucha contra los vicios - y combatido exteriormente - establezcamos ahora un pacto con la paz en la intimidad del corazón. Practiquemos la justicia cuando combatamos contra los vicios que nos tientan, poseeremos segura la paz cuando volvamos a nuestra interioridad. Durante todo el tiempo que resistamos a los vicios - y mientras vivamos en esta vida - no puede haber paz, puesto que lo que nos obstaculiza es derrotado sólo mediante una encarnizada guerra y los que han sido derrotados pueden aun resurgir.

Descendamos a las profundidades del corazón y hagamos reinar al silencio, sólo entonces podremos acceder a la meditación. El alma liberada de todo empeño terrenal, callará durante la meditación, se elevará sobre sí misma mediante la contemplación de las realidades celestiales. Hasta los santos han buscado el silencio y la soledad: Elías en el Monte Carmelo se retira a una gruta ,San Juan vive en el desierto y el Señor pasó muchas noches en el silencio de la oración.

La mente conservará perfectamente el silencio, cuando haya suspendido por vía sensitiva, mediante los cinco sentidos - y cuanto la mente más seducucciones haya recibido - más será difundida. Cuando la mente se haya retirado del ruído de las cosas exteriores, dentro de su íntimo secreto, huirá de las ensordecedoras vanidades y cerrando su entrada, reflejará sus riquezas espirituales y no se encontrará en algo agitado, desordenado que le procure el remordimiento o la diversión, pero todo fluye en la alegría: en la paz y en la tranquilidad brotará una maravillosa serenidad y alegría. El ánimo agitado, por la ira o el afán, la concupiscencia de la carne por los deseos de las cosas terrenales, no puede enfocar el esplendor de la luz inaccesible, que sólo se alcanza en la noche del silencio.

La voz del alma iluminada por Dios se percibe por el silencio, entra en nuestro interior- en nuestro silencio- para que, en él, podamos pasar a lo divino y en, su impensable silencio, hablemos.

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