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Crucifixión

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Según las revelaciones de María Valtorta

Jesús. Él se extiende manso en el leño... Se tumba y pone la cabeza donde le dicen que la ponga. Abre los brazos como le dicen que lo haga, extiende las piernas como le ordenan. Si está preocupado es sólo por la buena colocación del velo.

Dos verdugos se le sientan sobre el pecho para tenerlo quieto. Un tercero le coge el brazo derecho sosteniéndolo con una mano en la primera parte del antebrazo y la otra donde terminan los dedos. El cuarto, que tiene ya en la mano el largo clavo puntiagudo... apoya la punta del clavo en la muñeca, levanta el martillo y da el primer golpe... El clavo penetra rompiendo músculos, venas, nervios y dislocando huesos.

La mano derecha está clavada. Se pasa a la izquierda. El agujero no corresponde al carpo. Entonces cogen una soga, atan la muñeca izquierda y tiran hasta dislocar la articulación y maltrata tendones y músculos...clavando donde pueden, es decir, entre el pulgar y los demás dedos, justo en el centro del metacarpiano. Aquí entra el clavo más fácilmente, pero con mayor espasmo, porque debe cortar nervios importantes, tanto que los dedos quedan inertes, mientras los otros de la derecha tienen contracciones y temblores que confirman su vitalidad.

Ahora es el turno de los pies. A unos dos metros del término de la cruz, está una pequeña cuña, apenas suficiente para un pie. Sobre Ésta son llevados los pies para comprobar si está bien la medida. Y sabido que está un poco más baja y los pies llegan mal, estiran por los tobillos del pobre Mártir. El madero áspero de la cruz frota tanto en las heridas, remueve la corona, que se desplaza maltratando nuevos cabellos y amenaza las caderas.

Los que estaban sentados en el pecho de Jesús se levantan para desplazarse hacia las rodillas...Y pisan sobre las rodillas despellejadas, y aprietan en las pobres tibias contusionadas, mientras los otros dos hacen la operación,mucho más difícil, de la clavadura de un pie sobre otro, intentando combinar las dos articulaciones de los tarsos a la vez... el pie sometido se desplaza por la vibración del clavo, y lo deben casi desclavar porque, tras haber entrado en las partes blandas, el clavo ya despuntado por haber perforado el pie derecho, debe ser llevado un poco más al centro. Y golpean, golpean, golpean...

Ahora la cruz es arrastrada hasta el agujero, y rebota sacudiendo al pobre Crucificado en el suelo desigual. Es izada la cruz que escapa por dos veces a los que la levantan y recae una vez por reventón, otra en el brazo derecho de la misma, dando un áspero tormento a Jesús porque la súbita sacudida remueve las articulaciones heridas. Pero luego cuando la cruz es dejada caer en su hoyo, antes de ser asegurada con piedras y tierra, ondea en todos los sentidos, imprimiendo contínuos desplazamientos al pobre Cuerpo suspendido de Jesús por tres clavos. El sufrimineto debe ser atroz.

Todo el cuerpo se desplaza hacia adelante y hacia abajo, y los agujeros se alargan, especialmente el de la mano izquierda, y se agranda el agujero de los pies minetras la sangre brota con más fuerza. Y si lo de los pies gotea mucho, lo de los dedos por tierra y chorrea por el madero de la cruz: lo de las manos sigue por los antebrazos, porque están más altos que la muñeca y el sobaco, por fuerza de la posición, riega también las costillas bajando por la axila hacia la cintura. La corona,cuando la cruz ondea antes de ser fijada, se desplaza porque la cabeza se sacude de nuevo por detrás, apretando en la nuca el grueso nudo de espinas que terrmina en la punzante corona y después vuelve a ponerse con cuidado en la frente y araña, araña, sin piedad.

Finalmente la cruz está asegurada y no existe más que el tormento de estar colgado. Izan también a los ladrones, los cuales, una vez puestos verticalmente, gritan como si fuesen desollados vivos por la tortura de las cuerdas que cortan las muñecas y hacen ponerse negras las manos, con las venas hinchadas como cuerdas. Jesús calla. La muchedumbre no calla, sino que reemprende su algarabía infernal.

Ya la cima del Gólgota tiene su trofeo y su guardia de honor. En el límite más alto (lado A) la cruz de Jesús. Al lado B y C las otras dos. Media centuria de soldados con las armas al pie todo alrededor de la cumbre, dentro de este cerco de armados los diez apeados que se juegan a los dados los vestidos de los condenados. Recto en pie, entre la cruz de Jesús y la de la derecha, Longinos. Y parecen montes la guardia de honor del Rey Mártir. La otra media centuria, de descanso, está a las ordenes del ayudante de Longinos, en el sendero de la izquierda y en la plaza más baja, en espera de ser utilizada en caso de necesidad. Entre los soldados existe la indiferencia casi total. Sólo alguna levanta la cara hacia los crucificados cada tanto.

Longinos, sin embargo, lo observa todo con curiosidad e interés, confronta, y mentalmente juzga. Confronta a los crucificados, especialmente a Cristo, y a los espectadores. Su ojo penetrante no pierde detalle. Y para ver mehor se hace una visera con la palma de la mano, porque el sol le debe molestar.

En efecto, un sol extraño. De un amarillo rojo de incendio. Y después parece que el incendio se apaga de golpe por una nube que surge por detrás de las cadenas judias y que corre veloz por el cielo, desapareciendo detrás de los otros montes. Y cuando el sol sale fuere está tan vivo que el ojo no lo puede soportar.

Otros sacerdotes: "Blasfemo, ¿Hijo de Dios, Tú?. Baja de ahí ahora. Fulmínanos si eres Dios. No te tememos y escupimos hacia Tí". Otros que pasan menean la cabeza: "No sabe llorar. Salváos si es verdad que sóis los Elegidos". Jesús habla por primera vez: "Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen".

Esta oración vence todo temor en Dimas. Se atreve a mirar a Cristo y dice: "Señor, acuérdate de mí cuando estés en tu Reino. Yo es justo que sufra aquí. Pero dame misericordia y paz al otro lado de la vida. Una vez te oí hablar, y loco yo te rechacé. Ahora me arrepiento. Y de mis pecados me arrepiento ante Tí, Hijo del Altísimo. Creo que Tú vienes de Dios. Yo creo en tu poder. Yo creo en tu misericordia. Cristo, perdóname en nombre de tu Madre y de tu Padre Santísimo".

Jesús se vueleve y lo mira con profunda piedad y tiene todavía una bellísima en su pobre boca torturada. Dice: "Yo te lo digo: hoy estarás conmigo en el Paraiso".

Extraido de "IL poema dell`Uomo-Dio" de María Valtorta. Volumen noveno. Centro Editoriale Valtortiano.


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María Valtorta - La Pasión de Jesús