Misericordia

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El amor de Dios por nosotros

Piensa en el amor con el que Jesucristo, Nuestro Señor, ha sufrido tanto en este mundo, especialmente en el Huerto de los Olivos y en el Calvario: aquel amor se preocupaba de tí. Por medio de todos aquellos sufrimientos.

di Francesco di Sales

Él obtenía de Dios Padre, buenos propósitos para tu corazón, y con el mismo medio obtenía también cuanto te es necesario para mantener, alimentar, fortalecer y llevar a buen fin tales propósitos.

Y tú, propósito, eres precioso, porque eres hijo de una madre tan importante como la Pasión del Salvador. Cuanto bien debe quererte alma, puesto que me ha querido tanto el corazón de Jesús. Salvador de mi alma, has muerto para conquistar mis propósitos, concédeme la gracia de morir antes que dejarla perder. Ve, mi querida Filotea, es cierto que el corazón de nuestro querido Jesús veía el tuyo desde el altar de la Cruz y lo amaba: por fuerza de aquel amor obtenía para él todos los bienes que tendrá para siempre, entre los cuales están los prpósitos. Sí, querida Filotea, todos nosotros podemos decir como Jeremias: Señor, antes de que existiese me has mirado y me has llamado por mi nombre: en cuanto a su divina Bondad, has preparado en su amor y en su misericordia todos los medios generales y específicos para nuestra salvación, y, por lo tanto, también nuestros buenos propósitos.

Esto es cierto: como una mujer encinta prepara la cuna, la canastilla y le prevee una enfermera para el hijo que espera tener, aunque todavía no ha venido al mundo, así Nuestro Señor, telleva en el seno para engrendarte para la salvación y hacerte su hija, sobre el árbol de la cruz prepara cuanto te es necesario: tu cuna espiritual, tu canastilla, tu alimento y cuanto te es necesario para tu felicidad. Y están todos los medios y las gracias con las cuales quiere atraer a tu alma hacia la perfección.

Dios mio, cómo deberemos imprimir profundamente en nosotros todo esto.

Jamás es posible que yo haya sido amada con tanta dulzura por el Salvador, tanto, que ha pensado en mí, personalmente, ¿hasta en las más pequeñas circunstancias me ha atraido hacia sí?. Entonces, cuanto debemos amar, apreciar y emplear bien todo esto para nuestro bien. Es verdaderamente maravilloso: el corazón lleno de amor de mi Dios pensaba en Filotea. La amaba y procuraba miles de medios de salvación, como si no hubiese ninguna otra alma en el mundo en la que pensar: al igual que el sol, como si no iluminase nada sino sólo aquel rincón. Nuestro Señor, en efecto, pensaba y se cuidaba de todos sus hijos y pensaba en cada uno de nosotros como si no hubiese debido pensar en nadie más. Dice San Pablo: Me ha amado y se ha dado a mí es como si dijese, para mí solamente, como si no hubiese hecho nada para todo lo demás.

EL AMOR DE DIOS POR NOSOTROS

Considera el amor eterno que Dios te ha traido, porque ya antes que Nuestro Señor Jesucristo, en cuanto a hombre, sufriese la Cruz por tí, Su Divina Majestad, en su inmenso amor, te insertaba en sus designios y te amaba inmensamente.
Pero, ¿cuando comenzó a amarte?. Nunca, porque siempre lo ha hecho, sin principio ni fin, y así te ha amdo desde la eternidad: te estaba preparando las gracias y los favores que luego te ha regalado. Le hace decir al profeta, hablándote a tí: Te he amado con una caridad sin fin: te he atraido a mí, porque tenía compasión de tí.

También ha pensado en empujarte a tener el buen propósito de servirLe. Qué maravillosos son estos propósitos que Dios mismo ha pensado, meditado y proyectado desde la eternidad. Qué preciosos y queridos son. Cuanto deberemos estar dispuestos a sufrir antes de perder una pizca de ellos tan solo. Tampoco si todo el mundo debiese perecer, porque el mundo entero vale menos que un alma y un alma no vale nada sin sus buenos propósitos.

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