El viaje de los engaños

Parte cuarta

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"Bien, señores, ¿todo está listo para acoger de la mejor manera a nuestro Emperador?"

"Sí."

"¿Quién se ocupará de entregar nuestro regalo?"

"Seremos Michel y yo."

"Bien, actuaremos esta noche."

El duque de Orleáns sonreía complacido. El plan era perfecto. Imposible que fuese estropeado. Y ninguno jamás habría sabido quién había asesinado al emperador de Austria. Una guerra, para quitar de las manos de un débil Rey la corona deseada desde hacía una vida.

Sería fácil aprovecharse del joven Girodel… pensaba; joven, tonto y presuntuoso. Casi casi es un pecado que la Jarjayes no esté en el lote… habría sido más satisfactorio sacudirse de ella… pero será otra vez… pensemos en el Emperador de Austria, ahora… ya habrá tiempo, para vengarse de aquélla muchacha insolente.

 

Durante el día el convoy había retomado su lento viaje a través de la campiña francesa. André sufría todavía un fuerte dolor de cabeza, el último recuerdo, en orden temporal, de la noche precedente.

Ahora que los efectos del alcohol habían pasado, resurgían sus recuerdos.

Reflexionaba sobre las emociones experimentadas la noche anterior: Había descubierto estar celoso de Óscar, y que este sentimiento le hacía sufrir aún más que el hecho de no ser amado por ella. Perderla le daba más miedo que el hecho de no ser correspondido en su sentimiento. Y había descubierto, a pesar suyo, no conseguir controlar por completo su deseo hacia ella.

Por un instante, la noche anterior le había parecido incontrolable. Le había parecido no poderse contener más. De no poder impedirse a sí mismo afrontarla, confesarle sus sentimientos, confesarle su amor, y su deseo. No era posible. No podía permitirlo. Las consecuencias habrían sido dramáticas. El daño, incalculable.

El alcohol le había socorrido, por una vez. Pero ahora ya no hacía más efecto. Y es solo que debía afrontar, ahora, sus pensamientos.

No debe suceder. Nunca más. Pensaba, inútilmente. Porque cada vez que ella se asomaba a su carroza, durante aquél largo día, no podía conseguir impedirse de mirarla, no podía conseguir impedirse de desearla. Y la belleza de Óscar, por todo aquel día, no fue solamente su placer. Se convirtió en su tormento.

André miraba el sol tramontar, desde los vidrios de la carroza. Tantos atardeceres había visto con ella, tantos habría visto todavía, pensaba. El uno al lado de la otra. Como amigos.

Le parecieron inútiles, todos aquellos momentos vividos. Habría querido tomarla entre sus brazos. Habría querido ver los reflejos de la luz del atardecer sobre el rostro de ella, sus ojos cerrarse y esperar el toque de los labios de él.

La orden de detener las carrozas dada por Girodel lo despertó casi violentamente de su sueño a ojos abiertos. Habían llegado a Dijon.

Para la noche serían hospedados por el barón de Treveille, en su castillo. El barón recibió a los huéspedes en su morada con todos los honores de rigor. Se proyectaba una noche más relajada respecto a las precedentes. Sólo una tranquila cena. Óscar exhaló un suspiro de alivio. El barón era una persona reconciliada con los años, y vivía en soledad. Los huéspedes serían pocos. Sólo algunas autoridades de la región. La cena fue servida al aire libre, puesto que la tibia tarde primaveral lo permitía. André ejecutaba el rol habitual. Y se volvía siempre más hábil. Y divertido al hacerlo. Y ligeramente preocupado por aquellas continuas cenas luculianas[1]. Me convertiré en un barril, pensó.

Óscar lo observaba, desde una mesa cercana. No conseguía explicarse porqué no conseguía apartar los ojos de él, aquella noche. También le había sucedido la noche anterior, hasta que aquella mujer no le había hecho pasar repentinamente el apetito. No conseguía explicarse porqué, desde que aquel viaje había comenzado, lo mirase tan seguido, casi obstinadamente. Y no conseguía explicarse porqué, durante el día, hubiese inventado más de una excusa para detener el convoy y asomarse a su carroza. No había necesidad. Había cincuenta soldados protegiéndolo. Detener la carroza, en cambio podía constituir un problema. Habría distraído a los soldados, alargado el tiempo de llegada. Pero lo había hecho. Muchas veces. Y se había descubierto, ella misma, distraída, con la mente perdida en pensamientos lejanos, como sueños a ojos abiertos. Distracción. Peligrosa distracción, la suya. Debía permanecer concentrada, el peligro podía estar siempre al acecho. Ninguna distracción, ningún pensamiento insólito, extraño. No podía permitírselo.

 

Al término de la cena, el barón hizo traer el licor para brindar al huésped venido de lejos.

Una camarera se acercó a la mesa con una botella y dos copas de cristal, una para el barón y una para el Emperador. La camarera escanció el líquido oscuro, denso en las dos copas.

Un líquido oscuro, muy oscuro, denso, muy denso, demasiado denso. Una rareza. Una nota adjunta a la ejecución de un motivo musical habitual. Una nota tocada velozmente, pero dado que de más, como desentonada.

Un instante, una sospecha improvisada. Óscar se levantó de repente.

"¡Deteneos!" Su asustada mirada encontró la de André, sorprendido.

Se acercó a la mesa, mientras el barón la miraba con aflicción acercarse velozmente. ¿Qué quería aquella mujer insolente?

Tomó una de las copas, olfateó el líquido. Lo arrojó junto con la copa.

"¡¡¡Está envenenado!!!"

"¿Qué? ¡Cómo os permitís! ¿Cómo osáis? ¡Aquel licor es rarísimo, y lo he hecho traer justamente desde Borgoña para esta ocasión!"

Girodel había saltado de su asiento, los soldados habían llevado las manos sobre el pomo de las espadas.

El Barón, furioso, maldecía contra Óscar. André miraba a Óscar, preocupado.

Calmada, Óscar debía seguir calmada, de otro modo habría sido desenmascarada. Se descubrió pensando estar más preocupado por ella que por aquel licor que entretanto se deslizaba lentamente sobre el suelo. Encontró la mano de ella, escondida a las miradas de los otros por el mantel. Y la apretó. Para calmarla, para controlar la rabia de ella, el miedo de él, para sentirla en la suya. A aquel inesperado contacto, Óscar se volvió. Un instante, un intercambio de miradas. Luego el grito de la camarera.

El perro del patrón de la casa se había aproximado al líquido esparcido por tierra, había lamido el contenido y se había desplomado. El veneno lo había matado. La aflicción en el rostro de los presentes. Girodel desenvainó la espada. Óscar se volteó hacia André –ahora era él quien estaba asustado, aterrorizado. Aquel veneno era para él. Para él. Fue el turno de ella en apretarle la mano, aún más fuerte, escondida por el mantel.

"Majestad, creedme, yo no quería envenenaros, alguien, alguien debe haber sustituido la botella, yo nunca podría querer vuestra muerte! ¡Piedad! ¡Piedad de mí!"

"¡Barón!" Vuestra responsabilidad será corroborada por las autoridades competentes. ¡Yo os declaro bajo arresto!" Dijo Girodel, apuntando su espada hacia el hombre, quien cayó de rodillas llorando.

André sintió la mano de Óscar temblar en la suya. Debía anticiparla, antes de que, hablando, como probablemente estaba por hacer, y dando órdenes a Girodel, hiciese descubrir su identidad.

"¡Capitán Girodel!", dijo André poniéndose en pie, después de haber dejado la mano de ella, "si aquella botella contenía veneno, aquel veneno era claramente destinado sea a mí, sea al barón. ¡No seáis ingenuo, y no acuséis sin pruebas concretas a un hombre que ha arriesgado morir tanto como yo! Alzaos, barón, vuestra aflicción y vuestro susto son las mejores pruebas de vuestra inocencia."

"Pero, majestad…", trató de replicar Girodel, cuya rabia crecía, osaba hasta decirle cómo comportarse, qué órdenes dar, el pordiosero.

"Nada pero, Girodel. ¡Más bien, organicémonos para la noche! Barón, os agradezco por vuestra hospitalidad, es el caso que me retire ahora a mis habitaciones, y, veréis, no se os hará ningún daño. Hay alguien que quiere la muerte del Emperador de Austria, evidentemente. Pero es tan bellaco que no quiere exponerse en primera persona. Que no quiere ensuciarse las manos con mi sangre. Deberemos estar más atentos, yo el primero, ¡de ahora en adelante!"

El barón se inclinó de frente a André, profundamente agradecido que le hubiese sido ahorrado el arresto. Se deshizo en mil excusas.

 

Dos horas después, André estaba todavía sentado, con los codos apoyados en el estante del escritorio, el rostro entre las manos. Estuve a punto de morir, de morir. Aquel veneno era para mí. Si Óscar, increíblemente, no hubiese intuido el peligro, ahora estaría muerto…

Pensó en su vida, en todos los momentos pasados, y descubrió, casi amargamente, que en cada uno estaba ella. Momentos felices, momentos tristes. Con ella. Siempre. Se descubrió pensando que, no obstante una vida entera con ella, probablemente no habría sido nunca feliz. Feliz con ella, enamorado de ella, satisfecho con ella. Estos pensamientos lo habían entristecido, y se confundían con el miedo a la muerte que había experimentado sólo dos horas antes. Y otro pensamiento, más triste. Ella le había salvado la vida, otra vez. Como aquella vez que el Rey quería condenarlo a muerte.

Salvado por ella. Pero ninguno podía salvarlo de sus remordimientos, de las cosas no dichas, de las cosas no hechas. Ninguno podía salvarlo de su amor por ella.

Sintió tocar a la puerta.

"Soy Marianne, por favor abridme."

André se aproximó a la puerta y la abrió. Óscar entró en la habitación y cerró la puerta tras ella.

"André, me quedo aquí por esta noche. ¡La situación es demasiado arriesgada!"

"Pero Oscar, no puedes, sospecharán…"

"No sospecharán nada. Esta noche, yo soy la última persona en la que piensan. Y luego… dices que tu emperador es un gran amante, ¿no? Entonces, nadie hará caso si tu dama de compañía se queda aquí más de lo necesario. ¡Yo debo quedarme aquí para protegerte esta noche!"

André quería decirle cualquier cosa, quería decirle que no debía quedarse allí con él. Que se arriesgaba, que corría un gran riesgo. Arriesgaba ser descubierta, ante todo. Arriesgaba morir con él, y esto él no lo habría querido nunca. En tal caso, tanto había valido beber aquel maldito licor. Ella no debía correr aquel riesgo. No por él, sobretodo. Además, como si no fuera suficiente, Oscar corría otro riesgo, a sus ojos, de quedarse con él aquella noche, que no pondría en riesgo su vida, pero que probablemente la pondría triste. Arriesgaba descubrir cuánto la amase él.

Porque la única cosa que André habría querido, en aquella noche llena de miedo y de pensamientos tristes, era abrazarla.

Entonces, no le dijo nada.

Oscar se despojó de la larga bata que la había cubierto hasta aquel momento. Los dos soldados fuera de la puerta no se habían dado cuenta que la dama de compañía del Emperador estaba armada. Depositó la espada en un ángulo, tomó una manta y comenzó a acomodarla en torno a un pequeño diván. Sólo entonces, André se dio cuenta que Óscar tenía encima un camisón… muy femenino…

La parte superior era de encaje, muy adherida al cuerpo, sólo ligeramente transparente y descendía hasta la cintura, donde al encontrarse con la seda se abría en una larga falda que llegaba a cubrirle los pies. Hermosísima. En verdad hermosísima. La primera cosa bella después de tanto miedo. Un disfraz de veras perfecto, amor mío, pensó divertido, admirado, André.

Repentinamente, Óscar se volvió. "¿Qué me miras? ¡Más bien, ayúdame!"

Y André se acercó a ayudarla. Sonreía, enamorado, un sutil azoramiento sobre el rostro, y tantas ganas de gritarlo al mundo, cuán bella fuese su Óscar.

"Óscar, duermo yo aquí, tú échate en la cama."

"André, debo permanecer despierta para controlar la situación… si me echo en la cama me dormiré seguramente."

"¡Querrá decir que haremos turnos y te despertaré yo al final de mi turno!"

"Mhh… está bien…"

"Bien, el primer turno lo hago yo", dijo André. "Dentro de cuatro horas te despierto. ¿De acuerdo?"

"Sí." Óscar se aproximó al lecho, mientras André, habiendo tomado un libro, se acomodaba sobre el pequeño diván, con la espada de ella al lado, y una pistola cargada.

"¿André?"

"¿Sí, Óscar?"

"He tenido… miedo… esta noche… cuando vi que el licor estaba envenenado en verdad yo… yo no quiero que nadie te haga daño… ¿lo entiendes?"

"Claro, claro que entiendo, Óscar. Me has salvado la vida. Te lo agradeceré eternamente. De veras."

"No, no entiendes, no es lo que quería decir, yo…"

"¿Qué cosa, Óscar?"

"No, nada, André… Nada."

Y Óscar se acurrucó bajo las cálidas mantas. El cansancio velozmente tomó ventaja sobre ella. Agotada, acaso más por sus pensamientos que por cansancio físico.

Cuando estuvo seguro que ella se hubiese dormido profundamente, André se acercó a ella. Le acarició los cabellos, lentamente. La besó sobre la frente, tiernamente, como cuando era niña. Le acomodó las mantas, porque en el sueño se había ya descubierto demasiado. Regresó a leer.

Y no la despertó para el turno, sino que miró las primeras luces del alba iluminar lenta y dulcemente el rostro de ella.

Continúa...

 

Autora: Fiammetta

Mail to: f.camelio@libero.it

 

Originalmente publicado en: Laura’s Little corner/ Vetrina:

http://digilander.iol.it/la2ladyoscar/Index.html

 

Traducción del italiano al español: Shophy shophy@ec-red.com

Lima, miércoles 15 de agosto, 2007.

pubblicazione sul sito Little Corner dell'ottobre 2008

1] Alusión a Lucio Licinio Lucullo (117-57 o 56 A. C.), político romano famoso por su riqueza y su gusto fastuoso.