La oración

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La oración es la vida del alma. La oración es necesaria en las dificultades que se encuentran en el camino de la vida terrena. Algunas veces en el trayecto nos sentimos débiles y nuestra fuerza titubea y la oración, como fuente, nos auxilia y nos refresca. La oración lo puede todo porque llega al poder de Jesús. La única condición es la fe e involucrar el corazón. Cristo nos invita a rezar a Dios sin cansarnos y con asiduidad. Él desea transformarnos a través de la oración para lanzarnos más allá de la naturaleza humana y efectuar un cambio en el crecimiento espiritual.

Si es verdad que la vida depende de la fuerza de nuestro pensamiento, del vigor de la voluntad y del impulso del corazón, es importante saber que a través de la oración en unión es posible encontrar la savia que refuerza la mente, la voluntad y la razón del corazón. Puede eliminar cualquier duda, cada inquietud, cada temor, cada egoísmo a través del fuego del amor divino.

La oración es un diálogo con Dios, puesto que a través de las palabras compromete el corazón en el ímpetu del amor. Esta es la esencia que debe ser buscada en el silencio de la mente, porque a través de la quietud es cuando es posible dejar que fluyan de los corazones los sentimientos, las emociones que Dios ha infundido. Los flojos, los mesquinos, los corazones endurecidos encontaran en la oración aburrimiento, fatiga, distracción, y no podrán percibir su conveniencia.

Viceversa, para los valerosos, para quienes saben amar la oración es como el sol con sus rayos, desvanece la neblina, libera los ojos para mirar los nuevos horizontes que Dios ha creado para su deleite. Después, con el tiempo, la oración se transforma en un río en creciente y arrolla con fuerza los diques de nuestro egoísmo, de nuestra pequeñez y dirige el pensamiento a la alabanza para agradecer a Dios de los innumerables beneficios.

Nosotros todos debemos sanar de la pereza espiritual, del egoísmo, del orgullo, del pecado, de la debilidad. Debemos implorar al amado Jesús que venga en nuestra ayuda, porque sólo Él podrá sanarnos y trasformarnos en el hombre nuevo del cual habla el Evangelio.

La oración no debe ser sólo de petición, sino también de adoración, de alabanza, de agradecimiento para establecer una viva relación interior, sincera, profunda, con Dios. El corazón, en la oración, tiene que manifestar aquellos sentimientos que las palabras no pueden manifestar. Y, cuando la oración se suma con la de Jesús al Padre, entonces se transforma en un grito de súplica que mueve el cielo.

El grito del corazón no debe quedar en un alarido desesperado arrojado al vacío, sino que a través la oración debe volverse el motor de la vida, debe producir un poderoso brío espiritual. Debe alimentar la llama que arde en el corazón y dominar la vía del verdadero amor. Jesús nos ha invitado a rezar siempre por nuestra salvación para regalarnos aquella alegría que, pasando a través de Su unión, es el puente entre el cielo y la tierra.

La influencia del mal, de la injusticia, la sumisión al dios dinero ya domina en el mundo ahora. La oración puede combatir el mal y crear una nueva esperanza de vida.

El poder de la oración es inmenso, puesto que compromete al orante y a toda la humanidad. Su luz puede extenderse hasta alumbrar todas las generaciones y dar testimonio de Dios en cada rincón del mundo.

Si tu corazón palpita de amor por los hermanos necesitados que están oprimidos por los sufrimientos, por la soledad o están sumergidos en las tinieblas del pecado, ruega por ellos desde tu habitación junto con nosotros. Si quieres saber más sobre esta oración de intercesión, hecha por un grupo virtual, visita el Sitio de "Monasterio Invisible de Caridad y Hermandad" y encontrarás una familia con un corazón que palpita de amor y que te acojerá con los brazos abiertos. No hay costos ni obligaciones de ningún tipo.


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