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LA PENITENCIA SEGÚN SAN FRANCISCO


Carta a los fieles. "De los que hacen penitencia y de los que no la hacen" de Ubi humilitas, ibi sapentia.

En el nombre del Señor.

Todos los que hacen penitencia

Todos los que aman al Señor con todo el corazón, el alma y la mente, con toda la fuerza y aman al prójimo como a sí mismo y odian a su cuerpo, a los vicios y al pecado, y reciben a Nuestro Señor Jesucristo, ofrecen frutos dignos de penitencia:

Qué bienaventurados y benditos aquellos y aquellas cuando hacen tales cosas y perseveran en ellas: porque descenderá sobre ellos el Espíritu del Señor y montará su tienda entre ellos: y son hijos del Padre Celestial, del cual, hacen las obras y son esposos, hermanos y madres de Nuestro Señor Jesucristo.
Somos esposos cuando el alma fiel se une a Nuestro Señor Jesucristo por virtud del Espíritu Santo. Somos hermanos cuando hacemos la voluntad del Padre que está en los cielos. Somos madres cuando lo llevamos en el corazón y en el cuerpo por medio del divino amor y de la pura y sincera conciencia, lo engendramos mediante las obras santas, que deben resplandecer ante los demás como ejemplo.

Qué glorioso, santo y grande es tener en el cielo un Padre.
Qué santo, fuente de consolación, hermoso y admirable es tener a tal Esposo.
Qué santo, querido, grato, humilde, pacífico, dulce, amable y deseable sobre todas las cosas es tener a tal hermano y a tal hijo, Nuestro Señor Jesucristo, el cual, ofrece su vida por sus ovejasy oró al Padre, diciendo: "Padre santo, gu`rdalos en tu nombre a los que me has dado en el mundo: eran tuyos y Tú me los has dado. Y las palabras que me diste, se las he reveladoo. Y ellos la han escuchado y han creido verdaderamente que he salido de Tí y han conocido que Tú me has enviado. Te ruego por ellos y no por el mundo. Bendícelos y santifícalos. Y por ellos me santifico a mí mismo. No ruego sólo por ellos, sino por los que creerán en mí por medio de su palabra, para que sean santificados, como lo estamos también nosotros. Y quiero, Padre, que donde yo esté, también estén ellos conmigo, para que contemplen mi gloria". (Jn 17,24) "en tu reino" (Mt 20, 21). Amén.

CAPÍTULO ll
DE LOS QUE NO HACEN PENITENCIA

Sin embargo, todos aquellos y aquellas que no viven en la penitencia y no reciben el cuerpo y la sangre de Nuestro Señor Jesucristo, se abandonan a los vicios, a los pecados y caminan tras la mala concupiscencia y los malos deseos de su carne, y no observan las cosas que ha prometido el Señor, sirven con el propio cuerpo al mundo, a los instintos carnales, a las solicitudes del mundo y a las preocupaciones de esta vida, son los prisioneros del diablo, del cual son hijos y hacen sus obras: están ciegos puesto que no ven la verdadera luz, a Nuestro Señor Jesucristo. No tienen la sabiduría espiritual, puesto que no poseen al Hijo de Dios, que es la verdadera sabiduría del Padre: de ellos se ha dicho "Su sabiduría ha sido tragada" y "Malditos los que se alejan de los mandamientos". Ellos ven y reconocen, saben y hacen lo que está mal y conscientemente pierden su alma.

Os engañan vuestros enemigos, los de la carne, el mundo y el diablo, que al cuerpo le es grato pecar y amargo someterse a Dios, puesto que todos los vicios y pecados salen y proceden del corazón de los hombres - como dice el Señor en el Evangelio. Y creéis poseer las vanidades de este siglo, pero os engañáis, porque vendrá el día y la hora en la que menos penséis no sabéis e ignoráis. El cuerpo enferma, la muerte se acerca y se muere de amarga muerte.

Y en cualquier lugar, tiempo y modo el hombre muere en pecado mortal, sin haber hecho penitencia y dado satisfacción, se podía darla y no se ha hecho: el diablo abduce al alma separándola del cuerpo, con una angustia y tribulación tan grande, que nadie puede saber si no la experiementa.
Y todos los talentos, el poder, la ciencia y la sabiduría que creían poseer, se diluirá. Y dejan todo a los parientes y amigos. Y he aquí que éstos se han repartido entre ellos tu patrimonio y luego dicen: Maldita sea su alma, puesto que podía dejarnos más y tener más de lo que tenía. Los gusanos devoran el cadáver y así han perdido el cuerpo y el alma en esta vida breve e irán al infierno, donde serán castigados eternamente.

A todos los que llegue esta carta, les rogamos, en la caridad que es Dios, que acojan benignamente, con divino amor, estas flagrantes palabras de Nuestro Señor Jesucristo, que hemos escrito. Y los que no saben leer, se las hagan leer con frecuencia y las aprendan de memoria, poniéndolas en práctica santamente hasta el final, porque son espíritu y vida. Y los que no hagan esto, rendirán cuentas en el día del juicio, ante el tribunal de Nuestro Señor Jesucristo.

Dalle "Fuentes Franciscanas".


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