Historia de niebla y de ojos cerrados

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Hay un rayo de sol. Se insinúa entre las cortinas y lanza una ligera franja de luz sobre las sábanas. Lame una mano clara, la de los dedos relajados y de venas azulinas.

El rayo de sol se moverá, lento, pero más veloz de lo que él piensa. Lo sabe. Tocará los dedos. Rogará intensamente que los dedos se distiendan, o se contraigan. Que se muevan. Que abra los ojos.

Todavía el aire sabe a oscuridad. No siente más el sueño y los nervios están rígidos. El rostro está inmóvil en la penumbra, pero él lo conoce de memoria, tanto hasta temer, a veces, haberlo olvidado. En toda esta sombra, atravesada por la cansada respiración de los siervos, se da cuenta plenamente de las cosas que ya sabe. Las conoce tan bien y tan naturalmente hasta haber creído ignorarlas. "Sin embargo, no se puede", piensa fijando la mirada en el rostro pálido en la penumbra y ríe de sí con la cabeza inclinada y las lágrimas suspendidas en los párpados.

"He aquí lo que era... He aquí lo que era..." canturrea. "Abrirás los ojos... ¿verdad?" Le pregunta mientras todo permanece inmóvil.

 

Solamente es como recomponer una historia que ya se conoce. No hay muchas ganas. Es increíble haber intentado quererla diversa, aduciendo excusas y propósitos. Pero, en realidad, ¿intentando cuánto?

"Siento haber dudado" le sugiere la conciencia y quizá el dedo que alarga tímidamente querría acariciar la mano perdida sobre la sábana. Pero regresa temblorosa en el puño.

"Evidentemente soy un angelito..." Se canturrea él mismo pensando en las dudas de la noche precedente...

 

Жuc0Жuc0Ж

 

A los diecinueve años no he concluido nada.

El caballo se balancea[1] por estas calles desconectadas. Las calles nos conducen hacia las más cálidas tabernas de París. El sol cae aquí y allá las noches se inflaman. Lo sé por mí mismo y también me lo asegura Luc quien me precede sobre su rocín.

"Verás... verás..." me dice socarrón con aquel rostro anegado por las pecas y yo asiento. Me siento un poco estúpido... sólo un poco. Pero es así cómo se vive.

A mi edad muchos muchachos tienen ya hijos. No es que yo no lo haya pensado... no lo sé... pero es extraño que sepa sólo teóricamente cómo se hacen.

A mi edad muchos muchachos mantienen familias. Yo trabajo, pero no tengo una familia normal. Mas bien: Una familia no la tengo. Tengo a mi abuela. Conozco a un montón de gente... colegas... y hago fácilmente amistad con las personas que encuentro. Tomo lo mejor que tienen las personas. En efecto, no es siempre amistad. Nunca digo nada de mí, sin embargo. ¿Qué debería decir?

Tengo a Óscar, pero ella no es mi hermana aunque si, un poco, es como si lo fuese. Ella preferiría ser un hermano si me lo escuchase decir... ‘ta bueno[2]... dejémoslo ahí...

Hace un poco de tiempo que se le han asomado las tetas, aunque no prometan tanto. El problema es que pienso que tengo al lado una mujer, de lo que he deducido que es el caso que me busque una muchacha que me distraiga un poco.

Luc dice que Chez[3] Jacques, llamado "Le cochon[4]" –¡pero este sobrenombre es mejor que Jacques no lo sepa nunca!- nos divertirán. Corren cerveza, licores, vino. Se canta. Se está entre machos y se habla como machos y esto te ayuda a comprender lo que quieres ser en la vida. Existen tantas maneras de ser, es verdad: cada persona es una ventana abierta sobre algo. Yo, el mundo verdadero, no creo haberlo visto. El mundo verdadero es el camino fuera de los muros de las casas. El mundo verdadero no está en los salones que frecuento para hacerla de violinista[5] a Óscar, que los soporta incluso menos que yo.

Luc me ha dicho que donde el Cochon hay muchachas muy bellas. Ha dicho que ha aprendido cosas que no imaginaba. Yo sigo sin imaginármelas... Ha dicho que quiere volverse experto como Simon, uno de nuestros jardineros que, dice Luc porque sostiene haberlo escuchado, hace gritar a las mujeres. Yo me sonrojé como un tonto. Más o menos he entendido, pero debo aclararme las ideas.

Óscar esta noche estaba muy cansada. No le iba charlar y tampoco tocar el piano un poco. Era claro que no estaba de humor. Una de aquellas aburridas noches. Está así desde hace demasiados días. Quizá será así para siempre. Parece estar presa por miles de preocupaciones a causa de aquel trabajo. A veces pienso que está llegando el momento en el que nuestros caminos se dividirán y me da rabia porque no me parece justo.

El aire que respiramos sabe a humo, a asado y a vino... sabe también, a decir verdad, a pichi pero, vistos los propósitos de la noche, hago a un lado todo lo que es poco agradable. Mientras los concurrentes[6] apremian, Luc se vuelve y me guiña el ojo. Según yo, es un poco tonto. Entendí lo que quiere decir y no hay necesidad de que lo repita siempre.

Me escapé cuando se hundió en el sillón con un libro en la mano. Siempre ante el fuego. Se estiró como hace siempre, automáticamente, y aquella blusa blanca se le adhirió encima. Esta noche me hizo un extraño efecto: me pareció que al tenderse sobre la carne mostrase más que de costumbre, quizá por la luz de aquel fuego de mierda. Pensé por un instante entre irme o no. Después cuando me di cuenta que mis ojos no veían más lo que tenía de frente, sino que imaginaba cómo sería introducir las manos debajo de aquella blusa, la sensación de carne mórbida y cálida en la palma de la mano, le di la espalda y le dije que salía con Luc. Dijo "Está bien" con los ojos pegados en las páginas, cosa que me hace esperar que no haya intuido nada de lo que sucedía en mis pantalones.

 

Hay un gran jaleo aquí: nunca escuchados tantos sonidos descoordinados todos juntos. Rumores de vasos usados como barril, prescindiendo del hecho que el vidrio es frágil y puede desintegrarse; voces al menos dos octavas más altas de lo normal, porque quizá creen que el sonido para viajar de una boca a un oído deba hacer un enorme esfuerzo al atravesar un manto de humo y aromas similares al vino y qué otras cosas más; banquetas que se arrastran por el suelo con aquel ruido que se clava en la base de la espina dorsal y se queda anidando allí hasta que la sensación de repugnancia no se va, golpes sobre los bancos; ruidos humanos indefinibles... Un tío se contorsiona y toca un violín olvidado: o es burro o la música penetra cada uno de sus huecesillos. Luc me hace el habitual guiño posando la cabeza sobre el hombro de una muchacha que con infinita gracia extraía residuos de comida de entre los dientes y reía. Aprieto el asa de un jarro de cerveza hiperaguada y le hago una seña: estiro los labios hacia la derecha en una media sonrisa que no dura más de un  segundo. Estoy ensordecido y no llego a seguir la ilación de ningún discurso. Luc me indica una que me mira. Luc es tonto. La tipa me sonríe y sus labios se abren de par en par sobre una dentadura blanquinegra que me recuerda las teclas del piano de Óscar. Otro sorbo y la asquerosa cerveza me enjuaga el estómago. Luc se adelanta para contarme no sé qué cosa, pero entiendo una palabra de vez en cuando de todo lo que me grita y veo la extensión de sus pecas sobre la nariz que se mueve al hablar y la saliva que vuela.

Comienzo a codificar un concepto: el haber vivido al abrigo me ha quitado cualquier posibilidad de comprender y apreciar lo que los otros llaman diversión. Bajo nuestro techo sólo mesura y contención. Debe ser esto. Pero el concepto digno de un sofista se disgrega ni bien mi vecino se pliega de lado y deja salir un trueno tremendo. Entonces me levanto, no hay nada qué hacer, y con el vaso en mano me miro alrededor para buscar una salida, un subterfugio, que me devuelva al aire puro de la noche. Luc me sujeta por un brazo y me inclino a escuchar lo que dice. Esta vez escucho: "Ve el modo de hacer cantar el pájaro[7]". Atrevida metáfora. Me alejo, miro de soslayo por el hombro y veo que él y la muchacha se besan.

 

En el jardín las estrellas están brillando. Los oídos me silban, después de haber pasado de la bulla a la quietud. Luz y rumor se agitan todavía más allá de la puerta abierta en la parte trasera de la hostería. Me hipnotizan y espero me distraigan de dos pesos que llevo encima: el jarro casi lleno que se me tambalea en una mano y una muchacha que se me ha pegado en el otro brazo. No está mal, pero tiene la frente demasiado alta y el cuello demasiado sutil... y los dientes demasiado salientes. Y luego, está vestida en un modo que no sabría definir. Sólo sabría decir que el corsé deja respirar afuera todo lo que está debajo. Me lanza los brazos al cuello e inclina la cabeza hacia atrás diciendo. "Ahora. ¿Qué hacemos?" Pregunta como si se estuviese preguntando una cosa cualquiera.

No sé qué decir. Se escucha sólo la bacanal al interior de la hostería. Me doy cuenta que se me aferra y me aprieta sus senos en el pecho. Me quedo atontado porque todo esto no me da nada. No me dice más de tanto ni siquiera aquellos senos a la vista. Quizás el cuerpo perciba algo, pero es la cabeza la que ya no está allí. Mientras ella espera una respuesta no la veo. Mis ojos ven cosas que no existen, o que existen en otros mundos. En mundos no reales.

Todavía veo aquella escena y la siento. Aquella imagen que me convenció a salir de casa. Ella que se deja introducir la mano debajo de la blusa blanca. Algo que se siente cálido, mórbido y después duro en mi palma. Pero, ¿qué quiere ahora Óscar? ¿Por qué está ahora aquí? Querría preguntarle. Improvisamente, ¿tu Catón no es más interesante que tu amigo?

Si esta fuese la realidad, me habría ya herido, con impulso felino y ágil movimiento, más y más veces en los principales puntos vitales. Pero no es la realidad y me mira a los ojos y mi mano se la presiona contra las suyas. Le miro los labios húmedos mientras inclina hacia atrás la cabeza y en mi mente hay vacío. No pasa una idea, no pasa una palabra que yo pueda aferrar al vuelo y decirle. Estoy callado y la miro. Y así querría que comprendiese que quiero preguntarle por qué me hace algo así. Por qué aunque no me siga, me acompaña hasta cuando estoy solo. Le miro los ojos entrecerrados, de largas pestañas y me siento derretir.

Regreso a la realidad de golpe. Tengo algo de viscoso y revuelto en la boca que me persigue impidiéndome respirar. Quisiera gritar por la incomodidad. El vaso cae con un ruido seco sobre la hierba y me mojo los zapatos y las medias con aquella cerveza aguada. Siento que me sube por la garganta una burbuja: es un conato de vómito. Es la muchacha, ¡maldición!

"¡Qué haces!" Le pregunto alejándola, casi sin voz.

"¿Cómo que qué haces? ¡Horrible cojudo! Lo tenías duro y te besé".

La miro pasmado poniéndole las manos sobre los hombros, pero vista mi reacción no creo que haya necesidad de tenerla a distancia. Creía que un beso era una cosa bella. Ahora pienso que sería mejor ¡qué las personas se quedasen con la miel en los labios[8]!

"¡Eres un virgencito!" Dice la muchacha cambiando de tono y no respondo. Hace rato que me he dado cuenta que estoy fuera de lugar. Y que, no obstante todo, no quiero ser un virgencito.

"Hey... no existe el más mínimo problema... Puedo ayudarte a no seguir siéndolo: Es mi trabajo" dice de frente a mi silencio. Pero a mí no me importa lo que dice, estoy tratando de mantener juntos los pedazos y de comprender en dónde, hace pocos segundos, estuviese corriendo mi fantasía.

"A veces, si va particularmente bien, ni siquiera me hago pagar" agrega la muchacha, pero yo bajo la mirada: tengo las medias empapadas de cerveza y el vaso ha rodado hacia abajo donde la tierra es más accidentada. Quisiera un sorbo y quisiera que Óscar no regresase más por esta noche. Porque ella está allí, en casa, ante el fuego leyendo su volumen. Cuando le duelan los ojos y no pueda más lo lanzará sobre el diván y desaparecerá para irse a acostar. Y continuará diciéndome las habituales cosas que nos decimos cada día. Pidiéndome los habituales consejos que trabajosamente seguirá. A mandarme adelante para sonsacar información al prójimo porque tengo una manera tranquilizante de hacer las cosas y la gente se fía de mí.

"¿Qué, te gustan los chavitos[9]?" Dice la muchacha al improviso.

"¡No!" Le respondo, picado. Bajo este cielo estrellado, veo mi orgullo masculino pendiente de una horca, yo que había salido de casa para convertirme en un hombre. Pero, ¿cómo se deviene en hombre? ¿Con una lengua viscosa en la boca? ¿Introduciéndose en una desconocida?

Me mira derecho a los ojos. Tiene un aire tremendamente inquisitorio esta muchacha, me doy cuenta ahora. Tiene dos enormes ojos negros que hacen desaparecer todas las desarmonías del rostro.

"¡Qué coño tienes de mirarme!" Me gira en la cabeza. Pero mi educación me lo impide. Aunque el instinto me sugiriese que puedo, desde el momento que me ha homenajeado con el epíteto de "horrible cojudo".

Al improviso se cubre con el chal que tiene a la cadera, cruza los brazos y ríe de malagana sin quitarme la mirada de encima. "¿Qué coño tienes de reír?" Y esta vez estoy por decirlo de veras. No lo digo porque ella me derrota a tiempo.

"Tú eres un enamorado crónico" sentencia. Una especie de desgracia infinita[10]. Comprendí pero no quiero entender. No quiero que alguien, que no sea yo, esta noche tenga razón.

"¿Qué quieres decir?" Aventuro.

"Eres uno de esos que tiene el corazón ligado a los calzones".

Esta tía se expresa como una estibadora del puerto, aún cuando quiera ser delicada. Y ya que estamos, porqué no saca el empíreo del calendario de santos para hacernos compañía en este jardín. Y pensar que a veces he creído que Óscar era casi tan explícita como un varón al hablar...

"Quiero decir..." Se corrige, "Quién sabe en quién estás pensando... y proseguir en la cosa te haría creer que la has traicionado".

"¿Y quién te lo ha dicho?"

"Intuición femenina" dice ella, que tan femenina, no obstante el vestido, no me lo parece.

"Mira Vincent..."

"¿Te he dicho que me llamo Vincent?" Pregunto, porque sé que no le he dicho mi nombre. Mucho menos me habría venido en mente Vincent... no conozco a ninguno que se llame así.

"No importa... Tú para mí tienes la cara de Vincent" dice ella sentándose sobre una tapia con aire doctoral. A lo que pienso que esta está precisamente mancillada, pero que quizá, en su mancilles, la intuición femenina la sostiene. Y es esto lo que me vence.

"Escucha Vincent..." continúa impertérrita. "¿Cómo están las cosas? ¿Ella no te da bola[11]? ¿Por qué estás aquí si en cambio quisieras estar a miles de millas?" Pregunta. "O algunas millas más allá" Insiste esperando una respuesta.

"No hay ninguna" digo con aire convencido y sospechando mentir. "Estoy de mal humor esta noche" y me apoyo en la tapia. Miro la luna que, veloz, está desapareciendo, amarilla como una tajada de queso, detrás de los techos.

Me miro las puntas de los pies. No hay ninguna. Yo estos pensamientos los hago porque estoy solo y a cambio querría ser amado. ¿Qué se debe hacer para ser amados?

"Según yo, Vincent..." continúa impertérrita la muchacha, sin tomar en consideración lo que le he respondido. "Según yo Vincent deberías cambiar de táctica... "

Yo no tengo tácticas, pero comienzo a temer que la muchacha lea la mente. Quizás es más simple: conoce una serie de situaciones promedio y suelta los consejos que le parecen apropiados.

"¿Sabes qué? Tú eres del tipo 'angelical'... "

"¿Qué?" Pregunto, resignado a escucharla iluminar sobre las categorías masculinas. Pero si no la escucho pienso en otra cosa.

"Aún cuando no deberías tener problemas, porque eres lindo, nunca tendrás suceso porque a las mujeres les gusta el tipo 'hijo de puta'... ese que te hace estar despierta por la desesperación, así te sientes viva.

La miro y pienso "Si esta es la razón, estoy perdido".

"Por ejemplo... te hago ver un poco" continúa saltando sobre la tapia y arrastrándome por una manga a modo de ver lo que sucede en la hostería. "Mírale" me dice y me indica un muchacho sentado en una mesa justamente ante la puerta. "Él me gusta un chorro[12] porque es un hijo de puta".

El muchacho, según yo, primero nos estaba mirando, ahora desvía la mirada y juguetea con la pañoleta roja que tiene en el cuello. Se da un aire de hombre con dos patillas todavía medio escasas. Tendrá mi edad. Es uno de esos tipos a los que todos respetan instintivamente: alto, hombros anchos y macizos, uniforme azul.

"Ves... él siempre sabe qué hacer... cuándo dar un paso delante para echar la carnada y en caso necesario dar un paso atrás de modo que nos sintamos perdidas. Cada uno tiene su parte en el juego".

No le entiendo esta teoría. Pero entiendo lo que me quiere decir. Y también tengo la sospecha que quería llegar a este discurso para desfogarse sobre los sentimientos que siente por aquel tipo. En realidad me inspira ternura y los consejos de mujer navegada pasan a un segundo plano.

El muchacho y otros dos se levantan y vienen al jardín, nos sobrepasan y van hacia el fondo hacia los árboles donde se encuentra el urinario de la hostería. El muchacho nos lanza una mirada y desaparece en la oscuridad. Ella sonríe coqueta.

"¿Todo claro, virgencito?" Dice ella improvisamente y se dirige hacia la puerta. "Sin embargo, ve la forma de darnos una tajada. ¡Sería una indecencia para un hombre permanecer en tus condiciones!"

¡Esta no se la hago pasar!

"Oye tú..." Digo con maldad sutil y con las manos en los bolsillos. "Según yo ¡dices todas estas historias porque te llega altamente que él no te considere!"

Mueve la cabeza como diciendo "¿Qué quieres hacer?" Y desaparece en la luz y en la bulla.

Me siento vaciado, aquí, bajo las estrellas. Paradójicamente menos confundido de lo que hubiera creído. Sin saber qué hacer. Iré al mostrador y pediré algo de licor. Se lo pediré a la hija de Jacques Cochon, que es una muchacha cualquiera. Es linda y casi no habla con los parroquianos. Podría mirarla y darle a entender que si llegase a amarla sería mi salvación y quizás hasta la haría feliz. Me salvaría de la madeja  en la que día a día, desde no sé qué día, me estoy enmarañando. Me le enredo todavía, porque no quiero otra cosa. Porque en la imaginación mi mano todavía está allí y las suyas también. Más aprieto, más enloquezco, más siento el latido de su corazón y espero poderlo atrapar en mi mano. Y ya no me pregunto qué debo hacer para ser amado, pero ¿qué debo hacer para que me ames tú, Óscar?

"Hey amigo..."

Es destino que mis fantasías sean truncadas. El muchacho del tipo "hijo de puta" me mira fijamente con una pajilla en la boca.

"Eh..." le digo, caído de las nubes.

"¿Hay algún problema? ¿Aquella espesa de Henriette te ha hinchado las pelotas[13]? No lo hace a propósito, en el fondo hasta es simpática".

"No... para nada..."  Adiviné: no es un amor correspondido. "Me hablaba de las categorías de hombres" resumo, omitiendo.

"¡Aún esta historia... ahh!" Suspira el muchacho. "¿En qué lugar terminaste?"

"Entre los angelicales" confieso sin entusiasmo. El muchacho se rasca una de las patillas, demasiado rasurada para ser creíble. "Parece que los más requeridos sean los hijos de puta" continúo, porque tengo la impresión de haber encontrado una persona normal con la cual hablar en este lugar.

"¿De veras? ¿Así te dijo?" Dice el asombrado muchacho.

"Sí... ¿por qué?"

"A mí siempre me ha dicho que las mujeres prefieren los angelicales..."

Nos miramos perplejos. Al interior de la hostería entre aplausos y gritos, Henriette agota a fuerza de bailes y piruetas al violinista tarantulado. Espero que no le dé un ataque al terminar la noche.

El muchacho apoya una mano sobre mi hombro. "Deja estar..." me dice y me tiende el vaso vacío.

"¡Bebámonoslo que es siempre la cosa mejor!"

Nos reímos y nos dirigimos hacia la puerta.

Luc tiene cosas mejores qué hacer que volver a casa. Hará cantar al pájaro... me concedo pensar, en las últimas horas de grosería permitidas antes del regreso a casa. Hago una parte del camino con el muchacho que encontré en la hostería.

La noche es bella, tibia y el viento rebelde que se resguarda en las callejuelas nos adhiere encima las ropas.

"¡Llévate lejos todos mis pensamientos!" Grito abriendo los brazos al viento. Después de todo he bebido... Mi compañero se limita a comentar: "Claro que eres un tipo extraño. ¿Eres un noble?"

"No. Para nada" respondo y me dan ganas de reír. "No lo soy siquiera tantito[14]."

"Aquí nuestros caminos se separan" me dice el muchacho, una vez llegados al cruce. "Bien amigo, entonces hasta pronto. Nunca se sabe..."  me dice tendiéndome la mano. Se la estrecho y le estoy agradecido. "¿Te llamas?"

"Vincent" respondo.

"Hum... mira qué extraño... ¡me llamo Vincent también yo! Me dice y nos echamos a reír como dos tontos en la noche.

Yo tomaré el camino que lleva fuera de la ciudad. Aquella que pasa por los campos para llegar a los nidos dorados de los aristócratas. Aquel camino sobre el cual la neblina se adensa tanto que debes cantar para recordar que estás vivo y que no te debes dormir. ¿Y qué cantaré? Querría conocer una canción que en cada palabra, en cada sílaba, hablase sólo de ti. Tú y nada más.

Siento una ausencia enorme. Un hueco en el centro del pecho. Un vacío sin fin, como una caída en un túnel que no te deja nunca llegar al final. Y caigo eternamente porque mi fantasía en el silencio, a través de la neblina y en la oscuridad no la interrumpirá más ninguno. Caigo hasta que me duermo, extenuado de amor y de vino sobre el primer colchón de paja mórbida que encuentro.

 

Un ruido. Una puerta se abre de par en par y la luz me baña y me quema los ojos debajo de los párpados. Un incendio que me arranca del sueño pesado. Las imágenes del horrible sueño que tuve son absorbidas por la luz. Tú, que me pegas y me gritas, se desvanece.

"¡André! ¿Te has dormido en los establos? ¡Deberías avergonzarte!"

Y estas son tus verdaderas palabras. Me tomas el pelo y te vas. Desaparece también la imagen en uniforme blanco. No protesto y me quedo sobre la paja, quieto sobre los codos esperando que el mundo alrededor mío recupere sentido. Desde ayer tu indiferencia me hace daño.

El sueño era el fielato a pagar por haber fantaseado demasiado. Por haber imaginado si ningún freno manosearte. Pero yo sólo quisiera que me abrasases. Tú en cambio me das la espalda y te vas. Y yo me quedo boquiabierto. Luego pienso que toda esta historia es una tontería: no debo pensar demasiado en ti, por que si te pienso tanto así me convenzo de amarte. Y tu valet no debe amarte. Tampoco se debería conceder lamentarse que nuestra amistad se esté enfriando.

 

Жuc0Жuc0Ж

 

Por un momento me pareció no entender nada de frente a tus ojos abiertos sobre mí. Es peor que encontrarse desarmado ante la punta de tu florete.

Óscar incrusta la punta y no lo sabe: "André... soñé contigo y conmigo cuando jugábamos de niños".

Está tranquila, como si dijese algo normal. Está despierta y salva. Es tan bella, aunque esté pálida y tenga las ojeras. "Escuché que me llamabas desde lejos... la voz era tan triste... y me desperté".

No existen palabras con las cuales responderte: sólo tengo dos lágrimas al alcance de la mano.

No puedo decirte delante de todos que desde el instante en el cual te desvaneciste enfrente del Rey, por toda la noche he recitado una letanía personal: "¡Abre los ojos! ¡Abre los ojos Óscar!"

No puedo decirte que pensé que no me querías siquiera como valet; que nuestra amistad se hubiese desgastada con los años y se estuviese apagando en tus ocupaciones.

"¿Qué haces?" Me dices.

¿Te parezco extraño si no hablo, Óscar? Estás habituada a escucharme hacer comentarios, pero esta vez sólo te pediría perdón y tú no comprenderías el porqué. Continuarías, como hiciste ayer, diciéndome que soy extraño.

"¿Has estado muy preocupado por mí?"

¿Porqué me lo preguntas? Yo doy por descontado que también yo estaría muerto si no hubieses reabierto los ojos. Continúo en silencio y con los ojos gachos.

"André puedes considerarte afortunado. ¡Eres el único que puede vanagloriarse de haber escapado a la condena de muerte del Rey de Francia!" Dices sonriente para desdramatizar y todos ríen. ¿Se puede desdramatizar una condena de muerte? ¿Se puede desdramatizar tu gesto: tú que te ofrecías a morir en mi lugar?

Ríes de mí y debería reír yo también, pero te querría pedir que no me tomes el pelo, pequeñina. Porque te amo y me hiere un tantito: la esperanza que me ha dado aquel gesto me ha vuelto completamente sediento[15] y ahora de ti lo quisiera todo. Angelical o hijo de puta: lo que en mí hay de bueno o de malo eres siempre tú.

"Ríe... ríe..." respondo finalmente. En este instante sé que no puedo desembarazarme de los hombros el rótulo de estúpido. Y ni siquiera lo quiero si una de tus sonrisas puede ser solamente para mí. Tienes tu manera retorcida de querer y quizá tampoco te das cuenta, pero me aprietas imperceptiblemente los dedos.

Me tratas como un pelele, pero por un pelele no se arriesga la vida.

Si puedo yo también lo haré, lo juro solemnemente sobre tus dedos que débilmente aprietan los míos.

¿Todavía me apretarías la mano si una vocecilla te musitase al oído que la otra noche fantaseaba sobre cómo se te habrían endurecido los pezones primero entre mis manos y luego en mi boca? Me darías un puñetazo... he aquí lo que harías... ¿Y si te musitase las fases sucesivas, aquellas en las que mis manos las quieres por todas partes? Me descuartizarías... ¡he aquí lo que harías!

Por magia o por instinto de supervivencia se me secan las lágrimas y una sonrisa no sé de dónde la pesco, me la estampo en el rostro para que ninguno me lea en los ojos. Y para que ninguno se aventure a definirme angelical o hijo de puta y cuál será mi destino a fuerza de cualquier etiqueta.

"¿Te caería bien que te trajese una taza de chocolate?" Te pregunto. Te pregunta el amigo sirviente.

Tú asientas, contenta. Eres predecible. La abuela consulta con la mirada al médico que lo consciente. También está Fersen pavoneándose.

¡Sea chocolate! Y me alejo con una inclinación a los señores. Expeditivo... ¡pero sigue siendo una inclinación!

"¡André... apresúrate!" Me adviertes, mientras casi traspaso la puerta. Me vuelvo un instante. "Tengo hambre..." Te justificas, pero tus ojos están demasiado preocupados de tener que justificarte. Me ilusionas con que te haría falta. El hecho que no me ames como quisiera, no significa que no me ames del todo. Quizá tampoco lo sabes. En este punto de los dos soy yo quien ha abierto los ojos. El que creía estar bien y en cambio estaba mal.

 

"No te preocupes" digo deteniéndome un instante. "Verás que regresaré de inmediato" te tranquilizo.

Y espero que comprendas lo que quiero decir.

 

 

Ψuc0Ψuc0Ψuc0Ψuc0Ψuc0Ψ

 

No. No creo sobrevivir mirando una escena semejante.

Claro que sobreviviré. Es lógico. Pero estoy muriendo un poquito dentro.

Las calles, ahora que se aproxima el crepúsculo, se vacían, pero todos están igualmente emboscados. Todo es más peligroso: porque cae la noche, porque la ciudad está asediada, porque hay un calor húmedo que da en la cabeza y porque... porque puede ser sólo así ahora. Pero no es esto. Quien la hace de soldado está habituado a las tensiones y a los tiroteos. Aun cuando tiembles como un junco sabes mantenerte petulante. Me acuerdo de lo que me decía hace tantos años una muchacha: hijo de puta, angelical... hablaba en estos términos. Somos todos angelicales enmascarados de hijos de puta. Pero poco mal. Sirve.

Pero todas las veces que hoy he entrado en la Iglesia se me ha agrietada la máscara y cuando hube salido no me importaba más nada que se me recomponiese sobre el rostro. Si estaba, estaba llena de grietas.

Hemos entrado en grupo a la Iglesia para darnos fuerza. Pero nos estábamos aproximando a duras penas.

No aguanto más viendo que está allí y lo estrecha. Lo estrecha no obstante todo. Está sentada por tierra con la espalda al muro. Se lo ha apoyado en el pecho y le posa el rostro sobre la cabeza como si acunase a un niño. En cambio es un muerto.

Hace algún tiempo yo también estuve como ella. Pero yo conozco mis debilidades, las suyas solamente las imaginaba.

Nunca dejaba entrever hasta qué punto le amase.

Veo la mano que acaricia el rostro en la sombra y aparta los mechones sobre el cuello blanco como haría una niña que acuna una muñeca y me da casi miedo.

¿Habrá él tenido el tiempo de comprender hasta qué punto?

Ha dicho que quiere enloquecer y si continúa así sucederá.

"¿Qué hay?" Me ha preguntado, cuando me acerqué. La coloreada luz de un vitral proyecta imágenes sobre el rostro, sobre los ojos hinchados y veteados de rosa de ella, sobre la cérea piel de André.

"Comandante... Óscar..." Quiero hacerle compañía, aún sabiendo que eso no cambia nada. Pero André me lo hubiera pedido.

"Óscar... han pasado algunas horas." ¡No puede continuar teniéndolo! Quisiera decirle claramente. "Tenemos un féretro[16]..."

"No... ahora no quiero... quiero que esté todavía un poco conmigo..."

No sé qué decir. ¿Debo decirle lo que sucederá si continúa teniéndolo? Tiene el uniforme desabotonado y la blanca camisa está cubierta por manchitas rojas. Debajo de la camisa se nota muy bien que no es un hombre. Pero si me siento morir un poco no es por esto, no es porque se vea mejor que otras veces que es una mujer. Es porque ella está así para él aún ahora que no sirve.

Allí cercanas todavía están las sábanas bañadas de sangre. El rojo es tan tétrico que me parece negro. Éste ángulo está fuera de la gracia de Dios.

"Óscar, ¿qué creéis que estáis haciendo?" Me esfuerzo en pronunciar.

"¡Es André!" Me grita.

"¡Ya no es más André! ¡Eso es un muerto!" Grito a mi vez y siento la desaprobación de los compañeros y la mía.

Sé que no es verdad, pero no sé qué otra cosa decir o qué hacer.

Me fulmina con los ojos. Me arrodillo ante ellos, ni bien comprendo que me he equivocado. Enloqueceré también yo.

"Óscar..." digo suavemente. Poso una mano sobre el brazo de André. En el fondo, yo tampoco me doy cuenta de lo que ha sucedido. En el fondo yo también continúo pensando que es una equivocación, que nos está embrollando a todos y que se despertará. Pero la helada mano es rígida. El rostro, no tengo la fuerza de mirarlo.

"¿Has entendido lo que intento decir... verdad?" Le digo suavemente. Espero que no me constriña a decir algo más.

"Lo sé..." Es todavía ella. "Pero yo lo he tenido siempre conmigo... con todo no lo he tenido nunca... me equivocaba... la otra noche..." la voz se quiebra y se abren los ojos completamente bañados en llanto. "La otra noche..." intenta aún decir.

"No digas más nada" le pido. Lo hago por ella.

"¡No!" Insiste." ¡Toda nuestra vida pudo haber sido como la otra noche! ¡Toda!"

Debo callar.

"¡Es peor que la traición! ¡Peor que la traición! ¡Haberlo ignorado!" Los pálidos labios apretándose sobre la cérea mejilla de André en un beso infantil.

Permanezco allí delante. A ella no le importa que yo esté allí o en otra parte.

 

Жuc0Жuc0Ж

 

En el fondo todavía soy yo. Lo entendí después de un par de veces en que las sombras largas y azules se me acercaron bajo el rojo sangre y los violentos verdes del vitral. Alain y los otros allí los he reconocido en el momento en el que también la ilusión se desvanecía infinitamente. Y ya no los he tomado por los monstruos que había creído; los que hablaban, pero sin sonido.

El frío continúa excavando adentro. Por todo el tiempo.

No seré escuchada: ni loca ni muerta. Me tomará mucho tiempo morir: seis meses son un tiempo infinito. Ahora. Esta noche eran demasiado poco.

Esta noche, mientras la forma de mi cuerpo se imprimía en la tierra, miraba las estrellas. Me quedó claro, instante tras instante que retomaba conciencia, que brillaba el resultado de una explosión, desparramada sobre nuestras cabezas. Las estrellas latían todavía y, cuando entendí lo que había sucedido, estreché los brazos en tus hombros y las piernas en tus caderas: como un gancho, con los dedos que se deslizaban sobre el sudor. Habría podido suceder miles de veces en los años pasados, pero eso no era lo más importante. Lo más importante era lo menos estupefaciente: volver a ser iguales a ayer. Después de años conseguir decirte las cosas más simples. Te dije que me gustaba escucharte susurrar en mi oído. No lo hacías desde hace tanto. Aún cuando nunca me hubieses dicho esas cosas. Y me estrechaste la mano. Tenías aquella sonrisa que no veía desde hacía tanto. Tu mano era ligeramente más oscura que la mía, en la mía. Una trama en la que mis dedos se alternaban a los tuyos. Un poco como las teclas de mi piano.

Ahora miro tu mano en la mía y me desmorono, como las estrellas. Pero no existe ningún esplendor: sólo oscuridad, humedad y frío. Tú no me respondes. Y yo no lo creo.

Se va un aliento y se queda una forma que no puedo dejar de amar: porque tú me has llevada a dónde sea.

"Comandante..."

Todavía es Alain. Sé lo que quiere. Y antes o después como él dice, también yo lo querré. Todavía, en el fondo, soy yo.

"Comandante... creo que ya es hora. Prestad atención..."

Aún no quiero: lo entiendo cuando me lo pide por enésima vez. Lo miro sin responder.

Hasta las cosas más hermosas no son fáciles. Pero quizás ha sido hermoso por esto y se fue para siempre la niebla de una idea: la idea que no se deba amar como he amado yo.

 

 

Me has dejado abrir los ojos otra vez, Óscar. Antes de cerrarlos.

Hubo un instante en el que pensé que lo que vivía fuese consecuencia del golpe en la cabeza. No por ironía, no me malinterpretes, sino por incredulidad. Me preguntaste cómo estaba la herida, preocupada por dos gotas de sangre. Pero dos gotas de sangre perdidas, hasta diez, ciento y mil, son cero confrontándolas con la sangre que queda y que, hirviente, enloquece, feliz de no saber qué dirección tomar. Nunca creí que verdaderamente te habrías extendido en el suelo todavía aferrada a mi boca, que me habrías succionado los labios y la lengua de aquella manera, con los ojos entrecerrados, después cerrados. Me dije "Aunque sea un sueño finge que sea vida y no la desilusiones" y tomé tu rostro entre las manos, jugué con tus cabellos hasta no comprender dónde estaba; no he distinguido más el contorno de mis labios de los tuyos: "¿Ves que estamos hechos para incrustarnos y complementarnos?" Te habría querido decir, pero no respiraba. Tampoco entendí cuál suspiro fuese el mío y cuál el tuyo: teníamos un matiz idéntico pensé, mientras un gemido -¿mío? ¿Tuyo?- rompía el relajamiento. "Ya no es más un beso normal" fue la única idea que me bailoteó, mientras entonces luchaba con tu lengua. "Eres hábil. Empujas hasta el fondo y luego regresas a la superficie y yo así no entiendo nada" pensé profundizando todavía más adentro después que hubieses seguido el contorno de mis labios.

Las ideas me regresaron de golpe cuando te escuché decir. "¡No! Espera..." Me bloqueé, el aire volvió a mis pulmones. Volvió el mundo que había borrado. Tu mano preocupada sobre mi mano, que debajo la camisa se había aventurado a apretar un seno. "Espera..." Me dices alarmada. Respiro un instante, pero todavía lo aprieto y dejo deslizarse el pulgar. Tú me bloqueas, cubriendo mi mano con la tuya y al sonido de tu voz te digo al oído: "Permíteme hacerlo... al menos una vez... siempre los tienes escondidos en aquellas casacas de hombre, pero sólo aquí están verdaderamente a resguardo." Me miras desorientada. Interrogativa.

"Ehm... disculpa..." capitulo. "Disculpa... estoy pensando con una parte del cuerpo que no es la cabeza" confieso, con la cabeza gacha, reo de haberme estimulado más allá, pero sin dejar lo que es mío. Dejas caer la cabeza sobre la hierba y finalmente ríes. Una risa que es como el sonido de dijes de plata y cristales en el viento y en el sol de Arras. Una imagen de infancia que regresa nítida y coloreada en la superficie, se alarga e invade todo.

"Eres un tonto..." Me dices, volviendo a mirarme, pero entiendo lo que quieres decir. "Continúa" me dices. Trato de levantar la blusa, pero esta operación no es tan fácil como parecería: lo hago demasiado apurado y corro el riesgo de rasgarla... para variar. "Espera... date prisa..." me respondes tú, que no has de tener las ideas más claras que las mías, llevando mis manos hacia los lacitos que cierran la camisa... y que en ese momento me parecen una enorme e intrincada madeja.

"Un instante..." te pido, mientras los lacitos se me escapan entre los dedos y el nudo permanece intacto, no obstante mis míseras tentativas de ayudarme con las uñas. "Te ayudo..." me socorres, pero la situación empeora y el nudo permanece allí quieto e indomable.

"Caramba..." Mueves la cabeza y oscila un mechón. "Tengo la manía de hacer los nudos muy ajustados" dices mientras no hacemos otra cosa que enredar los dedos entorno al nudo.

"Habrías podido hacer carrera en la Marina".

"Caramba..."

"No te pongas nerviosa. Estate quieta... lo intento yo, si no será peor. ¡Qué castigo! ¿Pero qué tienes en los dedos? Parece soldado..."

La situación es bastante cómica. Tú ríes. Yo también río. Una risa larga y contagiosa, pliego tu cabeza sobre el pecho y me abrazas. Y me acaricias. Y son caricias estupendas que no tienen nada de sensual. Estoy a punto de preguntarte si lo quieres.

"Hagamos el amor" me dices sin preámbulos. Vuela mi camisa. Yo, los nudos siempre los he hecho desajustados. Como los que llevo entorno al corazón. Las manos sobre el pecho, sobre las espaldas... Aquella camisa no la tendrás por mucho tiempo. Te la saco por la cabeza, sin mucho cuidado.

"Ay, André..." protestas, sepultada bajo el algodón.

"Disculpa... pero ¿cómo rayos debo hacerlo?"

"Termino yo... ‘ta quieto..." dices liberándote de tu envoltura blanca. Decididamente habría debido ofrecerte algo más romántico...

"Ven aquí" me dices con voz incierta, estirando los brazos. Supina sobre la hierba. Desnuda y cándida hasta la cintura.

Un vértigo... Justamente ahora no... No debo arruinarlo todo. Pero te beso por todas partes y tú no me detienes. Las manos por todas partes y tú no me detienes. Te miro de soslayo –al menos lo que puedo- quieto, con un pezón entre los labios. Me detengo porque tienes una mirada extraña.

"¿Qué tienes...?"

Suspiras.

"¿Te agrada...?" Soy un ingenuo, desnudo y crudo. No pienso antes de hablar Estoy inseguro, pero estoy seguro de quererte sólo a ti, que, sin embargo, no respondes y sigues mirándome con la cabeza levantada sobre la hierba. Es preocupante...

Debo haber hecho algo equivocado. Hago ademán de alejarme.

"No... no... ¡¿Qué haces?!" Preguntas alarmada y siento tu mano ligera sobre la nuca, casi sin fuerza. "Es hermoso... Eres hermoso... no sabes cuánto... no sabes cuánto... parecías un bebé..."

¿Un lactante?

"No en ese sentido..." Te corriges, porque lees en mis pensamientos. "Eres dulce... siempre lo has sido..." Intentas decir, pero ya entendí. Te hago seña de que he entendido. Entendí lo que quieres decir y no hay necesidad de que continúes, de otro modo sí que pareceré un lactante. ¡Pero un lactante que llora!

Cada ropa termina sobre la hierba. Está escrito. Se está llenando el vacío. El avaro cielo está lleno de estrellas. Lo sé porque me lo has dicho tú.

"¿Hay lucecillas en la hierba?" Te pregunto. No me fío mucho de lo que me resta para ver.

"¿Lucecillas?" No es tu tono cantarino de los bellos tiempos. "Son luciérnagas, André". Tienes una voz estupenda. Miles de veces lo he pensado. Dulceamarga y próxima a mi oído, tiene una nueva vibración.

"Luciérnagas..." repito como un idiota. Me doy cuenta y tú sonríes. Tengo tus manos que vacilan alrededor de mi cintura y te siento temblar.

"¿Qué debo hacer?" Me preguntas.

Oscuridad absoluta.

"Lo que sientes..." Y tus manos remontan abochornadas a lo largo de mi espalda. Nos quedamos quietos con la pretensión de pensar. De reflexionar. De sopesar. Pero ¿qué?

Separas las piernas, no muy decidida. Yo no pienso más.

"Suave... hazlo suavemente..." dices en voz baja. Siento tus dedos que me aprietan uno de mis bíceps. "No estoy... acostumbrada..." Es una forma retorcida de decirme algo que sé muy bien.

¿Qué se dice en estos momentos? Yo no lo sé...

Henriette, la muchacha de la hostería, aquella que hace tantos años me trataba de "angelical" reiría, porque desde entonces no he cambiado casi nada. La tristeza y la frustración me han sólo ensuciado un poco las alas. Te acaricio el vientre. La caricia resbala más abajo. No me detienes, pero te contraes.

"No tiembles... guíame tú entonces" te pido.

"Está bien... sí..." Tienes una expresión bellísima. Pero luego te bloqueas. "¿Debo sujetarlo con la mano?" Improvisamente me preguntas y yo me quedo atónito. El bochorno me cae en la cabeza como un yunque del cielo.

"Bueno, tampoco muerde[17]..."

"No André... no es por eso... ¿te has molestado? Hey... André..."

Pero son discursos, estos, ¿dignos de hacerse en un momento semejante? ¿Sin sangre en el cerebro, sin aliento, desnudos, sudados y yacientes?

"No... no... si quieres hacer el amor, tarde o temprano deberás tenerlo en afanes..."

"No seas tonto... es que ha cambiado un poco..."

"¡Pero desde cuándo, ¿disculpa?!" ¡Ahora sí que caigo de las nubes y no hay ala que me tenga en vuelo, angelical o no angelical!

"Desde antes..."

"¿¿¿¿Tú qué sabes, disculpa????"

"Desde antes... cuando éramos niños a veces andabas con la cosa fuera..."

"Pero ¿qué dices? ¿Qué te inventas?..."

"A veces te he visto... no te escandalices justamente ahora".

No, no es el caso... también yo lo he sabido bien, cuán diversa eres de mí. Y luego, cuando siento tus dedos, dejo de pensar. Finalmente dejo de pensar. Te agradezco por haberme hecho dejar de pensar.

"Cerremos este discurso poco romántico..." me susurras estrechándome.

"Sí..." suspiro, luego te siento rígida contra mi cuerpo, con los brazos que se aferran firmemente a mis hombros. No te he dicho palabras románticas, quizá... pero no he podido evitar decirte al oído estas palabras, mientras me apretabas: "Escucha... escucha... te amo. Recuérdalo. Recuérdalo siempre". He visto tus facciones tensas y he pensado a cuánto son fuertes y seguras tus manos sobre mi espalda. "Siempre... quiero derramarme dentro de ti hasta el final... el final... darte placer, mirarte y saber que he sido yo... quiero el placer de tu cuerpo... porque es tuyo... te quiero morir adentro... lo quiero desde hace tanto... desde hace tanto".

¿Jamás las habría dicho estas palabras alguien como yo, según la vieja Henriette?

Te miré. Estabas entre mis brazos, conmigo adentro, y con los ojos cerrados pronunciabas mi nombre y me implorabas no detenerme nunca más.

Finalmente he estado a salvo yo también: en tu sexo y entre tus palabras. Hasta las más simples, las más cotidianas, las que decía en nuestro tiempo juntos y aún las que decía en nuestro desperdiciado tiempo.

Aunque si ahora no sabes que te miro y no lo crees.

Aunque creas haberlo perdido todo e ignoras la fuerza que te corre dentro.

Aunque te cueste encontrarme, pero me encontrarás.

 

"¡Comandante!"

Él insiste. Yo no tengo nada qué decir. Nada qué dar. He perdido todo. Porque he dejado de creer tanto en la muerte como en la locura. Porque quiero permanecer quieta eternamente. Porque tarde o temprano la pesadilla o la realidad, o lo que es, terminarán, terminaré yo, terminará esto. Pienso. No lo digo y miro tu rostro. Es diverso e igual y me digo que podría volverme loca. Pero nadie me dará esa dicha, porque he nacido gritando para tener sólo lo contrario de lo que deseaba y para no entender lo que deseaba.

"Debemos llevárnoslo" dice un hombre que no conozco.

"Ya no os pediremos más el permiso, comandante" precisa Alain con el rostro que parece un trapo. No aguanto más mirar el rostro de los otros. Las facciones que amo se han desvanecido para siempre. ¿Qué sentido tiene mirar otros rostros? ¿Rostros que no sonreirán como tú? Quizá, finalmente estoy enloqueciendo... Pero todavía te miro una vez más y se me destroza el corazón: soy sabia pero comprometida para siempre. Deseo lo que es locura desear, pero sin ser loca: aún una vez más un ser indefinido. ¿Es esta mi condena? Nadie responderá. Miro el sol bajo el arco de la puerta de la Iglesia. Es bajo. El sol está muriendo y yo no sé qué hacer. Por primera vez en mi vida el sol muere y yo lo querría salvar.

Te estrecho un poco más y tengo frío. El sol tramonta y te amo. Un manchón blanco mariposea de frente al sol pero te amo. A esta hora las aves van a dormir y te amo.

Una paloma blanca está detenida sobre una cornisa. El sol muere detrás de ella mientras se limpia las alas. Me mira. Despliega las alas. Son blancas y fuertes, aunque se muere el sol. Las cierra y espera, aún cuando se muere el sol no tiene prisa en irse.

Me pongo en pie. Me lo han quitado. No pude protestar porque no tengo más palabras para decir y porque mis manos ya no tienen la fuerza de apretar.

Las alas de la paloma están nuevamente tiesas. Estoy lista. Me parecen infinitas como el blanco.

Pero ahora sé qué hacer. Salgo del antro y sé que todos me miran, pero sé adónde ir.

La paloma es todavía una mancha blanca mientras la sombra avanza, para que yo sepa a dónde ir. Para que yo sepa qué hacer. Vira en el cielo y la sigo con la mirada.

 

Es una idea en un relámpago.

"No te preocupes" digo y me detengo un instante. "Verás que regresaré... de inmediato" te tranquilizo.

Y espero que comprendas lo que quiero decir.

 

En otro tiempo nos salvará la insania.

 

 

Post data:

Para este relato germinado entre mis pensamientos en una noche de insomne calor invernal ha sido preciso un año, entre altas y bajas, cortes y costuras y ganas de volver sobre los pasos.

Que esté fragmentado o compacto no importa; es el mosaico que se completó con la última tesela: la palabra insania. La he sentido durante la carrera que era el prólogo de De insania.

 

Pubblicazione del sito Little Corner del maggio 2005

Fine

Mail to sydreana@supereva.it

Traducción: Shophy Zegarra: shophy@ec-red.com

 

Originalmente publicado en: Laura’s Little corner/ Vetrina:

http://digilander.iol.it/la2ladyoscar/Index.html

 Traducción del italiano al español: Shophy  shophy@ec-red.com

Lima, sábado 18 de febrero, 2006.

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[1] NdTr. En el original "il cavallo dondola" literalmente "el caballo se balancea", siendo que en italiano al caballo de balancín se le dice "cavallo a dondolo".

[2] NdTr. En el original "vabbè", una contracción de "va bene", literalmente "va bien", en el sentido de "está bien". "’Ta bueno" es una contracción de "está bien" usado en la mayor parte de países latinoamericanos.

[3] NdTr: En el original en francés. "Donde Jacques", "La casa de Jacques".

[4] NdTr. En el original en fr. Literalmente "el cerdo", "el cochino". Figuradamente, se le aplica al hombre grosero, experimentado o que se relaciona con la pornografía. En fr. le dicen "cochon d’Inde" al cuy.

[5] NdTr. En el original "fare da palo", estar de comparsa.

[6] NdTr. En el original "folata" tiene, además, el sentido de ráfaga improvisa de viento.

[7] NdTr. En el original "far ballare il pisello", literalmente "haz bailar el guisante" siendo "guisante" una forma coloquial de referirse al miembro viril. Podría haber tomado "pichula", inmortalizado en el cuento "Los cachorros" de Mario Vargas Llosa, pero deseba conservar el género masculino del término.

[8] NdTr. En el original "che le persone avessero la bocca asciutta", literalmente, "que las personas se quedasen con la boca seca", en el sentido de que "es mejor que las personas se queden con las ganas".

[9] NdTr. En italiano "maschetti", diminutivo de "maschio" que en español equivale a "macho", "masculino" y "varón". He preferido el diminutivo mexicano que significa "chiquillos".

[10] NdTr. En el original "una specie di fulmine a ciel sereno", literalmente, "una especie de rayo en el cielo sereno".

[11] NdTr: En el original "Lei non ti si fila?" Una forma coloquial de decir "ella no te alienta a enamorarla".

[12] NdTr: En el original "Lui a me piace un casino." Una forma coloquial de decir "él me gusta un mundo" o "él me gusta mucho". La expresión mexicana se ajusta más al sentido de la frase italiana.

[13] NdTr: En el original "ti ha fatto girare le palle", literalmente "te ha hecho girar las pelotas" en el sentido de "te ha hecho sentir incómodo". Gracias a Lita por la sugerencia.

[14] NdTr. Otra mexicanada, en el sentido de "no soy siquiera un poquito".

[15] NdTr. En el original "ingordo" tiene el sentido de "goloso, codicioso".

[16] NdTr: El italiano "bara" se traduce al español como "féretro". En japonés "bara" significa "rosa".

[17] NdTr. En el original "mica morde", literalmente "no muerde en lo absoluto" en lenguaje coloquial.