Felicidad en Paraíso

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Qué felicidad

El Paraiso es un lugar donde no hay mal alguno, y donde habrá toda clase de bien; en el Paraiso el alma y el cuerpo de los Santos gozarán de un descanso que jamás se cambiará. Dice San Pablo que ningún hombre en la tierra ha visto nunca, ní oído ni entendido las bellezas, las armonías y los goces que Dios ha preparado para los que le aman. Cuántas cosas hermosas habremos visto. Cuántas habremos experimentado. Imaginemos cuántas habrá. Y a pesar de todo esto, es nada con respecto a la belleza del Paraiso, donde el Señor ha querido hacer resplandecer su belleza y su magnificencia. Para conocer el precio del Paraiso, es necesario saber que cuesta la sangre de Dios: Jesucristo la ha vertido hasta en la última caída para merecernos el Paraiso.

Dice David que los Santos serán introducidos en un torrente de placeres, que serán colmados de alegría y de felicidad: tendrán todo aquello que desean y que jamás tendrán nada que temer. Sus bienes quedarán sin males, sus placeres sin dolores, su descanso sin inquietud, su vida sin muerte, su felicidad sin fin. Afortunados, oh Señor, los que habiten en tu casa: ellos te alabarán por los siglos de los siglos.

El objeto de nuestra felicidad en el Paraiso será Dios, el cual es la esencia de todas las bellezas, de todas las bondades y de todos los placeres. Él llenará nuestro espíritu con la plenitud del conocimiento, nuestra bondad con la abundancia de su paz, nuestra memoria con la dilatación de su eternidad, nuestra sustancia con la pureza de su ser: todos nuestros sentidos y facultades con la inmensidad de sus bienes. Lo veremos y le amaremos. Veremos Su magnificencia y su visión arrebatará nuestro espíritu. Amaremos Su bondad y su gozo saciará nuestro corazón.

Pero, ¿cómo gozaremos del Señor?. Lo haremos con armonía y una tranquilidad derivada de la seguridad que será eterna. La unión será íntima, comparable a una esposa que se une a su esposo, dice San Juan: llegaremos a ser similares a Dios. Es decir, seremos puros, santos, poderosos sabios y bienaventurados como Él. Él nos transformará en sí mismo, nop destruyéndonos, sino uniéndonos a Él; porque nos comunicará su naturaleza, su grandeza, su fuerza, su conocimiento, su santidad, su riqueza, su felicidad.

Como el hierro expuesto al fuego se convierte en fuego, como el cristal puesto al sol llega a ser como el sol; así nosotros, cuando estemos unidos a Dios, llegaremos a ser. de alguna forma, la reverberación de su luz. Quien puede, por tanto, comprender la alegría de un alma que entra en el Paraiso y vé a su Creador.

Qué amor. Qué éxtasis. Qué arrobamiento. Qué alababanzas y qué fruto de gracias. Oh Santa Sión, donde todo está y donde todo pasa, donde todo se encunetra y nada falta, donde todo es dulce, nada de amargura, donde todo es serenidad y nada de agitamientos. Oh tierra bienaventurada donde las rosas carecen de espinas, donde los placeres son sin dolor, donde la paz es sin guerra y la vida sin fin.

Oh monte santo de Tabor. Oh Jerusalén celestial, donde cantaremos eternamente los magníficos cantos de Sión. ¿Quién encontrará disgusto en el trabajo y en la lucha, sabiendo que Dios es la recompensa?. Cuándo te veremos, Dios mío, ¿cuándo me quitarás las cadenas de la esclavitud?. ¿Cuando me llamarás de este exílio?. ¿Cuando romperás estas cadenas que me atan a la tierra?. Señor, que muera pronto: para que pueda conseguir verte. Bienaventurados, Señor, los que habiten en tu casa, porque te alabarán durante toda la eternidad.

Alma mía, ¿qué haces todavía en la tierra?. ¿Que buscas con afán entre las criaturas?. ¿Serán capaces de saciar tu corazón?. ¿Crees que los poderes terrenales pueden apagar y satisfacer a un espíritu inmortal?. Sólo en Dios podemos encontrar lo que anhela nuestra alma y viajar por el sendero del tiempo terrenal con la mirada fija en el cielo.

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