Alma

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El envidioso

Para el envidioso la felicidad ajena es fuente de personal frustración, porque los éxitos de los demás los atribuye a la suerte o a la casualidad y cree que son fruto de la injusticia. Como consecuencia, lleva al envidioso a un estado de inquietud constante.

Envidia

La chispa de le envidia se enciende cuando, suponiendo una igualdad, el envidioso puede argumentar, más o menos de buena fe: "¿En qué es él mejor que yo o ha obtenido esto o aquello?, ¿porqueél sí y yo no?". Así nos lamentamos si el prójimo tiene un bien mayor o igual al nuestro: incluso no queriendo coger algo de lo que tenemos: de esto, la envidia nos hace pensar que el bien ajeno es un mal para mí. Es la soberbia, decepcionada y frustrada que se transforma en odio y nos empuja continuamente a la búsqueda de alguien en quien cargar la propia malevolencia. Es el odio que corroe en la mirada la felicidad ajena y llega a desear el mal para el otro.

La envidia es un cáncer que corroe el alma y deintegra cualquier virtud. Es incluso la que desencadena la ira, obceca el intelecto, alimenta el orgullo, destruye la tranquilidad y la paz. Genera en el alma un estado de perenne agitación, que brota de su sed insaciable de deseo.
No le satisface ninguna situación ni cosa alguna, tiene una sed que de modo perenne le quema y no puede calmar. La razón por la que se desencadena no es importante como no lo es la llama que inicia su incendio, pero una vez activiada desencadena el fuego impetuoso de lodio que abrasa y destruye cualquier sentimiento bueno. Combate con fuerza toda forma de amor, sentimiento y hermandad.
Loco por la posesión de tener, arranca a los demás hasta la más pequeña e insignificante cosa por posser. Se insinúa camuflada de distintos modos para no ser reconociday nos hace caer desprevenidamente en sus trampas.

La envidia es el efecto de un orgullo quisquilloso que se siente disminuido por el más pequeño deslumbramiento ajeno y que no puede soportar la más débol luz. Es el veneno más peligroso del amor propio, que comienza por consumirse en sí mismo, lo vomita sobre los demás y lo conduce a las intenciones más malvadas. La envidia es hija de la soberbia y, a su vez, genera peores pecados que ella, como celos, rivalidad, mentiras, críticas, murmuraciones, calumnias, odio, crímenes y asesinatos.

Sus efectos son desastrosos, es quizás el vicio que atormenta mayormente al alma y al cuerpo, quema el corazón, marchita la carne, deshilacha el intelecto, elimina la paz en la conciencia, lamenta los dias de la vida exiliando del alma todo gozo y cada alegría. En la sociedad, la envidia suscita odios entre unos y los otros, empuja a la búsqueda desmedida de las riquezas y de los honores sembrando división entre las familias.

Los antiguos tenían personificada a la envidia con los rasgos de una mujer lívida y cadavérica que, preocupada,mirada a todas partes entorno a sí, tiene los dientes amarillos y la lengua llena de veneno. Ella se alimenta de hiel y produce una serpiente que le roe continuamente el seno. No duerme y no rie nunca y está siempre afligida.

La envidia es uno de los siete pecados capitales. Dice Santo Tomás: es un pecado mortal porque se opne a la caridad, que es el mandato nuevo que Jesucristo nos ha dado. "Amáos los unos a los otros como yo os he amado" (Jn 13,34).

Afirma el Libro de la Sabiduría: "Por envidia del Diablo la muerte ha entrado en el mundo". El diablo, en efecto, fue envidioso de la felicidad de nuestros progenitores, y tentó a Eva para llevar a la ruina al género humano. Por envidia Caín mató a Abel. Esaú persiguió a Jacob: el rey Acab asesinó a Nabot. José fue vendido por sus hermanos, el faraón mandó matar a los niños hebreos y Saul persiguió a David.

Dice San Agustín: "cuando la soberbia se apodera de un siervo de Dios, de inmediato acude la envidia. El orgullo no puede menos que ser envidioso. Porque la envidua es hija del orgullo y esta madre no conoce la esterilidad: apenas nace, ya da a luz".

En cada uno de nosotros dormita el demonio de la envidia y de los celos: éstos últimos pueden despertarse en cualquier momento y circunstancia cuando, por ejemplo, estamos insatisfechos y frustrados en nuestra sed de poseer y de ser reconocidos, gratificados.

Se tiende a confundir celos y envidia, pero en realidad se trata de dos sentimientos bien distintos: mientras la envidia es la tristeza o la frustración de no poseer lo que otro tiene, los celos son un amor afectivo y egoista que no admite ningún reparto o división. La eenvidia afecta a los bienes que pertenecen al prójimo, mientras que los celos afectan al prójimo mismo; por ejemplo, se experimenta celos por alqguien cuando se envidia su patrimonio, sus talentos o capacidades. La envidia y los celos destruyen, a fuego lento, a quien sucumbe a sus seducciones, mientra que los celos, más astutos que la envidia, pueden conducirlo a cometer actos graves, que el odio y la venganza le permitirán realizar.

Si deseas poner remedio al azote de la envidia y de los celos:

  • Considérate a tí mismo y a los demás como una bendición;
  • Agradece a Dios los talentos que cada cual ha recibido.
  • Renuncia a comparararte a los demás;
  • Libérate de las críticas, juicios, animosidades que dividen los unos de los otros;
  • Evita todo comportamiento que pueda suscitar o provocar celos en los demás.

El tiempo no espera. Un día acabará su curso y no dejaremos ni un dulce recuerdo ni a un corazón triste por amor. Saben bien que el odio genera rencor e indiferencia, por eso, si nos reconocemos en esta situación, combatamos el orgullo y su máxima expresión que es la enviidia.

Liberémonos de este sutil y pérfido veneno que intoxica al alma y congela el corazón. Combatamos con humildad contra las insidias de la envidia y de la soberbia; de la victoria dependerá nuestra alegría de vivir. Sólo el amor da alegría, felicidad y caridad, y con ellas podremos descubrir en el prójimo a muchos hermanos y hermanas y no estaremos solos porque habremos encontrado la fuerza abrumadora del amor de Dios.

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