El Paraíso

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Tribunal

El juicio final es echar una mirada introspectiva sobre la misma vida para comprenderla a la luz de la Verdad, sacando la ofuscación debida al autogiustificazione y al engaño. Es verse como Dios nos ve, sin máscaras ni aquellas mezquindades impuesto para salvar la misma imagen.

Tribunal de Dios

Cuando el alma salga del cuerpo será llevada al Tribunal de Dios para ser juzgada. El Juez será Dios Omnipotente indignado con quién le haya maltratado en vida. El primer acusador será el demonio, seguirá el Ángel custodio y al final la propia conciencia: los pecados determinarán la sentencia que será inapelable. No habrá compañeros, parientes ni amigos: estaremos solos en la presencia de Dios. Los pecadores impenitentes entenderán la fealdad de sus pecados y nadie nos podrá absolver como hacíamos antes. De la sentencia divina saldrá la pena justa que será, como recuerdan las Sagradas Escrituras, el Infierno.

No podremos esconder nada y serán examinados nuestros pecados, ya sean de pensamiento, complacencia, obra, omisión, o escándalo. En el equilibrio de la divina justicia no se pesarán las riquezas, la dignidad, el nivel social: sólo las obras. Si éstas se aferran al pecado, entonces estamos perdidos. Y al final de los tiempos, como narra el Apocalipsis, toda la gente será juzgada y el cuerpo resucitado se unirá al alma para el premio o condena eternos.

En las meditaciones San Anselmo trata este argumento: "Oh alma pecadora, leño inútil y árido destinado al fuego eterno, ¿qué responderás en aquél día, cuando te sea preguntado hasta por el más mínimo instante del tiempo que te ha sido dado?. Oh, alma mía, ¿qué será entonces de los razonamientos fatuos y ociosos, de las palabras ligeras, frívolas, ridículas, de las obras vanas e infructuosas?".

San Ambrosio, en el comentario del Evangelio de Lucas, añade: "Ay de mí, si no hubiese deplorado mis pecados. Ay de mí si en el corazón de la noche no me hubiese levantado a darte gracias (Salm 118,62). Ya el hacha está puesta en la raíz del árbol (Lc 3,9); den frutos de gracia quién pueda, frutos de penitencia quién deba".

Si padece la condena el cuerpo, nuestra desventurada alma sufrirá la eterna prisión y entonces el alma maldecirá al cuerpo y el cuerpo al alma. Mientras en la Tierra estaban de acuerdo en buscar satisfacción y placeres prohibidos, ahora se ven obligados a salir juntos de los mismos tormentos. Distinto será para quién resucite con un cuerpo bello y esplendoroso, digno de una vida bienaventurada en cuerpo y alma.

Cuando el mundo acabe, terminarán con él todas las glorias, vanidades y placeres terrenales. Permanecerá sólo la eternidad de gloria y gozo, o, de tormento e infelicidad. Los justos estarán en el Paraiso y los pecadores vivirán en el infierno y en este lugar se rendirán cuentas: se habrá perdido todo.

Cristo, en la hora de la sentencia eterna, se volverá contra los réprobos y les dirá: "Alejáos de mí, malditos, al fuego eterno, preparado para el diablo y sus ángeles... y se irán al suplicio eterno" (Mt 25, 41-46). Al final Jesús se dirigirá a los elegidos, diciendo: "Venid benditos de mi Padre, recibid en herencia el reino preparado para vosotros desde la creación del mundo".
(Mt 25,34).

El juicio que vendrá para no afectarnos y lo dejamos en el limbo de la indiferencia, nos parece un tiempo lejano pero tarde o temprano llegará. Si sabemos que esto vendrá, ¿porqué no actuamos a tiempo de tomar las riendas de nuestra vida?. ¿Porqué esperamos para hacer el bien y seguir las enseñanzas de Jesús. ¿Porqué conformarnos con el poco y breve goce humano en lugar de cambiarlo por una espléndida vida eterna en Paraíso donde impera la alegría y feleicidad eterna que superan nuestra esperanza?. Depende de nosotros decidir conscientemente qué camino seguir.

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