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Según las revelaciones de María Valtorta

Jesús dijo a sus discípulos que lo esparasen en el terreno herbáceo, pero luego llama a Pedro, Juan y Santiago: como arrepentido de avanzar solo o temiese algo, y se adentra con ellos trepando por el primer barranco.
Aquí dice a los tres: "Vosotros esperadme aquí mientras Yo rezo. Pero no os durmáis. Podría necesitaros. Y os lo pido por caridad, orad. Vuestro Maestro está muy abatido de espíritu...". Recalca mucho la palabra muy y dice las últimas dos frases con tono de profunda tristeza. Tiene la voz como más profunda y sorda por una pena interior. Una voz cansada y triste.
Pedro, que ha cogido la antorcha de uno de los otros dejada con anterioridad, responde: "Estáte tranquilo, Maestro. Vigilaremos y oraremos. No necesitas llamarnos, que vendremos".

Y jesús los deja. Camina dándoles la espalda. Sale lentamente con la cabeza inclinada buscando el sitio donde poner los pies a la luz de la luna, que ya está más alta y clara... Tras pocos metros hay una diferencia de altura de algún centímetro, más alta que Jesús. Allí hay también una roca que parece haber sido colocada allí por la misma naturaleza o por el hombre, para apoyarse.

Ante esto se para Jesús. Tiene casi bajo sus pies la copa plateada de un olivo... Jesús ora. Recto en pie ante la piedra, con el rostro levantado al cielo y los brazos abiertos en cruz. Su plegaria es intensa. Lo oigo suspirar y susurrar las palabras con urgente deseo.

Luego se vuelve apoyando la espalda en el peñasco y mira... Sobre las copas de los olivos, degradantes a sus pies, siguiendo los desniveles del lugar montañoso, se ve Jerusalén. Toda blanca en el claro de luna. Calmada en apariencia, buena y durmiente. Jesús con los brazos cruzados en el pecho, la mira intensamente. Suspira con mayor fatiga.

Después reemprende el camino. Vuelve a los tres discípulos. éstos han encendido un fuego quizás para sentir menos el frío nocturno, tal vez para resistir mejor el sueño. Pero en realidad dormían ya. Las cabezas, especialmente la de Pedro, dormitaban sobre el pecho.

"¿Dormís? ¿No habéis sabido velar ni una hora?. Y Yo que tengo tanta necesidad de vuestro consuelo y de vuestra oración". Los tres cabeceaban y se frotaban los ojos. "Orad y vigilad. También por vosotros: tenéis necesidad". Y los deja nuevamente volviéndose a su sitio.

La luz de la luna ilumina su rostro, haciendóle aparecer blanca también la vestidura, mientras se dirige hacia el sendero, veo que tiene la cara cansadísima. Una faz martirizada por un dolor interior. Parece envejecido. La mirada no tiene brillo. La boca cae con gesto triste.

Vuelve a su peñasco y se arrodilla con una oración más intensa. Reza y medita. Se abate al meditar. Lo veo sobresaltarse, lo oigo gemir. Lo veo que lleva las manos unidas sobre la cabeza y apoya éstas en la roca y la frente a las muñecas y está así, suplicando. Cuando levanta el rostro, la luna ya está perpendicular allí, y me hace ver una cara lavada por el llanto.

Se levanta. Avanza algún paso y por detrás va murmurando palabras que no comprendo, elevando los ojops al cielo y las manos, volviendo a bajar éstas y aquellos con desconsuelo. Sufre. Llora. Está agitado.

Regresa a los tres que duermen más que antes. Tambien la lumbre agoniza. "Pero, ¿entonces? ¿Dormís aun?. Orad. Que la carne no os venza. No venza la carne a nadie. Si el espíritu está listo, la carne es débol. Ayudadme".

Los tres se excusan. Dejan la postura cómoda que habían cogido, buscan ramas, y para hacerlo se levantan para reavivar el fuego. La llama muestra una faz tan torturadaque había debido mantener despierto tambien a un moribundo. Pero los tres tienen sueño...

Jesús les mira, sacude la cabeza. Vuelve a su roca. Ora de nuevo. Primero con las manos elevadas y abiertas en cruz, luego de rodillas como antes, con las manos juntas. Después, en silencio. Piensa. Y debe sufrir atrozmente porque ahora solloza abiertamente, se derrumba sobre sus talones. E invoca al Padre...Con tanto jadeo parece un niño torturado llamando al único que lo puede salvar.

Pero reanuda y tras haber gemido: "No, no. Demasiado amargo es este cáliz. Padre, aléjalo de tu Hijo, continúa y dice: Pero no escuches mi voz, Padre, si lo que pide es contrario a tu voluntad. No pienses que soy Hijo, sino sólo tu siervo. No se haga mi voluntad sino la Tuya".

Y tras esta plegaria, la marea de todo el dolor del mundo, cae sobre Él, lo oprime, lo aplasta, lo abate. Materialmente es una cosa pobre doblada en el suelo, con el rostro en tierra, sobre la hierba fresca, que alivia su fiebre: parece alguien que muera. Espiritualmente es un alma torturada, un pensamiento sorprendido, un corazón aplastado por el abandono del Padre, por su rigor, por el conocimiento de la tortura que le espera. Por tantas, tantas cosas.

Está así largamente. Cuando una gran luz se muestra sobre la cabeza - no veo mas que una luz blanquísima - Jesús levanta la cabeza. La luz lunar y la angélica muestran un rostro rojo de sangre. Las lágrimas forman dos líneas blancas en la máscara roja. También las manos están rojas y los brazos que Él levanta hacia la luz. Se quita el manto rojo y se seca con él la cara, las manos, el cuello, los brazos. Pero el sudor sanguíneo continúa. Cada poro tiene su gota que se forma, crece y cae. La hierba parece más oscura allá donde Él ha tenido su rostro, teñida como está de sangre.

Jesús jadea por el malestar. Se sienta contra el peñasco. Se apoya. Se abandona, con la cabeza inclinada hacia adelante, los brazos extendidos a los lados del cuerpo. La luz angélica está sobre Él. Luego desaparece fundiéndose con el rayo lunar.

Jesús está de nuevo solo. Pero está más tranquilo. Se seca nuevamente con cuidado cara y manos en el manto, que dobla después, poniéndolo en el peñasco y apoyando sobre éste la cabeza y las manos en una última oración.

Luego se levanta y se dirige hacia los discípulos dejando el manto donde estaba. Su túnica rojo pálido parece manchada como bañada por un líquido oscuro. Pero la faz ha tomado su aspecto majestuoso, aunque está inmensamente triste y más pálido de lo habitual.

Los tres, cómodamente tumbados, duermen, envueltos en sus mantos, junto al fuego definitivamente apagado. Jesús les sacude: "Levantáos. Vamos. Mi traidor está cerca".

Extraido de "I quaderni del 1944" de María Valtorta pg. 131 Centro Editoriale Valtortiano.


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María Valtorta - La Pasión de Jesús