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MODELO IDEAL


José la acogió con delicadeza y la cuidó con mucho amor. Su amor era tan sublime que casi pertenecía al nivel de los ángeles. José nunca reclamó para sí satisfacciones humanas, sino que estuvo siempre atento a adivinar los deseos de la Santísima Vírgen María, dispuesto y vigilante en la tutela.

José experimentó mucho gozo al ver a su niño crecer, día tras día y apretarlo entre sus brazos sabiendo bien quién era. Con amor él cuidaba a toda la familia, sin ahorrarse fatiga.

Cuando llegó el momento de huir a Egipto, no tuvo dudas ni titubeos. Dejó todo lo que tenía, la seguridad de un techo y el pan, para salvar a su hijo. Muchos subestiman su función de padre y su fatiga.

Maestro de rectitud, José supo ser un ejemplo para todos los padres de familia, demostró que es posible amar ardientemente, pero con un amor tendente hacia el núcleo de la familia, sin retener nada para sí. El gozo era la luz reflejada por el espejo de las virtudes.

Cada familia tendría que dirigir su mirada a esta Santa Familia de aquel tiempo. Cuántos cónyuges interpretan la propia función como la más importante, desarrollan un amor egoísta, para su propio gusto, acusan al otro y no hacen nada por comprenderlo.

Los hijos son como tiernos capullos. Necesitan que el jardinero los riegue adecuadamente y que el sol los caliente, para que con el tiempo la flor surja lozana y derrame su suave perfume. Si el capullo es, en cambio, abandonado a sí mismo, las malas hierbas tratarán de ahogarlo y, tarde o temprano, la falta de agua lo hará marchitar. Para él no hay salvación, por sí solo no puede hacerlo.

Así es para nuestros niños. Ellos son bonitos capullos que, apenas se entreabren, necesitan ser rociados con la luz de la verdad y calentados con el sol del amor. Tal es el cuidado que vosotros, padres, tenéis que dedicar a ellos, a fin de que las malas hierbas de los vicios y de las falsas inclinaciones no les ahoguen.

Si, por una parte, los padres tienen que preocuparse por el crecimiento humano, por otra tienen que comprometerse en su crecimiento espiritual y moral, para transferir aquella luz que les permitirá caminar sobre la línea recta. Cuántos mamás y papás tieneden a llenar a sus hijos de cosas materiales y superfluas, creyendo de este modo regalarles la felicidad.

En este tiempo, son numerosos los niños que piden de sus progenitores una única cosa preciosa: el amor, el afecto y una guía segura para su desarrollo.

La familia es el amor conyugal que se vierte sobre los hijos y encierra al núcleo familiar. El capullo se hará flor alimentado del amor de mamá y papá, su perfume será más o menos intenso en proporción a las virtudes que se hayan sabido cultivar conjuntamente.

Familia, sublime oportunidad de crecimiento de todos sus miembros. Es el amor que llama al amor y, en el amor, el gozo de favorecer y de ver los frutos. Si alguna vez la fatiga hace bajar lágrimas de sudor, serán gotas para alimentar la voluntad de proceder y crecer conjuntamente.

Si uno de los miembros no desarrolla su tarea, o bien es incapaz de entregarse porque está todavía encerrado en su egoísmo, poco importa porque los demás miembros que lo aman lo ayudarán a madurar.

María y José estaban unidos tiernamente en el gozo y en el dolor de su Hijo Amado, en el ofrecimiento de sí mismos, Jesús era su sol. Supieron atender tiernamente a su capullo, regar día tras día su virtud y calentarlo con su amor. Mirémoslos con confianza, pidámosles ayuda y vendrán a nuestro encuentro como si fuésemos sus hijos, nos sostendrán y nos infundirán el deseo de crecer y de atender a nuestros capullos. Nos harán experimentar en la familia aquel deseo de amar que sólo los ángeles poseen.


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