Comunión de los santos

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Para salvar las almas

La Iglesia nos invita a rezar, a veces de forma solemne, por nuestros parientes y amigos difuntos y por todos los justos que en paz con el Señor, han dejado este mundo. Es una llamada y un deber. En efecto, formamos una única Iglesia, una única familia de Dios, nosotros que aun estamos en la tierra, junto a los que están en el lugar de la purificación y los hermanos que ya han alcanzado la alegría de Dios en el cielo. Y nos debemos ayudar en nuestras vicisitudes. Es el aspecto consolador de la realidad que entendemos con las palabras "comunión de los santos". Pero esta realidad nos lleva a reflejar la "condición necesaria" para entrar a formar parte para siempre de la familia de Dios: para poder ser admitidos, antes o después en el gozo eterno celestial.
Y la condición es ésta: necesitamos que el término de nuestra vida terrenal coincida con el estado de gracia de nuestra alma. Es decir, que el hombre muera en el amor, en la amistad de Dios: al menos con sincero arrepentimiento de haberlo ofendido.

Y he aquí que tal condición nos descubre otra realidad chocante: la impresionante multitud, se da la cifra de alredeor de 250.000 personas, que cada día dejan este mundo para entrar en la eternidad. Un paso casi contínuo de almas. Y pensar que muchos se toman la muerte con descuido, en medio de sus actividades, de sus proyectos o viajes: cuando menos lo esperan.

Ya es triste el estado de quien vive en pecado, pavoroso debe se encontrarse en un instante ante Dios o tener conciencia de estar para presentarse ante el juicio de Dios.

Nosotros no conocemos todos los caminos de la Misericordia Divina para llegar al corazón del hombre en aquellos últimos y decisivos momentos, sin embargo, para nosotros una cosa es segura: si grande es la caridad de ayudar a nuestros hermanos difuntos a expiar la pena y a purificarse, acto de caridad más obligado, urgente y necesario es rezar por todos los que están para presentarse ante el Señor, para obtener para ellos la gracia de un sincero arrepentimiento, una intuición que les empuje a decir "sí" al Señor Jesús, aunque sea en el último momento.

El recuerdo de los difuntos nos hace pensar también en todos los moribundos, nos habla de la fugacidad de la vida. Por eso, hoy reflexionaremos sobre esta verdad y rogaremos por nosotros mismos al objeto de ponernos en estado de vigilancia, tan recomendado por Jesús, por nuestros hermanos moribundos y así descubran en el Corazón de Jesús un océano de misericordia.

María, auxilio de los cristianos, Refugio de los pecadores, Madre de la Misericordia, avalista de nuestras oraciones e intercesora en favor de nuestros hermanos agonizantes, a todos muestra, tras este exílio, a Jesús, fruto bendito de su vientre.

De la segunda carta a los Corintios, aprendemos de San Pablo: "Hermanos, sabemos que cuando se destruya este cuerpo, nuestra habitación en la tierra, recibiremos de Dios una habitación, una morada eterna, no construida por manos de hombre, en los cielos... Así, pues,estemos siempre llenos de confianza y preferimos estar en el exílio del cuerpo y habitar junto al Señor. Por eso, nos esforzamos, sea morando en el cuerpo, sea ausente de él, anhelamos serLe gratos. En efecto, todos debemos comparecer ante el Tribunal de Cristo, cada cual para recibir la recompensa de las obras hechas mientras se estaba en el cuerpo, buenas o malas". (2 Cor. 5, 1-10).

Del Apocalipsis del apóstol San Juan: "Yo, Juan, oí una voz potente desde el cielo que decía: "Escribe: Bienaventurados desde ahora los muertos que mueran en el Señor. Sí, dice el Espíritu, descansarán de sus fatigas, porque sus obras los siguen". (Ap.20 14,13).
"Ví luego su gran trono y Al que se sentaba en él... Después ví a los muertos, grandes y pequeños, erguidos frente al trono. Fueron abiertos los libros y fue abierto también otro libro: el de la vida. Los muertos fueron juzgados en base a lo que estaba escrito en aquellos libros, cada uno según sus obras". (Ap. 20, 11-12).

Del Evangelio de San Lucas: "En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: Tened ceñidos vuestros lomos y las lámparas encendidas; sed como los que esperan al amo cuando vuelva de de las bodas, para abrirle de inmediato, apenas llegue y llame. Bienaventurados aquellos siervos que el amo, a su vuelta, los encuentre aun despiertos: en verdad, os digo, se ceñirá los vestidos, los hará ponerse a la mesa y se pondrá a servirlos" (Lc 12, 35-37).

Reflexiones sobre la muerte y la fe

La muerte no es algo imaginario ni un problema artificial: es una realidad tan total que exige que todos la afrontemos. En efecto, "el hombre tendrá siempre deseo de saber el significado de su vida, de su trabajo, de su muerte". La crisis moral y espiritual actual, respecto al tema de la muerte, atribula al hombre y le provoca la más aguda de las angustias.

La fe cristiana no responde interrogantes curiosos o emotivos, sino que contesta a la esperanza esencial que radica en el fondo del corazón y a la búsqueda de las condiciones y disposiciones para afrontarla del mejor modo. En efecto:
  1. El mensaje cristiano sobre la muerte es un mensaje de vida: no mira a la muerte en sí misma, modos o circunstancias, pero es anuncio de la victoria que sobre ella tuvo Jesús: un anuncio de la seguridad de que la muerte es sólo un momento transitorio, un paso del cristiano de esta tierra a la vidaa que dura para siempre, eterna, que es Dios.

  2. La fe cristiana no nos dice cómo ni cuando acontece la muerte, sino que nos dice que ya está vencida, y nos asegura la vida eterna y divina, regalada desde ahora a los que creen, viven y mueren en Jesús: la muerte es una etapa obligatoria hacia la plenitud de tal vida. En otras palabras, Jesús muerto y resucitado es la garantía de esta certeza de vida y la fuente para todos los que a Él están unidos como el sarmiento a la vid.

  3. Para el cristiano la muerte no es una limitación de la vida o una ruptura con la vida, pero asume el aspecto de un paso a una vida mejor, de un encuentro con la vida misma, de un regreso a la casa del Padre, de un comienzo a ser a vivir con Dios Vida, una vida junto a Él para siempre, una reconstrucción de la familia humana alrededor de Dios, en la vida misma de Dios. Por necesidad angustiosa la muerte se convierte para el cristiano en objeto de bienaventuranza. "Bienaventurados desde ahora en adelante, los difuntos que mueran el el Señor. Sí-dice el Espíritu- descansarán de sus fatigas porque sus obras les siguen". (Ap. 14,13).

  4. Para el cristiano la verdad sobre la muerte no es oscura, sino que ilumina la vida terrenal tan incierta en su duración y revela el verdadero valor; el carácter preparatorio a la vida eterna con Jesús en Dios; ya puesta en él el germen mediante el Bautismo. El cristianos es hijo de la luz porque sabe dónde va, lo que le espera: es hijo del día porque vive en la espera de éste "día del Señor, día grande y espléndido". (Hech 2,20).
Cómo vivir para afrontar la muerte

De la "elección" que hagamos ante Jesús y el Evangelio depende para el hombre la conclusión del drama de la muerte: la vida eterna o el horror de la segunda muerte. He aquí la condición esencial para afrontar la muerte: vivir con Jesús en la fe y en el amor cada cual los dias que tenga asignados. Quien vive sus dias en la vida de Jesús, quien en las caídas a las que lo arrastran la innata debilidad se levanta uniéndose a la Misericordia de Jesús, quien vive la vida diaria en la gracia santificante o en conformidad con la voluntad de Dios, entra en la victoria de Jesús sobre la muerte. Vivir y morir son para nosotros momentos de la vida con Jesús, momentos de su amor por y con Jesús. El cristiano acepta la incógnita del tiempo, de las circunstancias, de todo cuanto acontezca en el momento de su muerte y supera este tiempo de angustia.

Aquí está la llamada de Jesús a los suyos para que siempre estén en las condiciones idóneas: unión con Él y vigilancia laboriosa. Cuando no existe esta vigilancia falta un elemento importante de nuestra fe que nos debe tener en preparación constante para poder pasar en cualquier momento de este estado de provisionalidad al otro "estado" de vida que durará eternamente con el Señor. Sólo con tal vigilancia laboriosa está asegurado el encuentro con el Señor en la amistad y la admisión en la casa del Padre: a la cena eterna que Jesús mismo ha preparado a los que a cualquier hora del día, o de la noche,se presentan a su llamada.

La llamada de Jesús al esfuerzo, a aprovechar el tiempo presente y los valores terrenales, también la "injusta riqueza" para acumular tesoros en el cielo, para crecer en méritos, virtudes, buenas obras (hechas en la fe, en el amor a Dios y a los hermanos) y en la fidelidad a sus enseñanzas. Y esto, porque en el estado en que nos sorprenda la muerte no depende sólo el ser admitido, o no, en la casa del Padre, sino también el puesto que allá arriba nos sea asignado, según el nivel alcanzado en su amor.

El tiempo del cristiano es tiempo de espera en el Señor, vivido en plena disponibilidad, en confianza filial, en la esperanza y, sobretodo, para nosotros pecadores, en el abandono a su Corazón Misericordioso y a Su Divina Misericordia.

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