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Según las revelaciones de María Valtorta

Cuatro hombres vigorosos que, por el aspecto, me parecen judios, y judios dignos de la cruz más que los condenados, seguro de la misma categoria que los flageladores, saltan por un sendero al lugar del suplicio. Van vestidos con túnicas cortas y arremangados llevan en las manos clavos, martillos y sogas que muestran con sorna a los tres condenados. La muchedumbre se agita en un delirio cruel.

El centurión ofrece a Jesúsel ánfora para que beba la mixtura anestesiante de vino con mirra. Pero Jesús la rechza. Los ladrones, sin embargo, beben mucha. Luego el cántaro de boca ancha es depositado junto a una gran piedra, casi en la cima.

Es dada la orden a los condenados de desnudarse. Los dos ladrones lo hacen sin ningún pudor. Al contrario, se divierten haciendo gestos obscenos a la gente, en especial al grupo sacerdotal, que van tan pulcros con sus vestidos de lino y que poco a poco han vuelto hasta la plaza más baja de su rango para insinuarse allí.

A los sacerdotes se han unido dos o tres fariseos y otros potentados personajes que el odio ha hecho amigos. Y veo personas conocidas, como el fariseo Giocana e Ismael, el escriba Sadoch, Elí de Cafarnaum.

Los verdugos ofrecen tres trapos a los condenados para que se cubran las ingles. Y los ladrones allí continuan con más horrendas blasfemias.Jesús, que se desnuda lentamente por los espasmos de las heridas, lo rechaza. Quizás piensa conservar las cortas ropas que ha llevado durante la flagelación. Pero se le dice que se las quite también. Él tiende también la mano para pedir el trapo del verdugo, para defender su desnudez. Está tan anulado que debe pedir un trapo a los delincuentes.

María lo ha visto y le ha pasado el largo y sutil paño blanco que le oculta la cabeza bajo el manto oscuro en el que Ella ha derramado tantas lágrimas. Se lo quita sin hacer caer el manto: se lo da a Juan para que se lo dé a Longinos para el Hijo. El centurión coge el velo sin poner impedimentos, y cuando vé a Jesús que está para desnudarse del todo, vuelto no hacia la gente, sino hacia la parte vacía de muchedumbre, mostrando así su espalda rayada de cardenales y de ampollas, sangrante de heridas abietas y de las costras oscuras, le ofrece el lino materno.

Jesús lo reconoce. Se lo envuelve en varias veces, asegurándoselo bien para que no se caiga...Ysobre el lino, hasta ahora sólo mojado de llanto, caen las primeras gotas de sangre, porque muchas de las heridas, apenas cubiertas de coágulo, al inclinarse para ponerse las sandalias y quitarse los vestidos, se han reabierto, y la sangre vuelve a brotar.

Ahora Jesús se vuelve hacia la gente. Y se vé que también el pecho, los brazos y las piernas han sido golpeados por el látigo. A la altura del hígado hay un enorme cardenal y bajo el arco costal izquierdo son claras siete líneas en relieve, terminadas en siete pequeñas laceraciones sangrantes entre un cerco violáceo...un golpe feroz de látigo en aquella zona tan sensible del diafragma. Las rodillas contusionadas por las repetidas caidas iniciales, tras la captura y terminadas en el Calvario, están negras de hematomas y abiertas por la rótula, especialmente la derecha, en una vasta laceración sangrante.

"Su tronco es marfil veteado de zafiros. Sus piernas perfectas columnas de cándido mármol entre bases de oro. Su Majestad es como la del Líbano: imponente. Êl, el más alto cedro. Su lengua es todo dulzura y Él es todo delicia" y se ríen y gritan tambien: "El leproso. El leproso. ¿También has fornicado con un ídolo para que Dios te trate así?. ¿Has murmurado contra los santos de Israel, como María de Moisés, que has sido tan castigado?. Oh,Oh, El Perfecto. ¿Eres el Hijo de Dios?. Pero no. Eres el aborto de Satanás. Al menos él, el Demonio, es poderosos y fuerte. Tú... eres una plitrafa impotente y asquerosa".

Los ladrones están clavados en la cruz y los han puesto uno a la derecha y el otro hacia la izquierda, respecto del lugar destinado a Jesús. Gritan, imprecan, maldicen especialmente cuando las cruces son llevadas junto al agujeto y los destrozan, haciendo cortar las muñecas por las cuerdas, sus blasfemias a Dios, a la Ley, a los romanos, a los judios son infernales.

Extraido de "Il Poema dell`Uomo-Dio" de María Valtorta. Volumen noveno. Centro Editoriale Valtorniano.



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