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De Santa Anna Katharina Emmerick

Hallándome una vez muy turbada y abatida a la vista de las miserias que me rodeaban y de tantas penas y violencias que sentía, pidiendo a Dios que se dignara concederme siquiera un día tranquilo, pues vivía como en el infierno, mi guía me reprendió muy severamente:
- Para que no compares tu estado con el Infierno - me dijo -, voy a mostrarte el Infierno.

Condújome hacia el Norte, a un lugar en que la tierra se inclina rápidamente. Primero nos levantamos mucho de la tierra. Seguimos hacia el Norte por un sendero muy escarpado, sobre un desierto de hielo y llegamos a un país espantoso. Parecía como si me moviera en una elevada región alrededor de la tierra y conociera con certeza que iba descendiendo frente a aquélla. El camino estaba desierto y se tornaba oscuro y helado a medida que descendía.

Cuando llegué al lugar de terror, me pareció que entraba en un mundo desconocido. Cuando recuerdo lo que vi, tiemblo de pies a cabeza. Todo lo vi en forma de esfera: allí había un abismo tenebroso, allí había fuego, tormentos, noche. Los límites del horizonte eran siempre tinieblas.

A la Santa monja, sucesivamente se le mostró en una visión bastante clara, cómo Jesús, inmediatamente después de la separación del cuerpo, descendió al Limbo:

Finalmente lo Vi (A Jesús), descender con gran seriedad hacia el centro del abismo y acercarse al infierno.

Tenía una forma de roca gigantesca, iluminada por una luz metálica, terrible y negra. Un portón oscuro servia de ingreso. Era verdaderamente espantoso, cerrado con cerrojos y cadenas incandescentes que estimularon una sensación de horror. De repente oí un rugido, un grito horroroso, los portones fueron abiertos y apareció un mundo terrible y siniestro.

Tal mundo correspondía por la nota al exacto contrario de aquel del Jerusalén Celeste y las innumerables condiciones de beatitudes, la ciudad con los jardines más diferentes, llenos de fruta y flores maravillosas y los alojamientos de los Santos. Todo lo que me apareció fue lo opuesto de la beatitud. Todo llevaba la marca de la maldición, de las penas y de los sufrimientos.

La celestial Jerusalén se me parece ordinariamente como una ciudad donde las moradas de los bienaventurados se presentan bajo la forma de palacios y jardines llenos de flores y de frutos maravillosos, según su condición de beatitud; lo mismo aquí creí ver un mundo entero, una reunión de edificios y de habitaciones muy complicadas. Pero en las moradas de los bienaventurados todo está formado bajo una ley de paz infinita, de armonía eterna: todo tiene por principio la beatitud, en lugar de que en el infierno todo tiene por principio la ira eterna, la discordia y la desesperación.

En el cielo son edificios de gozo y de adoración, jardines llenos de frutos maravillosos que comunican la vida. En el infierno son prisiones y cavernas, desiertos y lagos llenos de todo lo que puede excitar el disgusto y el horror; la eterna y terrible discordia de los condenados; en el cielo todo es unión y beatitud de los Santos. Todas las raíces de la corrupción y del error producen en el infierno el dolor y el suplicio en número infinito de manifestaciones y de operaciones. Cada condenado tiene siempre presente este pensamiento: que los tormentos a que están entregados son el fruto natural y necesario de su crimen; pues todo lo que se ve y se siente de horrible en este lugar, no es más que la esencia, la forma interior del pecado descubierto, de esa serpiente que devora a los que la han mantenido en su seno. Todo esto se puede comprender cuando se ve; mas es casi imposible expresarlo con palabras.

Todos los errores humanos y las mentiras, fueron concentradas en este mismo lugar y aparecieron en innumerables representaciones de sufrimientos y penas. Nada era justo, no existía ningún pensamiento tranquilizante como aquel de la justicia divina. Vi columnas de un templo tenebroso y horrible.

Cuando los ángeles echaron las puertas abajo, fue como un mar de imprecaciones, de injurias, de aullidos y lamentos. Algunos ángeles arrojaron a ejércitos enteros de demonios.
Todos tuvieron que reconocer y adorar a Jesús, y éste fue el mayor de sus suplicios.
Muchos fueron encadenados en un círculo que rodeaba otros círculos concéntricos. En medio del infierno habí a un abismo espantoso; Lucifer fue precipitado allí cargado de cadenas, una espesa humareda lo rodeaba por todas partes. Su destino era regulado por una ley que Dios mismo había dictado; vi que, cincuenta o sesenta años, si no me equivoco entes del año 2000, Lucifer debía salir durante algún tiempo del abismo.

Otros muchos nombres de que no me acuerdo, fueron designados. Algunos demonios deben quedar sueltos antes para castigar y tentar al mundo. Yo creo, que eso ocurra en nuestra época, algunos han sido desencadenados en nuestros días, otros lo serán pronto. Me es imposible contar todo lo que me ha sido mostrado; es demasiado para que yo pueda coordinarlo.


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