Jesús es condenado a muerte

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Según las revelaciones de Sor Ana Catalina Emmerick
CAPÍTULO V

Pilatos se sentó sobre el asiento más elevado, de frente a la columna de flagelación. El asiento estaba recubierto por un tejido escarlata sobre el cual estaba un cojín azul con bordes amarillos; atrás de él se encontraba el banco de los asesores.

Nuestro Señor aún estaba vestido con su atuendo púrpura, su corona de espinas sobre su cabeza y sus manos engrilladas cuando los arqueros lo trajeron al tribunal y lo ubicaron entre los dos malhechores. La muchedumbre lo maldecía y escarnecía. Tan pronto Pilatos se sentó, se dirigió de nuevo a los enemigos de Jesús con estas palabras: "¡Miren a su Rey!" Pero los gritos de "¡Crucifícalo! ¡Crucifícalo!", resonaron en todos lados. "¿Queréis que crucifique a vuestro rey?", volvió a preguntar Pilatos.
"No tenemos más rey que el César", gritaron los sacerdotes. Vi a Jesús que estaba parado en medio de los arqueros al pie de la escalera que conducía al tribunal a disposición de sus enemigos... Pilatos no dijo nada más y Pilatos pronunció su sentencia sobre Jesucristo con el enfado de un cobarde.

Pilatos, después de un largo preámbulo, expuso las acusaciones contra Jesús: "Condenado a muerte por los jefes de los sacerdotes por haber turbado el orden público y violado las leyes hebreas haciéndose llamar Hijo de Dios y rey de los judíos". Y haciendo traer la cruz, Pilatos, concluyo con la condena capital: "Condeno a Jesús de Nazaret, rey de los judíos, a ser crucificado".

Pilatos redactó la condena de muerte...
El sentido de la escritura era éste: "Forzado por el Sumo Sacerdote, los miembros del Sanedrín y el pueblo a punto de sublevarse, que pedían la muerte de Jesús de Nazaret como culpable de haber agitado la paz pública, blasfemado y violado su ley, se lo he entregado para ser crucificado, aunque sus acusaciones no me parecían claras, por no ser acusado delante del Emperador de haber favorecido la insurrección de los judíos. Lo he consignado a la crucifixión junto a los dos criminales condenados ya por los Judíos"

Después escribió la inscripción de la cruz sobre una tablita de color oscuro. La sentencia se transcribió muchas veces y se envió a diferentes puntos. Los miembros del Sanedrín se quejaron de que la sentencia estaba escrita en términos poco favorables para ellos; se quejaron también de la inscripción y pidieron que no pusiera "rey de los judíos" sino "que se ha llamado a sí mismo rey de los judíos". Pilatos, impaciente, les respondió lleno de cólera: "Lo escrito, escrito está" Los sacerdotes pretendían utilizar esa circunstancia para suprimir la inscripción, que les parecía injuriosa para ellos, pero Pilatos no consintió y tuvieron que hacer la cruz más alta, añadiéndole un nuevo trozo de madera.

Cuando la cruz de Jesús fue adaptada de este modo, resultó mas alta que la de los ladrones y asumió la forma de una Y, como la he contemplado siempre, los dos brazos resultaron más sutiles que el tronco; al final se colocó un tarugo de madera en el lugar de los pies para sostenerlos... Una vez pronunciada la sentencia, Jesús fue entregado a los verdugos como una presa; le trajeron sus vestiduras, ya que era costumbre de los romanos vestir de nuevo a los condenados al suplicio...

Los perversos hombres que rodeaban a Jesús le desataron las manos para poderlo vestir; arrancaron de su cuerpo, cubierto de llagas, la capa de lana roja que le habían puesto por burla y al hacerlo le abrieron muchas de las heridas; Él mismo, temblando, se puso su túnica interior, ellos le echaron el escapulario sobre los hombros. Como la corona de espinas era muy ancha e impedía que le cupiese la túnica oscura sin costura que le había hecho su Madre, se la arrancaron de la cabeza, y todas sus heridas sangraron de nuevo con indecibles dolores. Le pusieron también su sobrevesta de lana blanca, su cinturón y su capa; después le volvieron a ceñir por en medio del cuerpo la correa de puntas de hierro de la cual salían los cordeles con los que tiraban de Él; todo esto lo hicieron con su brutalidad y su crueldad acostumbradas.

Los dos ladrones estaban a la derecha y a la izquierda de Jesús, tenían las manos atadas y llevaban una cadena al cuello; estaban cubiertos de lívidas cicatrices que provenían de la flagelación de la víspera; vestían una túnica sin manchas y una cintura alrededor de los riñones, sobre la cabeza llevaban un gorro de paja tejida, similar a aquellos que llevan los niños. El ladrón que se convirtió después, estaba desde entonces tranquilo y pensativo. El otro, grosero e insolente, se unía a los verdugos para maldecir e insultar a Jesús, que miraba a sus dos compañeros con amor y ofrecía sus tormentos por su salvación. Los verdugos reunieron todos los instrumentos del suplicio y lo dispusieron todo para aquella terrible y dolorosa marcha.

Los sacerdotes se apuraron y llevándose dos rollos de pergamino con la copia de la sentencia, se marcharon dirigiéndose de prisa al Templo. Los sacerdotes estaban alejándose del Cordero Pascual para ir al Templo a sacrificar y a comer su símbolo, dejando que infames verdugos condujeran al altar del sacrificio al verdadero Cordero de Dios desfigurado y lleno de contusiones. Aquí se separaron los dos caminos que conducían al altar de la ley y al altar de la caridad y el perdón.

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Ana Katharina Emmerick