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DOLOR Y ARREPENTIMIENTO


El propósito del dolor, debería ser puesto en primer lugar, entre los demás actos del penitente, porque sson las caras de una misma actitud del ánimo, de hecho, si este va dirigido al pasado, es dolor. Si va dirigido al futuro, es propósito.

El dolor nace del pesar por el pecado. Este sentimiento nos hace rechzar lo que hemos buscado mediante un placer desordenado de los sentidos, que, con la llama de las pasiones, nos ha obcecado. Y este dolor no está en el tormento del alma ni tampoco depende de la duración de la contricción, sino de la calidad de nuestro sentimiento y de la voluntad de la conversión.

Esta conversión, si no puede posponerse en el tiempo, más bien se debe sentir en el corazón la urgencia de iniciar de inmediato para que sea fácil dirigir la propia voluntad, buscar las causas que nos han inclinado al pecado y extirpar en nosotros el gusto por el placer relacionado con el goce.

El sacramento de la confesión o reconciliación es una cosa muy seria, pues se trata de considerar que sólo a través del arrepentimiento y el remordimiento por las culpas cometidas es posible obtener el perdón de los pecados. Perdón que Dios concede, mediante su infinita Misericordia, al penitente que pide perdón con la contricción del corazón.

"Mas si desde allí buscares a Yavhé, tu Dios, lo hallarás, si lo buscares con todo tu corazónn y con toda tu alma" (Dt 4,29).
En las escrituras hay una llamada insistente a la conversiónn del corazón y a la penitencia. El mismo Jesús ha dicho: "Si no os convertís, moriréis todos del mismo modo". (Lc 13,3).

Por otra parte, el remordimiento, se hace natural cuando nace en sí la conciencia del mal cometido y, para algunos, puede ser insoportable. Incluso si mi dolor me hiciese llorar un mar de lágrimas, aun sería indigno de ser consolado por Tí, escribe el autor de Imitación a Cristo.

El nudo más profundo del misterio de la redención se enlaza con la noche de la traición, cuando Jesús agoniza solo en el huerto de los olivos. Aquella agonía es el ápice de la atragedia humana de Cristo. En aquel huerto sufre por todos los pecadores, se cubre de todos los pecados de la humanidad y ofrece su angustia para expiar nuestras culpas. Es la víctima del sacrificio, el cordero inocente que se carga con nuestras inmundias para redimirnos.

La misma parábola del hijo pródigo, fue el primer moviento de conversión: "Cuantos jornaleros de mi padre tienen pan de sobra y yo aquí me muero de hambre". Esta primera consideración está quizás dictada por una exigencia que nace del hambre. No es una verdadera contricción por el dolor causado al padre, sino un primer movimiento. El hijo reflexiona diciendo: "Padre, he pecado contra el Cielo y contra tí: no soy digno de llamarme hijo tuyo. Trátame como a uno de tus jornaleros". Estas son palabras dignas de quien se arrepiente y experimenta el dolor por el mal cometido.

He aquí el ejemplo a seguir con humildad. Usemos la reflexión o un examen de cociencia, todos los elementos que puedan ayudarnos a la conversión y luego procedamos confiados, seguros de la Misericordia de Dios.

Para acrecentar nuestro dolor espiritual, nos puede ayudar la Santa, doctora de la Iglesia Santa Catalina de Siena: "Nuestra alma estará más animada para luchar contra el pecado cuanto más miremos al dulce Señor y consideremos que, por el pecado Jesucristo, se ha dejado matar. Hagamos entonces como el hijo que ve la sangre del propio padre y siente crecer en sí el odio contra el enemigo que le ha hecho morir. Y si me dijeras: ¿Quién lo ha matado?. Os respondo que sólo el pecado es la causa de la muerte de Cristoo y el hombre que ha cometido y comete el pecado. Por eso, venguémonos de nosotros mismos, de nuestros perversos pensamientos, vicios y pecados: porque el peor enemigoo que el hombre tiene es él mismo. Y si el alma tiene la mirada fija en Cristo crucificado y considera que ha sido la propia sensualidad por matarlo, no se saciará nunca del hambre de venganza, sino que se alegrará de verla sostener cada pena y tormento, como su mortal enemigo. Así quiero que hagáis vosotros y, para que lo hagáis bien, quiero poneros en la mente la sangre del Hijo de Dios, derramada con tanto fuego de amor. Esta sangre será para nosotros un continuo bautismo de fuego que purificará y calentará nuestra alma eliminando todo hielo de pecado". (Carta 148. Catalina de Siena).

Propongámonos no pecar nunca para luego abandonarnos confiados en los brazos de Dios, y no nos faltará toda la fuerza y ayuda necesaria para mantener este compromiso. Lo dice el salmista: "Pon en tu Señor tu afán y Él te sostendrá". (Sal 54,23). Lo dice el profeta: "Cuantos esperan en el Señor, recuperarán fuerza, llevan alas como las águlas, corren sin esfuerzo, caminan sin cansarse". (Is. 40,31).


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La penitencia