Epistola Magistri

Epistola Magistri

Fidelis Dei - Universo católico
Santa Isabel De Hungría
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S. Incipit epistola magistri Conradi de Marburch adpapam de vita beate Elyzabet

Biografia concentrada de Isabel, redactada después de la muerte por el mismo Conrado de Marburg, quien fue director espiritual en los últimos años, desde el 1226 al 1231.
Hacemos notar a vuestra Santidad, reverendo padre, que algunas veces padre Rudiger, vuestro penitenciario, me escribió para documentarles acerca de los milagros que el Señor ha obrado por medio de la señora Isabel, ya princesa de Turingia, y que vuestra paternidad me había comisionado colectar.
Por tal motivo, de reciente, en el día de San Lorenzo, el señor Arzobispo de Magonza, sea por mi requerimiento sea porque evidentemente había recibido una cierta inspiración, había dedicado dos altares en la Basílica donde encontró sepultura el cuerpo de la susodicha señora. Y yo había convocado una gran multitud de pueblo sea por el sermón sea por la dedicación a los altares. En el curso de mi sermón, emprendido sin ningún proyecto preestablecido de vuestra santidad, pero teniendo yo en mente de satisfacer el deseo de la certificación del los susodichos milagros, he ordenado a todos los presentes, que hubieran tenido alguna sanación por mérito de la princesa, de presentarse al obispo de Magonza y a otros sacerdotes, convenidos por la dedicación de los altares, hacia la primera hora del día sucesivo junto a los testimonios, con la finalidad de documentar que gracias habían recibido después de invocar a Isabel.
Habiéndose presentado una muchedumbre de personas que afirmaban de haber recibido algunas sanación por medio de Isabel, el señor obispo de Magonza - ya que tenía prisa de enfrentar algunos negocios difíciles - Hizo registrar los hechos más evidentes, convalidándolos con su sigilo y con el de otros prelados, dejando pero los testimonios de muchos prelados y de hombres ilustres allí presentes, que no tenían sus sigilos.
A fin de que vuestra paternidad sea ampliamente mas informada no solamente de los milagros, pero también de su espiritualidad, le transcribo una síntesis de su vida (Summam vitae).

Dos años antes que Isabel fuera confiada a mi guía espiritual, cuando todavía vivía su esposo y yo era su confesor, la encontré un día en lágrimas por el hecho que había sido unida en matrimonio y que no podía concluir la presente vida en el estado virginal.
Al mismo tiempo, en que su consorte estaba partiendo hacia las Puglia para unirse al emperador, en toda Alemania se iba extendiendo una grave carestía, así que muchos morían de hambre (la carestía de 1226). Pronto la hermana Isabel empezó a distinguirse con sus virtudes, De hecho como toda su vida fué consoladora de los pobres, así entonces, llegó a ser el sustento de los hambrientos, transformando su castillo en hospital. En aquel recogió muchos enfermos de todo genero y menesterosos, erogando a todos con generosidad los dones de su beneficencia, no solamente a los que pedían en su hospital, pero a todos los menesterosos de los territorios en la jurisdicción de su esposo. Llegó al punto de erogar en beneficencia a todos los provenientes de los cuatro principados de su esposo y vender objetos de valor y vestidos preciosos, distribuyendo lo recabado a los pobres.
Tenía la costumbre de visitar personalmente todos sus enfermos dos veces al día, en la mañana y en la noche. Tomaba cuidado directamente de los mas repugnantes. Nutría algunos, y a otros procuraba una cama, llevaba algunas sobre sus propias espaldas y se prodigaba en muchos otros servicios de bien.En todo eso no encontró jamás contrariedad por parte de su esposo, de feliz memoria.
Después de la muerte de su esposo, cuando vuestra paternidad consideró digno de confiar a mi, Isabel - tendiendo a la más altas perfección - me preguntó si podía adquirir más méritos en un reclusorio, o en un convento, o si bien en algún otro lugar, mientras, pero, floreció en animo este proyecto: me preguntó con muchas lágrimas que le permitiera pedir limosna de puerta en puerta. Habiéndole yo prohibido eso con mucha firmeza, Isabel contestó "Yo lo haré, porque no me lo puede prohibir!"

Un viernes santo, cuando los altares están desnudos, puesta las manos sobre el altar en la capilla de su ciudad, donde había recibido los Frailes menores, a la presencia de algún fraile, de familias e hijos, (Isabel) renunció por su propia voluntad y a todas las vanidades del mundo, asimismo a todo lo que el Salvador en el evangelio ha aconsejado de abandonar.
Isabel quería renunciar a todas sus posesiones, pero yo la hice desistir sea para cubrir las deudas de su esposos difunto, sea por amor a los pobres, a los cuales pensaba proveer con los bienes que le pertenecían como dote.
Hecho esto, Isabel, previendo ser reabsorbida por lo fatuo del mundo y de la gloria terrenal si se hubiera quedado en el ambiente donde había vivido felizmente con su esposo cuando estaba vivo, quiso seguirme a Marburgo contra mi voluntad, Estábamos en los confines extremos de los terrenos de su esposo.
Aquí, en la ciudad (en el 1228-1229), construyó el hospital, donde recogió enfermos e inválidos. Sirvió a su mesa a los más miserables y a los más desamparados.
Teniéndola yo reprochado sobre estas cosas, Isabel respondió que de ellos ecibía una especial gracia y humildad. Y como mujer ciertamente prudente, hablándome de su vida anterior, me dijo que era por ella necesario en tal modo curar algunos hechos de su vida con su contrario. Habiéndola yo reprendido sobre estas cosas, Isabel contestó que de ellos recibía una especial gracia y humildad. Y como mujer ciertamente prudente, hablándome de su precedente vida, me dijo que era para ella necesario en esa manera curar algunos hechos de su vida con lo contrario.

Puesto que constataba que Isabel quería adelantarse, le quité cualquier compañía superflua y le ordené de conformarse con tres personas: de un converso para que se interesara a sus negocios,; de una asistenta muy desdeñosa y de una viuda noble, sorda y muy severa. En ese modo a través de la asistenta desdeñosa Isabel aumentaba su humildad y por obras de la viuda austera se ejercitaba en la paciencia. Mientras de hecho la asistenta preparaba las verduras, la señora lavaba las escudillas y también lo contrario. Entre otros, Isabel recogió un muchacho paralítico, sin padre y sin madre, que sufría de continuo flujo de sangre. Durante la noche lo ponía en su propia cama para mayor ejercicio de caridad, enfrentando muchos sufrimientos, de hecho, algunas veces, seis veces por noche, y a veces más, lo llevaba en sus propios brazos para que satisfaciera sus necesidades naturales. Lavaba con sus propias manos la ropa personal del muchacho, muy manchadas como eran a veces en tales condiciones. Muerto aquel muchacho, Isabel - sin que yo lo supiera - tomó con ella una muchacha leprosa y la escondió en su habitación, ofreciendo todos los servicios humanitarios. Para evitar que la muchacha se pudiera ofender por esas prestaciones, procuraba con humildad no solamente de nutrirla, ponerla en la cama y lavarla, pero también desvestirla.
Llegando a saber eso - Dios me perdone - la castigué muy severamente, porque temía que quedara contagiada. Corrí a la muchacha leprosa. Después me fuí a territorios lejanos por el apostolado de la prédica.
Entonces Isabel tomó consigo un muchacho todo lleno de sarna, tanto que ya no tenía ni un pelo sobre la cabeza. Quería curarlo de la sarna. Tomó cura de el lavandolo y curandolo. No se de quien haya aprendido el arte de curar. Cuando ella estaba por morir, aquel muchacho se instaló sobre su cama.
Afirmo delante de Dios, Si bien dedicada a esas obras de la vida activa, raramente he visto una mujer así de contemplativa como Isabel. Algunas religiosas y religiosos notaron muy seguido que, cuando ella salía de su rezos privados, emanaba del rostro un admirable esplendor y que sus ojos se irradiaban como rayos de sol.
Y en verdad sucedía seguido que Isabel por algunas horas se extasiaba. Después de eso, no consumía ninguna vianda o muy poca, con gran rigor.
Cuando se estaba acercando el tiempo de la muerte y ella estaba todavía en buena salud, mientras yo sufría una cierta enfermedad grave, le pregunté como pensaba proveer a su futuro después de mi muerte.
En tal circunstancias Isabel me vaticinó con certeza su muerte. De hecho, tres días después de este dialogo, ella cayó enferma.

Quedando enfermó por más de doce días, dos días antes de su transito hizo alejar de ella todas las personas seglares y no permitió que fueran admitidos ni siquiera los nobles que iban seguido solícitos a visitarla. A los que le preguntaban porque eran excluidos, en particular a los que se sentaban alrededor de su cama, Isabel declaró que deseaba meditar sobre el ultimo examen del juicio y sobre el Juez Omnipotente.
En el domingo antes de la octava de San Martín, después de celebradas las alabanzas matutinas, escuché su confesión. Pero ella no recordaba absolutamente nada más que lo que me había ya confesado algunas veces.
Le pregunté lo que quería que se hiciera con sus bienes y con sus adornos. Contestó que todo lo que era de su propiedad, era todo para los pobres. Me rogó de distribuir a ellos cada cosa, aceptó una túnica de escaso valor, con la cual estaba vestida y en la cual quería ser sepultada. Hecho eso, hacia la primera hora, recibió el cuerpo del Señor. Después, hasta la noche, pensaba continuamente a todas las cosas bonitas que había escuchado en la predicación, en particular sobre la resurrección de Lazaro y por el hecho que Jesús lloró su muerte antes de resucitarlo.
Algunos religiosos y religiosas se sentían solícitos a las lágrimas. A ellos Isabel dijo: "Hijas de Jerusalén, no lloren por mi, mas por ustedes mismas."
Dicho esto Isabel callo, mientras se escuchaban suaves voces sin que hubiera algun movimiento de los labios. Los presentes le pedían que explicara sobre el fenómeno. Pero Isabel les preguntaba Después, desde el ocaso hasta el alba, se quedó con el aspecto lleno de alegría, manifestando signos de extraordinaria devoción. Entonces exclamó: "He aquí, se acerca la hora en la que la Virgen parió". Al final, recomendó a Dios todos aquellos que le estaban cerca y expiró como durmiéndose dulcemente.

Los monjes cirtercenses y muchos otros religiosos, sabiendo del transito de Isabel, acudieron desde todos lugares hacia el hospital donde ella tenia que ser sepultada.
Por requerimiento de la devoción popular, el cuerpo de Isabel quedó sin sepultura hasta el miércoles sucesivo, sin manifestar algún signo de muerte excepto por la palidez. Su cuerpo quedó suave como si fuera vivo y emanaba un perfume agradable.
Enseguida, el día después de su entierro, el Señor empezó a operar milagros por medio de su sierva. De hecho un cierto monje de la Orden cistercense fué sanado, cerca de la tumba de Isabel de una enfermedad mental que había sufrido por más de cuarenta años. El lo juró en mi presencia y delante al párroco de Marburg.

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