San Benito

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Profecía

Fuente inagotable de regalos, "derramaré mi Espíritu sobre toda carne, y vuestros hijos y vuestras hijas profetizarán, vuestros jóvenes verán visiones y vuestros ancianos soñarán sueños. Y sobre mis siervos y sobre mis siervas en aquellos días derramaré de mi espíritu y profetizarán".
(Hechos 2.17 a 18).

Benito expone el engaño del rey Totila

En el momento de los godos, su rey Totila había oído que el santo tenía un espíritu profético. Se dirigió a su monasterio, pero no muy lejos se detuvo y mando anunciar su visita. Desde el monasterio, se le respondio que vaya de inmediato. Pero Totila, que era desconfiado, quería ver si el hombre de Dios en verdad poseía el espíritu profético. Él dio sus zapatos a un escudero llamado Riggo, y le puso las vestiduras reales, ordenándole presentarse a sí mismo ante el hombre de Dios como si fuera el rey. Le asignó como escolta a tres personas allegadas a el, es decir, Vult, Ruderico y Blidin. Añadió signos y otros escuderos vestidos de púrpura para hacerle creer que era el rey.

Cuando Riggo con suntuosa ropa con la escolta entró en el monasterio, Benito llamó, "Quítese lo que lleva, que no es suyo." Riggo temeroso por verse burlado ante él, cayó al suelo, con todos los que lo acompañaban, no se atrevió a acercarse al hombre de Dios. Impresionado al haber sido desenmascarado regreso donde su rey al decirle lo que pasó.

Benito predice el destino del rey Totila

Totila fue entonces personalmente al hombre de Dios. Cuando él lo vio sentado a cierta distancia, no se atrevió a acercarse, y se inclinó a tierra. El santo le dijo dos o tres veces: "¡Levántate!", Pero Totila no se atrevió a levantarse delante de él. Benito, el criado de nuestro Señor Jesucristo, se digna ir al rey y se postró. Él lo levantó del suelo, lo reprendió por sus malas acciones y pocas palabras predijo todo lo que le pasaría a él, diciendo: "Estás haciendo un montón de cosas malas, y muchos otras has hecho. Por último Deja de hacer maldades! Vas a entrar en Roma, cruzaras el mar, reinarás durante nueve años y en el décimo año vas a morir".

Ante estas palabras, el rey se sorprendió, le pidió su bendición y se fue. A partir de entonces fue menos cruel. Poco después entró en Roma, y luego aterrizó en Sicilia. En el décimo año, en realidad perdió tanto el reino como la vida.

El milagro de su hermana Escolástica

Su hermana Escolástica, consagrada al Señor, una vez al año que solía ir a visitarlo. El hombre de Dios bajó a su encuentro en una dependencia del monasterio, no lejos de la puerta. Una vez que llegó Escolástica, el venerable hermano bajó acompañado por algunos discípulos. Después de pasar todo el día en alabanza al Señor y en santa conversación, cuando estaba a punto la oscuridad de la noche, se dispusieron a comer juntos. Ahora se estaba haciendo tarde, pero aun así se sentó a la mesa, hablando de las cosas sagradas, cuando su hermana le rogó, diciendo: "Por favor no me dejes esta noche, quedémonos hasta la mañana para hablar de las alegrías de la vida celestial." Benito respondió: "¿Qué te parece hermana no puedo entretenerme fuera del monasterio".

El cielo estaba perfectamente sereno, sin ni siquiera una nube. Al oír el rechazo de su hermano, la virgen consagrada, pone sus manos juntas sobre la mesa y se inclinó sobre la cabeza para invocar al Señor de los ejércitos. Cuando alzó la vista, de repente se desataron rayos y truenos, acompañados de aguaceros violentos, lo que impidió a Benito y sus hermanos que salieran de la casa.

Benito se lamentó y triste dijo: "Dios omnipotente te perdone, hermana. ¿Qué has hecho?". La hermana respondió: ". Yo te supliqué, pero no me hiciste caso. Oré y el Señor me ha respondido. Ahora me concederá si se puede, ir de nuevo al monasterio.". Benito, incapaz de salir de la casa, se vio obligado a quedarse. Pasaron toda la noche en vela y saciándose con la mutua conversación sobre la santa vida en el Espíritu.

Benito ve el alma de su hermana fuera del cuerpo

Al día siguiente la mujer venerable regresó a su celda y el hombre de Dios a su monasterio. Tres días más tarde, mientras se encontraba en su celda, Benito alzando los ojos, vio el alma de su hermana, fuera del cuerpo, se presentó en forma de una paloma en las profundidades del cielo. Llenos de alegría por tal gloria, le dio las gracias con himnos a Dios Todopoderoso, y anunció a los hermanos la noticia de su muerte.
Inmediatamente envió a algunos a llevar su cuerpo al monasterio, y lo deposito en la tumba que había preparado para sí mismo. Así, como lo habían sido siempre un mismo espíritu en Dios, sus cuerpos no fueron separados en el entierro.

Benito anuncia su muerte a los monjes

En el mismo año que iba a dejar esta vida, Benito predijo el día de su muerte a algunos discípulos que vivían con él y otras personas que estaban lejos. Ordeno a los presentes guardar silencio acerca de lo que habían oído, que estaba ausente, señaló qué tipo de señal se vería en el momento en que su alma dejara el cuerpo.

Seis días antes de morir les ordenó abrir su tumba. Pronto fue golpeado por las fiebres que comenzaron agotarlo. La enfermedad se fue agravando día a día. En el sexto día trajo a los discípulos en la oratoria, y fortificado por su tránsito con el viático del cuerpo y la sangre del Señor. Sostenido en brazos por sus discípulos su cuerpo debilitado: Benito, de pie, con los brazos levantados hacia el cielo, sirviéndose de la oración entregó el espíritu.

El mismo día de su muerte se reveló con la misma visión a dos monjes, uno de los cuales en el monasterio, y el otro en un lugar más distante.
Vieron una carretera cubierta de alfombras y luces brillantes, que desde su celda subía en línea recta hacia el este, rumbo al cielo. En la cima había un hombre de aspecto venerable y luz brillante, que les preguntó si sabían que era lo que estaban viendo. Ellos respondieron que no lo sabían. Entonces el hombre dijo: "Este es el camino por el que Benito, el hombre a quien el Señor ama, ascendió al cielo".
En ese momento, incluso aquellos que estaban muy lejos como para poder escuchar la muerte del santo, asi como como los presentes lo vieron con sus propios ojos.
Fue enterrado en el oratorio de San Juan Bautista, que había construido en el lugar donde destruyó el altar de Apolo.

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