Adviento

Tiempo de Adviento

Fidelis Dei - Universo cattolico
avvento
Sitios por visitar
Grupo de oración
Oración y intercesión.
María Virgen
No resistir a su llamada
Infierno
Una terrible realidad.
Purgatorio
Hermanos que tienden una mano.
Paraíso
Voy a preparar un lugar.
Amor y Pasión
La Pasión de Jesucristo.
Milagros Eucarísticos
Las Hostias en carne viva.
Milagros
Signos de la presencia divina.
Apariciones Marianas
María sigue la humanidad
Los Ángeles
Seres que arden en amor.
Lectio divina
La Palabra vivifica el corazón.
La Esperanza
¿Por qué Esperar?
La Amistad
Un verdadero sentimiento.
Ser cristianos
Saber si el alma es inmortal.
Primeros viernes
Sagrado Corazón de Jesús.
Decálogo
Los diez mandamientos.
María Valtorta
La Pasión.
La Misericordia
Padre de infinita paciencia.
La Fe
Virtud sobrenatural
La caridad
Amor operante
Alma
Increíble energía
La oración
Un camino eficaz
  italiano español Anterior 

La oración del Adviento

Lo que hace a la oración del Adviento tan sugestiva es el deseo de la Iglesia de intentar ver a Jesús, contemplarlo cara a cara, en todo el esplendorr de su fuerza y de su gloria. Tal deseo se reaviva y agiganta a medida que las semanas trascurren y el Adviento llega a su fin: su avance, en efecto, es muy sensible. Podemos ya comprobarlo en el oficio nocturno, en la serie de los invitatorios que se suceden hasta la Navidad. En las dos primeras semanas se trata sólo de adorar la venida que parece lejana: "Venid, adoremos al Señor que viene". En el invitatorio de los dos últimos Domingos se nos advierte que el Señor está ya cerca: "Venid, el Señor está ya cerca".

En la vigilia de la Navidad, la Iglesia nos asegura que estamos justo al término de la espera y que podemos, sin demora, contemplar la Gloria del Señor: "Sabed que hoy viene el Señor y que mañana veréis su gloria". Finalmente, en la Noche de Navidad, estamos invitados a adorar a Jesús recién nacido: "Jesús está con nosostros. Venid a adorarlo".

La misma progresión está en todas las plegarias del Adviento, antífonas, versículos y responsorios. La tarde antes del primer Domingo, comenzamos a saludar el nombre del Señor: Jesús. Él viene de lejos, pero su maravillosa luz llena ya el universo. Por consiguiente, en el célebre responsorio del oficio nocturno, mirando desde lejos, la voz de Juan Bautista se hace oír. Como un vigía diligentísimo que desde lo alto de la torre escruta el horizonte, Juan nos anuncia que, vé en lontananza, cómo el Señor Omnipotente se acerca, como la nubecilla vista una vez por el profeta Elias sobre el monte Horeb, y que en breve cubre la tierra con su lluvia benefactora.

Pero apenas Juan, el Precursor, ha visto aparecer desde lejos al misterioso personaje, Le manda al encuentro una embajada encargada de hacerle la pregunta: "¿Eres tú el que debe reinar en el pueblo de Israel?".

Todavía el Señor se acerca, poco a poco, al pueblo que Le espera cada vez con más impaciencia. En el tercer Domingo de Adviento, parece ya a las puertas: antífonas y responsorios no hacen sino repetir de una u otra forma: "El Señor está aquí. Ya no tardará"." Próximo está el tiempo de su venida y el tiempo ya no será dilatado". En éste mismo Domingo: "Gozad". El introito y la epístola contienen una invitación urgente a la alegría, motivada, evidentemente, por la categóricamente de San Pablo: "En efecto, el Señor está próximo".

Del resto, a partir del tercer Domingo de Adviento, la Iglesia no se cansa de repetirnos que la venida del Señor es inminente y que necesitamos estar preparados para recibirlo con las mejores disposiciones, puesto que exclama: "Bienaventurados los que están preparados para encontrar al Señor". En el cuarto y último Domingo, mientras las sagradas trompetas ya anuncian la llegada del sumo Rey, la Iglesia nos invita a salirle al encuentro y a saludar alegres la Gloria de su reino: "El Señor vendrá, salid a su encuentro exclamando: Su poder es grande y su reino no tendrá fin. Él es Dios, el Fuerte, el Dominador, el Príncipe de la Paz. Aleluya, Aleluya".

Hacia el final del Adviento, la Iglesia tiene tanta prisa de ver aparecer al Salvador, que empieza a contar los dias que la separan de la radiante venida: "No temáis, porque en cinco dias el Señor vendrá a nosotros", grita el 21 de Diciembre. Dos dias después, la antevigilia de Navidad, constata con alegría que,todo cuanto ha predicho el Ángel a la Virgen María, se ha confirmado. Pero cuanto más se acerca el final de la espera, notamos aumentar la impaciencia de la Iglesia, hasta tal punto que casi, para volver a animarse, siente la necesidad de traer a la mente, una a una, los anuncios hechos por los profetas al pueblo judio: "No, el Señor no puede faltar a sus promesas. Ciertamente, se hace esperar, pero paciencia. Él vendrá, ya no tardará". En cierto instante su deseo es tan vivo que, no resistiéndolo más, la Iglesia implora a Jesús el apresurar su regreso.

La impaciencia, que la Iglesia experimenta por ver aparecer al Señor en todo el explendor de su gloria, no se entiende sólo en los textos litúrgicos de carácter más familiar y libre, como las antífonas y los responsorios del oficio o de la Misa, pero se manifiesta incluso en las fórmulas sacerdotales pronunciadas por el celebrante ante el altar en nombre de todo el pueblo reunido. Puesto que las oraciones del Adviento no son sino, a su vez, atrevidas invocaciones, más que verdaderas intimaciones hechas a Dios con libertad similar a la que, quizás, se permitía el salmista. Leemos antetodo, la oración del primer Domingo: "Despierta, oh Señor, tu potencia y ven: para que merezcamos ser acogidos bajo tu protección y salvados con tu ayuda de los peligros, que nos amenazan a causa de tus pecados".

La segunda oración del Miércoles de las cuatro temporas, está dirigida al Hijo de Dios bajo una forma no menos urgente: "Apresúrate, oh Señor, te rogamos y no tardes: asegúranos la ayuda de tu fuerza, para que sean alegrados y consolados, con tu venida, los que confían en tu misericordia".

La plegaria el Viernes de la misma semana, manifiesta, también, una verdadera impaciencia: "Despierta, oh Señor, tu potencia y ven, para que pronto sean liberados de toda adversidad los que confían en tu misericordia". La oración del último Domingo solicita la intervención divina con particular insistencia: "Oh Señor, despierta tu potencia y ven: socórrenos con tu gran fuerza: para que, por tu gracia, los remedios que nuestros pecados retrasan, se nos den más rápido, por tu misericordia".

La fuerza de estas plegarias es más directa, cuánto más enérgica, en cuanto, apoyándose en el uso tradicional de la Iglesia, se dirige, no a Dios, sino a Jesús mismo. Es más: el uso dela fórmula, toda bíblica, da a todas estas oraciones un tono particularmente expresivo y conmovedor.

Lo que encontramos en las preces del Adviento, más o menos expreso, es siempre el deseo de que sea abreviada la espera de la manifestación suprema de Jesús, de esta gloriosa venida de la cual, la Encarnación no ha sido más que el punto de partida. Puesto que,a las próximas alegrías de la Navidad y a la celebración de los misterios que siguen al nacimiento del Salvador, la plegaria del Adviento jamás olvida el felicísimo día, entre todos, en la que la obra de nuestra redención será cumplida hasta las últimas consecuencias.

  Santos y Beatos:
meditacionesSan Francisco de AsísmeditacionesSan Antonio de Padua
meditacionesSanta Teresa de LisieuxmeditacionesSanta Rita de Casia
meditacionesSanta LucíameditacionesSanta Gema Galgani
meditacionesSan Antonio GalvaomeditacionesSanta Isabel
meditacionesSanta Catalina LabourémeditacionesSan Juan Bosco
Informes:  monastery@tiscali.it Gruppo de oración mundialNúmero de accesos:visite  
Meditaciones - el respiro de la alma - todos los derechos reservados